CARTA ABIERTA DE
JAVIER SICILIA A POLÍTICOS Y CRIMINALES
Carta de Javier Sicilia publicada
en la edición 1976 de la revista Proceso
Javier Sicilia
MÉXICO, DF., 3 de abril.- El brutal
asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de
Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los
de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente
asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra
desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado,
sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal
llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus
códigos de honor.
No quiero, en esta carta, hablarles
de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los
otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando,
amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este
país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que
para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la
ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor
de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos
destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede
acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy
quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que
carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la
naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello
carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple
y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese
sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es
simplemente que estamos hasta la madre.
Estamos hasta la madre de ustedes,
políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en
particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes
componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han
desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra
mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto
al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus
mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por
el poder– de crear los consensos que la nación necesita para
encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos
hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales
genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo;
porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del
Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el
filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no
protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado,
secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre
porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas,
para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación,
la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo
que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa
corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros
hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados,
vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa
imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros
muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no
tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno
y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen
organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de
todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en
sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta
la madre porque lo único que les importa, además de un poder
impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el
dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad”
y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.
De ustedes, criminales, estamos hasta
la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su
crueldad, de su sinsentido.
Antiguamente ustedes tenían códigos
de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban
ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su
violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor
y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han
perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como
los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún
sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres
y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su
violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen
lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos
hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento
humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y
espanto.
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Ustedes, “señores” políticos, y
ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se
otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus
pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo
Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación
–que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros
corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve
de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que
Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al
volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de
cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas,
es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase
debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los
obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para
crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de
gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están
convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá
a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta
el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos
no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las
ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no
somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos,
a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores”
criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su
salvajismo, la espiral de violencia que han generando nos llevará a
un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no
gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de
emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores”
criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener
el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de
seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de
nosotros les envidia.
No hay vida, escribía Albert Camus,
sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo
conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor
de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido
y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la
muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de
estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos.
Porque no queremos eso, el próximo
miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más,
un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están
convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva
para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes,
“señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales,
nos quieren meter en el cuerpo y en el alma.
Recuerdo, en este sentido, unos
versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el
horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una
nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije
nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día
llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy,
después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado
de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la
ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con
nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los
versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país.
Además opino que hay que devolverle
la dignidad a esta nación.
Fuente

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