LAS FOTOS POLICIALES MAS SANGRIENTAS DE NUEVA YORK
Este archivo
está manchado de sangre: las fotos
policiales de Nueva York
Podría ser un poeta, bello y simbolista, acaso tuberculoso,
muerto en la soledad de la indigencia o quizá el modelo potencial
para un óleo goyesco o un montaje de Joel-Peter Witkin… El joven
cadáver es moderno con
determinación —carne escueta, mejillas afiladas, ropa
pobre, cabellera descuidada con
esmero—, pero la escena y la maravillosa foto de la escena
tienen casi un siglo de edad. Es una imagen policial —es
decir, una representación de evidencias— de un crimen cometido en
Nueva York poco antes de la Navidad de 1915. Sabemos por la
ficha del archivo que el muchacho, quizá italiano, se llamaba
Antonio J. Demai, que murió de un tiro en el estómago y que el
homicidio se registró en un cuarto del número 287 de la calle
Hudson.
La foto es una de las 870.000 que el
Departamento de Archivos de la ciudad de Nueva York, en algunos
momentos del siglo pasado una de las más violentas del mundo, ha
digitalizado y
colgado en Internet. Probaron la base de datos en fase beta
durante dos semanas y, a bombo y platillo, la declararon abierta en
el éter ciberespacial hace dos días. La demanda de visitantes es tan
alta que no hay acceso a las imágenes y, en el momento de escribir
esta nota, la web anuncia “labores de mantenimiento para solucionar
el problema”, una precisión que pone en duda la intención expresada
en el lema del departamento: “siempre abierto”.

Las muchas y merecidas reseñas del nuevo archivo
online que han sido publicadas
estos días se detienen, sobre todo, en el caudal de fotos de obras
públicas que salen a relucir. Se han exhibido imágenes de puentes en
estado emergente, procesos de adoquinado y otras cosméticas urbanas,
ambiente en las tribunas de los estadios y algunas escenas meramente
documentales. También se ha estimado como milagroso el trabajo del
funcionario Eugene de Salignac, fotógrafo municipal cuya obra,
esteticista y del agrado de los no menos decorativos
archiveros, fue descubierta en 1999 por uno de sus
sucesores.
El trabajo de los
fotógrafos-policía que contiene el archivo es reseñado
de puntillas o directamente ninguneado. Como mucho se mencionan las
características macabras de la danza de la muerte con la sangre y
las escopetas, navajas, revólveres, martillos y otras armas de
ataque empleadas como instrumentos de los crímenes.
Es una injusticia. Estamos ante un ejemplo mayor de
fotografía periodística y artística. Dice bastante del
oficio fotográfico-periodístico y su vanidad que las obras hayan
sido realizadas por agentes de policía que no han pasado del
anonimato, que no quisieron ejercer el derecho a la firma o lo
ejercieron de modo sigiloso. Ninguno de sus sustantivos trabajos
gusta demasiado a los archiveros. Tampoco a los periodistas.

Una buena cantidad de las fotos forenses de Nueva York ya habían
sido publicadas en 1992 —circunstancia de la que parecen no haberse
enterado los reseñadores del archivo
online, que reproducen alguna de ellas como si fuese inédita—
en el libro Evidence del
periodista Luc Sante, que asoma por segunda vez a este blog (la
primera fue a consecuencia de la antología de ensayos
Mata a tus ídolos). Dada la
caída de la web del
archivo de Nueva York, me he tomado la libertad de escanear de
mi ejemplar las imágenes que ilustran esta entrada. Sante, como
todos los parias de la tierra, adora a los piratas y sé que nada
debo temer.
El ensayista belga, residente en Nueva York y sus lindes desde
hace varias décadas, ultimó jornadas silenciosas en el archivo
policial. Antes de redactar el libro se preguntó si el estilo de las
fotos indicaba que se trataban de la obra de una sola persona: los
planos cenitales, la composición clásica y cierto sentido
lírico a la hora de afrontar la violencia cruda indicaban
que sí, pero, tras la investigación en los archivos, Sante descubrió
que había seis agentes encargados de la cámara y que el estilo
unipersonal que adivinó en primera instancia era más bien un método
desarrollado con la práctica y según las necesidades del trabajo:
escenificar con rigurosa naturalidad la escena de un crimen.

Tras mucha indagación, el periodista dió con los nombres
de los fotógrafos: John A. Golden, Clement A. Christensen,
Arthur W. DeVoe, Frederik F.E. Zwirz, Charles E. Carsbrer y un tal
Abrams del que sólo averiguó el apellido. Todos eran funcionarios de
la Policía de Nueva York y alguno ascendió bastante en el escalafón,
como Zwirz, que llegó a ser responsable del departamento de huellas
dactilares del cuerpo. Ninguno es recordado como fotógrafo. Tampoco
lo pidieron: eran
policías, hacían un trabajo. Hemos olvidado que somos lo que
hacemos, sobre todo cuando lo hacemos bien.
La foto de la izquierda, que aparece firmada en el reverso con un
lacónico “taken, Abrams” (tomada
por Abrams), es un ejemplo de las virtudes del agente como
fotógrafo: la composicion no es complaciente, la cámara se ha
colocado casi al nivel del suelo para buscar la cara del cadáver y
la ominosa mano derecha, agarrotada y ¿quemada?,
sin olvidarse de los inesperados audífonos de telegrafista y el
aparador con espejo volteado con respecto a su posición lógica…

En esta otra, de la que nada se sabe, la simetría parece
compuesta y la postura de madre
yacente clásica del cadáver no difiere de algunos ejercicios de
los maestros pictorialistas… El fotógrafo, podría decirse, empatiza
con la joven asesinada, quizá por una cuchillada o un balazo que
dejaron muy pocos rastros de
sangre, y la presenta con un lirismo conmovedor, casi
alucinado y de extrema ternura en el detalle central
—verdadero áxis de la foto— de la pierna descubierta de la chica.
¿Se imaginan que saquemos de los arcones, con seguridad y en
todos los sentidos bastante sucios, las fotos de escenas del
crimen de los muchos cuerpos policiales españoles?
¿Permitirían la investigación sin poner cortapisas pese al derecho
amparado por la ley de la investigación en los archivos antiguos?
¿Encontrarían editor los hallazgos de un posible investigador? ¿Qué
revelarían sobre nuestra forma de delatar, traicionar, matar, morir,
malvivir, sufrir o sobrevivir?

En esta otra foto, vemos un cadáver encontrado dentro de un
barril. Tenía 24 cuchilladas en el cuerpo, entre ellas una que le
seccionó la yugular, y la lengua cortada. Se trataba, con
probabilidad, de un
hombre acusado por algún clan de ser un chivato.
La escena nocturna en el baldío, con el
pueblo amontonado al fondo
—donde siempre nos amontonan a los sin tierra— y el cadáver encogido
al que nadie, excepto el fotógrafo, parece prestar atención, me
gusta más como foto y me dice más como documento que cualquier
ejemplo memorialista del adoquinado de una avenida o la heroica
construcción de un viaducto.
El pasado es un cadáver acuchillado en un barril
y es cuestión de educación cívica que nos permitan verlo.
Fuente
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