¿DE QUIÉN SON LAS ISLAS MALVINAS?
Las Malvinas —nombre derivado del que le dio el francés que
las colonizó primero, "Iles Malouines"— son controladas por los
británicos desde 1833
Islas Malvinas.- Desde que unos exploradores marinos se toparon
con estas islas deshabitadas en el siglo XVI, la gente ha estado
discutiendo a quién le pertenecen.
Los primeros años fueron complejos y reflejaron una era
caracterizada por las pujas por sumar colonias y hacer crecer
imperios. El remoto
archipiélago fue detectado, nombrado o reivindicado por marinos
portugueses, holandeses, franceses, británicos, españoles y
estadounidenses durante tres siglos, antes de que Argentina se
independizase de la corona española en 1816.
Para los argentinos y los residentes de las islas las
palabras "colonialismo" y "autodeterminación" no son abstracciones.
Son conceptos que los ayudan a definirse como pueblos. Por eso, a
medida que se acerca el 30 aniversario de la invasión argentina y la
sangrienta guerra con Gran Bretaña, muchos isleños creen que la
disputa no acabará nunca.
Algunos de ellos están comenzando a pensar a una tercera
alternativa. Si bien todos coinciden en que son ellos los que deben
decidir su futuro y la mayoría parece contenta con su status como
Territorio Ultramarino Británico con gobierno propio, hay quienes
dicen que el conflicto con Argentina solo se resolverá si se elimina
el factor del colonialismo y se encaminan hacia una independencia
total.
"Creo que nos corresponde anunciar, por más que nunca se
haga realidad, nuestro objetivo de independencia. Cambia toda la
discusión. Implica que estamos creando nuestra propia nación, que es
algo que se entiende mucho mejor en el mundo postcolonial", declaró
John Fowler, quien vive en las islas desde que vino con un contrato
como maestro en 1971.
Muchos isleños hablan del archipiélago como si fuese un "país",
por no decir una
nación, pero quienes piensan como Fowler son una minoría.
"Tenemos nuestra propia identidad y somos isleños antes que nada,
británicos en segundo lugar", comentó Stephen Luxton, director de
recursos minerales del Gobierno de las Falklands, como le llaman
aquí a las islas. "Todo el mundo está satisfecho con nuestro status
como Territorio Ultramarino Británico. No somos una población
oprimida".
La identidad argentina también está vinculada con su reclamo
histórico sobre las islas y con su defensa contra las fuerzas
militares británicas.
Las Malvinas —nombre derivado del que le dio el francés que las
colonizó primero, "Iles Malouines"— son controladas por los
británicos desde 1833, en que se afincaron definitivamente, pocos
años después de un par de fallidos intentos por capturar Buenos
Aires para presionar a los españoles.
Los recuerdos de los soldados británicos en la capital estaban
todavía vivos cuando Argentina pasó a ser una nación y desde
entonces los argentinos siempre consideraron las islas como una
provincia perdida, un vestigio de una potencia colonial del que los
británicos se apoderaron tras expulsar a los pobladores que había
allí.
Los registros genealógicos de Stanley, la capital de las islas,
cuentan una historia diferente.
Señalan que en las islas no había casi nadie antes de la llegada
de los británicos. Apenas un asentamiento modesto en estas islas sin
árboles, barridas por el viento. Los isleños expulsados fueron
ocho trabajadores encabezados por el gaucho Antonio Rivero, quienes
habían sido arrestados por los asesinatos de ocho empleados del
gobernador de la isla en una disputa laboral. Se les pagaba con
vales que no valían nada fuera de la colonia y querían una divisa
verdadera para poder comprar cosas a los barcos de paso.
Un relato del colono Thomas Helsby describe a Rivero y a los
otros gauchos e indígenas como "asesinos", que resultaron capturados
en 1834. Estos eventos fueron relatados también por el naturalista
Charles Darwin y su tripulación, que pasó dos veces por las islas
durante su histórica expedición científica.
Los británicos dijeron que tuvieron que intervenir porque en las
islas imperaba el caos. La Armada estadounidense las había declarado
libres de toda autoridad nacional en su afán por proteger los
intereses de los marinos estadounidenses de la zona.
Otros documentos contemporáneos, guardados hoy en archivos de
Argentina, Gran Bretaña y España, revelan que ninguna nación
tenía propiedad indiscutida de las islas antes de 1833, cuando los
británicos asumieron finalmente el control y garantizaron la
seguridad de quienes quisiesen establecerse allí.
