¿QUÉ HACER PARA QUE EL
AMOR PERDURE?
Pienso que el amor en el
matrimonio es como una plantita que se debe de regar todos los días
con la finalidad de mantener viva la ilusión de querer cada día más
al cónyuge y a los hijos, con sus virtudes y defectos.
Para ello es importante vivir los
detalles pequeños en la convivencia cotidiana que cristalicen o
manifiesten ese verdadero amor.
Con la misma paciencia y atención que
tiene un agricultor con su sembradío, que está muy al pendiente si
ya hace falta fertilizante, agua o combatir una determinada plaga, y
actúa de inmediato, si surge alguna dificultad.
Pienso, también, que el matrimonio
debe conllevar todos esos cuidados para que el amor nunca muera,
se vaya apagando o se amargue.
Una señora vecina me comentaba cierto
día:
-Cuando estábamos de novios, mi
esposo Juan Ramón tenía infinidad de detalles de delicadeza conmigo:
me abría la puerta del coche, me acercaba la silla cuando me iba a
sentar, me invitaba a cenar taquitos de carne al pastor (que tanto
me gustan), luego, íbamos al cine.
Y continuaba:
-Con frecuencia me traía flores o
algún regalo como chocolates, dulces, etc. ¡Pero a partir del día en
que me casé se acabaron todos esos detalles de cariño! –comentaba
con dolor y pena.
Para que el amor no pierda su
lozanía, los esposos deben hacer un esfuerzo por mantener los mismos
detalles que cuando eran novios, o quizá más, porque con los años se
ha incrementado ese trato y cariño. Hay que evitar todo tipo de
acostumbramientos o dejar que se enfríe el afecto hacia el otro
cónyuge o hacia los hijos.
Mi amigo, Elías, lleva 16 años de
casado con Silvia. Tienen cinco hijos en edad escolar. En cierta
ocasión me decía:
-He llegado a la conclusión de que si
nos descuidamos mi esposa y yo, podemos ir perdiendo esa intimidad,
ese trato afectuoso. Se lo he planteado a Silvia y ella piensa lo
mismo. Así que hemos decidido separar un día por la noche para ir a
cenar, al teatro, al cine y platicar de nuestras cosas.
También añadía:
-Una vez al año hacemos nuestra
“luna de miel”, vacacionando en alguna playa. Por mi cuenta, he
tomado la determinación de que, de igual forma, me acompañe en mis
viajes de negocios a diversas ciudades de la república.
Y concluía de este modo:
-Me hace mucha compañía y su
presencia me ayuda a evitar cualquier posible tentación. ¡Ha sido
un descubrimiento maravilloso! Nos hemos puesto como lema:
¡Permanecer siempre de novios!
Recuerdo que cuando visitaba a mis
abuelos, en Navojoa, de vez en cuando, mientras estábamos
conversando en la sala, esbozaba una sonrisa mi abuelo y me decía:
-¡Si supieras cuánto quiero a tu
abuela Rosita! Ha sido siempre muy fiel, trabajadora, responsable,
muy dedicada a educar a los hijos, y a mí siempre me ha atendido con
mucho cariño…por eso la quiero tanto…
-Ay, Alejo, no empieces con esas
cosas. –decía apenada mi abuela.
Y respondía mi abuelo:
-Tenemos más de cincuenta años de
casados y si no es ahora, ¿cuándo quieres que te lo diga?
Y me insistía:
-¡Ha sido el gran amor de mi vida!
Para ese entonces ya mi abuelita
estaba sonrojada, pero –en el fondo- le encantaba que mi abuelo le
dijera todo eso.
Por contraste pienso en la queja de
una señora ya mayor, que decía un día:
-Yo no sé si mi marido realmente me
quiere porque, desde que éramos novios, nunca más me lo ha dicho.
En cierta ocasión, le hizo
directamente este reclamo a su esposo. Él le contestó secamente:
-¿No te traigo el dinero quincena
tras quincena? ¿No te llevo una vez al año de vacaciones? ¿No te
llevo al doctor cuando te enfermas? ¿no te invito a comer a
restaurantes algunos domingos? ¿qué más quieres?
