¿POR QUÉ ATERRA
TANTO LA PALABRA 'NUCLEAR'?
Dilo en voz alta: NUCLEAR.
¿Cómo te hace sentir? Muchas personas tienen asociaciones
negativas con esa palabra, y esos sentimientos se han
magnificado desde el terremoto y tsunami masivos que afectaron a la
planta de energía nuclear Fukushima Daiichi en
Japón el pasado 11 de marzo.
Las autoridades de salud enfatizan
que los minúsculos niveles de
radiactividad diseminados desde Japón hacia
América ni remotamente perjudicarán
la salud humana. Son apenas trazas y nada de lo que debamos
preocuparnos.
Sin embargo, muchas personas en la
costa oeste de Estados Unidos se han preocupado de más y
han arrasado con el yoduro de
potasio, que contrarresta los efectos del
yodo radiactivo, incluso
aunque no existe lo suficiente de esta sustancia en el aire para
dañar la salud humana. Y tomar yoduro de potasio innecesariamente
puede provocar efectos secundarios dañinos.
Si no existe un peligro real para los
americanos, ¿por qué se tiene miedo? La gente generalmente calcula
el riesgo desde una perspectiva
emocional, en lugar de hacerlo desde una perspectiva
racional, dice Richard John, profesor asociado de psicología en la
Universidad del Sur de California.
Así es como realmente se debe
calcular el riesgo: Multiplica la
probabilidad de una consecuencia por la severidad de la consecuencia.
Pero si le preguntas a la gente cuán riesgoso es algo, probablemente
no lo medirán así, porque la
mayoría nos basamos en corazonadas y creencias viscerales.
Paul Slovic, profesor de psicología
de la Universidad de Oregon, realizó un estudio en los años 90
observando lo que la gente asociaba
con la energía nuclear. Él y sus colegas encontraron que
un alto porcentaje de las personas
pensaba en bombas y otras armas.
“Esa asociación existe aún en la
mente de muchas personas y en cierta medida tiñe las reacciones
hacia la energía nuclear”, dijo Slovic.
TODO LO QUE DEBES SABER SOBRE LA RADIACIÓN NUCLEAR AQUÍ
Una historia de temores
nucleares
Algunos dicen que
nuestra aversión a la energía
nuclear data de mucho antes de eso. En su libro
Nuclear fear: A history of images
(Miedo nuclear: Una historia de
imágenes), el historiador Spencer Weart argumenta que el modo
en que pensamos acerca de la energía nuclear tiene sus raíces desde
antes de que la radiactividad fuera
descubierta, en 1896. Los antiguos alquimistas, por
ejemplo, estaban interesados en la transmutación, que Weart define
como “el pasaje a través de la destrucción hacia el renacimiento”.
Ideas acerca de la transmutación y
escenarios del fin del mundo
se juntan y se agrupan alrededor del peligro potencial de
demasiada radiación, dice Weart.
“Para la década de 1930, la mayoría
de la gente asociaba vagamente la
radiactividad con rayos misteriosos que acarreaban horribles muertes
o una milagrosa nueva vida; con científicos locos y sus
ambiguos monstruos; con secretos cósmicos de la vida y la muerte,
con una futura Edad de Oro, tal vez
sólo alcanzable a través de un Apocalipsis; y con armas lo
suficientemente potentes como para destruir el mundo, excepto por
unos pocos supervivientes”, escribe Weart.
Las
bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki confirmaron esta
estructura de imágenes desesperanzadoras y atemorizantes y las
hicieron prominentes, escribe. La desconfianza creció a principios
de los años sesenta, cuando las autoridades nucleares eran
comparadas con “hombres peligrosos parecidos a científicos locos”.
Un movimiento irrumpió en contra de los reactores nucleares en los
años 70, junto con un miedo a las bombas.
“La energía nuclear era esta noción
de algo que estaba asociado con la muerte”, dice John.
Entonces en 1986, vino
mayor desastre nuclear en la historia mundial, que dañó aún más las
percepciones sobre la energía nuclear:
Chernóbil.
Hoy en día, las personas comúnmente
acuden a laboratorios para recibir procedimientos diagnósticos de
escaneo llamados resonancia magnética. Pero cuando se examinó al
primer humano en los años setenta, la técnica era originalmente
llamada “imagen por resonancia
magnética nuclear” (o NMRI, por sus siglas en inglés).
Debido a esta historia de malas asociaciones. “nadie
quería entrar en una máquina relacionada con algo nuclear”,
y le cambiaron el nombre, dijo John.
Evaluando el riesgo
La familiaridad que tenemos con los
riesgos es una parte de nuestra percepción de él, dice John. Una
situación relativamente desconocida para ti podría parecerte más
peligroso que algo a lo que has tenido mucha exposición previamente.
Para la mayoría de las personas, la energía nuclear y su
funcionamiento no son cotidianas, agrega.
Curiosamente, la radiación debe ser
familiar para todos, ya que está en todos lados.
La radiación está alrededor de
nosotros y proviene del sol, del espacio y otras fuentes naturales.
Y la radiactividad es empleada rutinariamente en procedimientos
médicos tales como los rayos X y tratamientos para combatir el
cáncer.
Pero la conciencia de que la
radiación también puede provocar cáncer nos hace sentir mal acerca
de la exposición a las plantas de energía nuclear, dice John.
Estos son algunos números reales:
10,000 víctimas de cáncer serán el resultado final del desastre de
Chernóbil, el mayor accidente
nuclear del mundo, de acuerdo con estimados. Pero se
calcula que la contaminación de las plantas de carbón causó cerca de
13,200 muertes en 2010, sin mencionar 20,000 ataques al corazón por
año, de acuerdo con la asociación sin fines de lucro Clean Air Task
Force.
“Estamos hablando de un modo
invisible de morir prematuramente -por cáncer, en Chernóbil– contra
otro modo: contaminación aérea por partículas finas”, dice Frank N.
von Hippel, un físico nuclear y profesor de la Universidad de
Princeton.
A qué le temes más, ¿a
la energía nuclear o la
contaminación?
“En lugar de preocuparse acerca de si
la radiactividad llegará a Estados Unidos, es más importante que
ayudemos a las victimas del tsunami
y el terremoto ahora” dijo Peter Hosemann,. del
departamento de ingeniería nuclear de la Universidad de California,
Berkeley.
Fuente

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