La población de 3.000 habitantes está compuesta por gente que
nació allí o que se quedó luego de que sus barcos se accidentaron.
Tienen una identidad única: hablan el inglés de la reina, hacen
flamear banderas británicas, ven la BBC y usan para cocinar
productos que vienen en barco de Inglaterra. Tienen más en común con
cualquier pueblo chico de Escocia que con Argentina, por más que
Argentina está a 45 minutos de avión.
"Toda la cháchara en torno a la soberanía no tiene en cuenta un
tema", expresó Adrián Lowe, un pastor que cría cinco hijos y tiene
3.000 ovejas con su esposa Lisa, isleña de quinta generación. "Al
margen de lo que diga la historia, esta gente ha trabajado la
tierra, la ha cuidado, hizo de ella lo que es hoy"
El esfuerzo y la autosuficiencia de los colonos que comenzaron a
cortar césped y a apilar piedras para protegerse hace dos siglos se
refleja en la cultura insular del lugar. La mayoría de los isleños
tienen lazos familiares de mayor o menor grado y tienden a percibir
con cierta suspicacia a los extranjeros, incluidos contratistas
británicos que vienen a trabajar en escuelas, hospitales o el
gobierno.
La Falkland Island Company dominó la economía colonial desde
1851. Empleaba pastores a los que les pagaba una miseria y enviaba
las ganancias a sus accionistas en Gran Bretaña. Recién en la década
de
1980 la FIC, como se conoce la empresa, comenzó a venderle sus
granjas a los isleños y apenas en 2002 las islas pasaron a ser un
Territorio Ultramarino Independiente.
El gobierno de las islas se maneja ahora de forma democrática,
haciendo consultas y buscando consenso. Tiene su propia
constitución, sanciona leyes, aumenta los impuestos y cubre sus
propios gastos, con excepción de los 110 millones de dólares que
invierte Gran Bretaña anualmente en su defensa.
Todavía quedan vestigios del régimen colonial. La máxima
autoridad es un gobernador designado por el Servicio de Relaciones
Exteriores Británico como representante de la reina, pero "jamás
soñaría con tratar de imponernos algo", declaró Jan Cheek, uno de
los ocho miembros de la asamblea legislativa de la isla.
La constitución argentina, por otra parte, fue enmendada en la
década de 1990 y declara ahora que la recuperación de las islas por
medios pacíficos es una prioridad nacional.
La presidenta Cristina Fernández ha tratado de presionar a los
británicos para que entablen negociaciones en torno a la soberanía.
Con ese fin no permitió atracar a barcos británicos, alentó a las
empresas argentinas a que no inviertan en la isla y fijó otras
barreras comerciales. Ahora se prepara para realizar el 2 de abril,
aniversario de la ocupación de 74 días, llamados a la unidad
latinoamericana contra el colonialismo británico.
Los isleños dice que los argentinos deliberadamente los dejaron
afuera y tratan de presionar a los británicos sin tomar en cuenta
sus deseos.
"Argentina nunca dijo lo que hará con nosotros si se quedan con
las islas. Los británicos han dicho que nosotros somos los que
decidimos, pero si seguimos diciendo que somos británicos, el resto
del mundo puede continuar describiéndonos como una colonia", sostuvo
Fowler, quien ha sido superintendente de educación y editor del
semanario Penguin News.
Lo que los
isleños más temen, según entrevistas realizadas a lo largo de
una semana, es un cambio brusco. Les gusta la vida que llevan ahora.
Las islas siguen siendo uno de los sitios más remotos del mundo,
despoblado y poco explotado. Tiene el tamaño de Irlanda del Norte,
cadenas montañosas y llanuras, ríos y playas de arena blanca,
abundantes pantanos y una increíble variedad de vida silvestre,
incluidos pingüinos, leones marinos y algunos aves que no se
encuentran en ningún otro sitio.
Stanley tiene un puñado de pubs y no hay semáforo. La campiña
luce casi como lucía hace siglos.
"Es un lugar muy especial. Soportamos algunas penurias y estamos
muy aislados, pero nos encanta esto", aseguró Cheek, descendiente de
James Briggs, quien llegó de Inglaterra en 1842 con su esposa y
cuatro hijos, y una cantidad de semillas.
Ahora es una de las matriarcas de una familia que lleva nueve
generaciones en las islas. "Al vivir aquí, uno se siente de aquí.
Cuando llevas tanto tiempo aquí, es parte de tu ADN. Este es tu
lugar". Fuente
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