Lo único que quería esa señora era
que su marido le externara –al menos de vez en cuando- que la
amaba; eso era todo.
Y es que en ciertos ambientes, se ha
introducido un cierto pudor o “machismo” de considerar una especie
de debilidad, poco varonil, que un esposo le diga a su mujer que la
ama y se lo diga con frecuencia.
El popular cantante Frank Sinatra y
su hija Nancy hicieron célebre aquella melodía titulada “Algo
tonto”. En esa canción se exponía que muchas veces los enamorados
no podrán estar suficiente inspirados para pronunciar hermosos y
bellos discursos o poemas de amor, sino frases tan simples como: “Te
quiero”, “Te adoro”… ¡Pero con esas expresiones tan sencillas se
suelen transmitir los más profundos sentimientos y es un modo
práctico de volver a encender la llama del amor!
Y es que los hombre no somos
únicamente “animales racionales”, como decía el filósofo
Aristóteles, sino que también tenemos sentimientos y éstos hay que
saber emplearlos y manifestarlos con oportunidad. No es humano
pasarse la vida en actitud rígida, envarada, o con los sentimientos
como encorsetados.
Tampoco pretendo decir que hemos de
ser “sentimentalistas” porque eso sería un defecto. Pero en toda
relación humana debe de haber un equilibrio entre esos ricos
componentes que integran la personalidad.
Me encanta la anécdota que se cuenta
de Bismarck. Estaba casado con una mujer procedente de un modesto
pueblo de Alemania y ella no pertenecía a la aristocracia.
Bismarck viajaba con mucha frecuencia
y se entrevistaba con importantes personalidades, de ambos sexos,
del mundo de la política, de la realeza, de la diplomacia, de la
cultura…
En muchas ocasiones, ella no podía
acompañarle en esos viajes. Un día ella le externó, por carta, un
temor que tenía:
“-¿No te olvidarás de mí que soy una
provincianita, en medio de tus princesas y tus embajadoras?”
Él le respondió de modo contundente:
“-¿Olvidas que me he desposado
contigo para amarte?”.
Es decir, Bismarck no le dijo que se
había casado con ella porque la amaba cuando eran novios o de recién
casados, sino que le comunicó lo que pensaba sobre esa unión
matrimonial, en el tiempo presente y mirando hacia el futuro: “me
he casado contigo para amarte por siempre”.
El amor debe ser una decisión para
toda la vida. Al formar un hogar y una familia se consolida una
comunidad de vida en la que los esposos se comunican los anhelos,
las ilusiones, los ideales, la totalidad del ser y la existencia.
No caben las desconfianzas, ni los
recelos, ni la tendencia a realizar una vida aparte de la familia y
de los hijos. ¡Cuántas supuestas “autonomías de vida” han terminado
en infidelidades conyugales!
Tampoco se deben de dar cabida a los
resentimientos y rencores. Todos tenemos defectos y equivocaciones.
Todos podemos pasar por un mal rato por nuestro carácter, estado de
ánimo, o provocado por alguna dificultad en el trabajo, por una
enfermedad o determinado achaque.
Por ello, es fundamental el saber
siempre perdonar al cónyuge o al hijo; saber comprender las
situaciones por las que están pasando; saber disculpar los errores
de los demás, sin hacer dramas ni ponerse trágicos.
Don Gerardo es una persona mayor, con
mucha sabiduría. En cierta ocasión, me decía:
-Cuando sientas el disgusto por algún
defecto de un miembro de tu familia, piensa en lo mucho que te han
aguantado los demás; en su capacidad de darte cariño y comprensión
para pasar por alto tus muchas equivocaciones…Y verás que, con esa
perspectiva, cambiarás de actitud.
Me parece que el Día de la Familia es
una buena ocasión para reflexionar sobre estos temas y sacar algún
propósito concreto para buscar hacer felices a la esposa y a los
hijos.
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