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Así cambió la ciudad tu vida

Las ciudades cubren sólo el 3% de la superficie de la tierra, pero son el hogar de más de la mitad de la población mundial. Esto significa que las ciudades están atrayendo a la gente a tener más contacto entre sí de forma colectiva como una fuerza física, biológica y cultural.

La conectividad como las supercarreteras, los trenes y aviones hacen que los negocios operen en todo el planeta, hacen que el mundo se reduzca y lo global se vuelve local.

Las ciudades son universales, se están volviendo parte del escenario antropomórfico en el que vivimos. Uno se puede sentir verdaderamente en casa en una ciudad en cualquier parte del mundo, precisamente porque proporcionan la misma experiencia. Algunas son más violentas, otras más calladas, pero el clima urbano es básicamente el mismo.

De acuerdo con Gaia Vince, periodista científica de la BBC, la concentración que ha llevado a las personas a atraerse para vivir en las ciudades se puede notar en ciudades como Nueva York, en donde sus habitantes hablan 800 idiomas diferentes y, por otro lado, las lenguas alrededor del mundo están cayendo rápidamente, cada dos semanas desaparece una de las 7 mil lenguas del mundo.

Esto está teniendo un efecto no sólo cultural, sino biológico, las ciudades están alterando a los humanos. La diversidad genética se puede rastrear desde la invención de la bicicleta, de acuerdo con el investigador Steve Jones, quien propició el matrimonio entre personas provenientes de diferentes aldeas y pueblos. Como resultado, los seres humanos somos más parecidos genéticamente en comparación con hace 100 mil años.

La mezcla genética ha roto las barreras entre razas y la alta concentración de gente en las ciudades ha llevado a que la gente actúe de forma más tolerante y ha llevar a cabo prácticas que las personas que viven en pequeños pueblos no tienen. Por ejemplo, la gente que vive en metrópolis practica una religión libremente, o no tiene ninguna afinidad religiosa; hay individuos que son abiertamente homosexuales o mujeres que han decidido limitar el tamaño de su familia para tener más ganancias.

Ahora que la tecnología permite que los individuos se comuniquen entre compañías, departamentos gubernamentales o la comunicación a través del internet, la ciudad ha adquirido nuevas dimensiones. Es una especie de “ciudad virtual” de comunidades que se forman en línea, a través de redes sociales como Twitter o Facebook, herramientas increíblemente poderosas y no necesariamente limitadas a una región geográfica partícular. Los individuos se pueden localizar rápidamente, organizar en foros virtuales como antes lo hacían en cafés o en los clubs. Ya existen aplicaciones que permiten detectar a otro individuo de forma rápida, por ejemplo la aplicación Grindr, que permite a las personas gays encontrarse entres sí en un lugar.

Toda esta corriente informativa también ha transparentado los movimientos de las empresas o de los departamentos y dependencias gubernamentales. En lugar de tener que ir a la biblioteca local a buscar en un libro, ahora se pueden encontrar toda a información necesaria disponible en la red, lo que les permite a los periodistas y otros grupos descubrir casos de corrupción, evasiones de impuestos o cualquier otra información de interés público.

Hoy en día, muchos movimientos sociales se han originado en las redes, pero se llevan a cabo en las calles reales, en las colonias y en las ciudades. Así que la “ciudad virtual” es global y a la vez es local. Ahora se pueden saber los niveles de contaminación en el vecindario o comprar una nueva batería para mi teléfono hecho en Corea. La gente comparte ideas, hace amigos o transmite sus talentos a través del internet. La ciudad virtual proporciona una forma de compactar las mega ciudades; se puede entrar en una discusión de forma prácticamente anónima, y colaborar con nuestra creatividad en un problema global para encontrarle una solución. Sin embargo, esto no remplaza la comunicación cara a cara que lleva a los seres humanos a tomar decisiones basadas en la confianza y evaluar otro tipo de situaciones.

Además, las ciudades virtuales tienen otro lado más problemático. Nunca ha habido tanta información tan disponible. A lo largo del día la gente se expone a una cantidad de información que equivaldría a lo que se expuso una persona del siglo XV en toda su vida. La vida privada de las personas se expone en las redes sociales, desde el nacimiento de su primer hijo, hasta la información de sus trabajos y quehaceres cotidianos.

Esta erosión de privacidad individual puede ser benéfica o maléfica, pero ya forma parte de la vida en la escena antropológica. En el mercado ya es posible que las empresas y tiendan sepan qué tan seguido un individuo compra sus productos así como la fecha límite en la que tiene que pagar.

Las tiendas utilizan esa información para atacar al consumidor, por ejemplo una madre que va a dar a luz recibe información sobre productos para bebé. O los policías pueden identificar vendedores de marihuana simplemente analizando el tráfico de información. Todo ello podría parecer siniestro y nos lleva a reflexionar si estamos haciendo lo correcto o no; si estamos compartiendo información que vale la pena o que deberíamos guardarnos a nosotros mismos.

Fuente: http://quo.mx

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