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¿POR QUÉ CADA VEZ MAS NIÑOS SE QUITAN LA VIDA? 

Nadie se explica por qué dos niños decidieron sumarse a las cifras de suicidio en Coahuila. Semanario viajó a la Región Norte en busca de respuestas

ITZHEL, 10 AÑOS

La calle de Urales en la colonia Cumbres, uno de los suburbios más extensos de Piedras Negras, en el que habitan más de tres mil familias proletarias venidas de todas partes del país, ya no es la misma desde que Itzhel no está. Los vecinos de este barrio populoso, de casas de Infonavit abandonadas, talleres mecánicos, expendios de pollo frito, vulcanizadoras y adolescentes con bebés en los brazos, dicen que la extrañan. Y es que parece que algo le faltara a esa placita sin árboles donde Itzhel solía jugar, después de terminar su tarea y luego de que su madre la dejaba para irse a su trabajo de 12 horas diarias y mil pesos a la semana, en una maquiladora.

Sus vecinos cuentan que la última vez que vieron a Itzhel fue la tarde noche del 16 de agosto y todavía se resisten a creer cómo es que aquella cría alegre y servicial, de tez blanca, pelo cuadrado, rolliza y chaparrita, se hubiera truncado la vida por el cuello con una soga de plástico, justamente el día de su cumpleaños número 10. “Esa tarde yo salí de mi casa, siempre que salía ella venía y me saludaba. Viene y me dice ‘hola vecina ¿cómo ha estado?’, le dije ‘no pos bien’, me dijo ‘hoy cumplo años…’, le dije ‘felicidades Itzhel, ¿te van a hacer fiesta?’, dice ‘sí vecina, pero hasta el sábado’, le dije ‘me invitas’”, “La mamá le iba a comprar pizza y le iba a comprar cocas para festejarla, dijo ‘no le voy a hacer una fiesta, fiesta con salón, piñata y todo, pero le voy a comprar pizzas para que festeje con sus amigas’”, narra Alejandra Escamilla, una vecina de Itzhel que otra tarde, como aquella, toma el fresco afuera de su casa, sentada en una piedra con su hija de brazos.

Por lo demás, aquel había sido un día como cualquiera para la gente de la cuadra, habituada a ver a Itzhel jugar en la calle con sus amigas, brincar, correr por la plaza, montar en bicicleta, trepar a los techos de las casas o ir y venir de una vivienda a otra de sus vecinas. La habían conocido hacía cuatro años, cuando Itzhel llegó de Veracruz a esta frontera, igual que cientos de familias de migrantes sin presente ni futuro, y se instaló en una casa de renta de la calle Urales, junto con su hermano Óscar de 15 años y su madre Leila, obrera en una maquiladora de Piedras Negras, municipio del norte del estado con una población de casi 153 mil habitantes, dedicada a la manufactura, ensamble y reconstrucción de motores. La lejanía de su padre, que se había quedado en Veracruz, se cree, después de su rompimiento con Leila, la madre de la niña, había marcado como clavos martillados sobre madera, la infancia de Itzhel. Pero a sus vecinos les quedó claro desde el principio que la chiquilla no estaba dispuesta a dejarse aplastar por la soledad que le quedaba, cada que su madre cruzaba la entrada de su casa para cumplir con sus largas y extenuantes jornadas de trabajo en la maquiladora; o después que su hermano Óscar, quien a veces se hacía cargo de ella, se salía a vagar con sus amigos del rumbo. “Era una niña muy servicial, siempre venía aquí conmigo y me decía ‘vecina ¿le barro, le trapeo, le ayudo a recoger?, ¿en qué le ayudo?, ¿le cuido a la niña?’, como ella estaba sola… buscaba gente con quién hacerse compañía, se venía conmigo, con sus amigas, era muy buena niña”, relata otra vez Alejandra Escamilla, joven madre que desde el primer día que llegó a este barrio, hace cosa de un año, se hizo una de las mejores amigas de Itzhel.

¿POR QUÉ CADA VEZ MAS NIÑOS SE QUITAN LA VIDA?

La niña se convirtió rápido en la hija adoptiva de aquel barrio de matrimonios trabajadores, que cumplen turnos agotadores en fábricas y franquicias restauranteras en Piedras Negras y que se turnan también para cuidar de sus propios hijos. “Le tomamos gran estimación, aquí convivió con nosotros bastante, la queríamos mucho, yo la miraba como si fuera mi hija y hasta a veces le decía jugando que era la adoptada, ‘tú eres la adoptada de aquí de la casa’. “Si llevaba a mis niñas a la alberca pues me la llevaba a ella también, íbamos de paseo y nos la llevábamos, cargábamos con ella, haz de cuenta que era otra hija mía”, platica Marco Preceda, el padre de Kimberly y Aleida, dos niñas de 11 y nueve años con quienes Itzhel había trabado una amistad fuerte. Las puertas de los hogares estilo Infonavit, como palomares de dos recámaras, en la calle de Urales, se abrieron de buena gana para Itzhel, que a diario comía o cenaba en casa de sus amigos, después de jugar. “Siempre la veíamos sola, sentadita.. Aquí jugaba, aquí se la pasaba todo el día con mi hija. Se ponían a ver la tele, videos. Siempre estaban jugando, pintando. A veces yo le decía que fuera a su casa un rato y decía ‘no ya fui vecina, ya fui’ y aquí se quedaba o se iba con las niñas de enfrente”, la que habla es Lucía Rincón Cabrera, una de las tantas madres proletarias de aquí que convivían diariamente con Itzhel.

En cambio a Heidy la hija de Lucía, sólo le queda el recuerdo de aquellas fotografías de celular que se tomó con Itzhel el día que su padre las llevó a montar a caballo. “Nos subimos en un caballo solas, comimos, jugábamos a que corrían los caballos y ella se reía. El día que la conocí yo estaba circulando por su casa y ella me dijo ‘ven, vamos a jugar!’”, refi ere Heidy, mientras enseña el dibujo de algo como un Cristo que Itzhel pinto en sus últimos días. Pero el recuerdo que a los vecinos de Itzhel no se les ha podido borrar de la mente es el de la tarde noche de aquel 16 de agosto, hacia el fi nal de las vacaciones de verano. Los lugareños habían visto, como siempre, a Izthel correteando por la calle con sus amigas, jugando a las escuelitas, a las muñecas, a las comiditas. Su madre se había ido como de costumbre a la fábrica. Oscureciendo, a eso de las 8:00 pm, vieron desaparecer a Itzhel tras la puerta de su casa y no volvieron a saber de ella, hasta que llegó la policía.

“Ese día mi esposo se la encontró en la calle y ella le sonrió, yo la vi así... tan contenta, pero después ya no la volví a ver. Llegó mi papá y me preguntó por ella y le dije ‘no, no ha venido’. No supimos ya nada, hasta después que su hermano la estaba buscando”, evoca Nancy Lucía Rivera Rincón, otra madre de familia con cara de niña, mientras se limpia con el dorso de la mano los recuerdos que le ruedan por las mejillas. “Me cuidaba a mi niña de seis meses, venía, la arrullaba, jugaba con ella”, suelta.

La noticia cayó como una bomba cerca de las 10:00 de la noche en casa de doña Sandra Luz Banda Gómez, quien se dice una de las vecinas más allegadas a la familia de Itzhel. “Fuimos los primeros que nos dimos cuenta porque ellos tenían mucha convivencia con nosotros, su hermanito siempre que salía llegaba conmigo y me decía ‘ái le encargo a Itzhel vecina’, yo le contestaba ‘sí mijo aquí la miro’, porque yo siempre me siento aquí afuera. Ese día el hermano vino corriendo para acá y dice ‘vecina quiero que venga a la casa’, le dije ‘¿qué pasó mijo?’ me dice ‘es que la niña está colgada’. “Pero yo le entendí que la niña estaba colgada en alguna parte porque era muy machetona, se subía al techo, yo varias veces la bajé. Era muy inquieta. Cuando su hermano me dijo eso yo pensé que estaba colgando de la barda, nunca pensé…Mi esposo y yo fuimos para allá y la vimos....”. Guillermo Solís, director del Centro Estatal de Salud Mental, habla sobre la causa más frecuente de suicidio infantil: “Es la desintegración de los núcleos familiares, la desorganización de la dinámica familiar, el que mamá esté divorciada o separada de papá, el que papá y mamá tengan difi cultades de pareja que sean presenciadas por los menores, peleas. La gente se pregunta ¿qué problemas puede tener un niño?, muchos, los de los adultos. “El niño comienza a tener bajo rendimiento escolar, aislamiento social o de plano no va a la escuela, ya sea porque la mamá no tenga tiempo de mandarlo porque trabaja, porque el papá también trabaja. Son focos muy importantes para pensar que este individuo tiene la disponibilidad, primero de cursar con un episodio depresivo y, en segundo lugar, llevar a cabo el suicidio”. Para Sandra había sido también un día como tantos:

“Ella había venido a la casa porque yo le guardaba cosas en la hielera a su mami, vino por un paquete de carne y la vi muy normal, muy bien, nada raro”. Por eso es que la impactó ver a Itzhel colgando por el cuello de una soga sujeta a la protección de una ventana en el patio de su casa y sobre la mesa de la cocina, un recado pintado con lápiz a mano sobre uno de sus cuadernos que decía:

“Mami y Oscarín los quiero mucho mami nunca regales mi ropa véndela no se la regales a Heidy, Aleida, Kim, porfi s te lo suplico nunca olvides que los quiero mucho 100 por ciento los quiero”.

Dariela Ramírez, la mamá de Aleida y de Kim, hablaría después de este recado: “Ese día la niña cumplió años y mi niña fue a comer a su casa y dice que la mamá le prometió que le iba a hacer una fi esta el sábado y yo digo que fue eso, que vio que su mamá estaba preocupada porque no tenía dinero ese día, digo que por eso dejó ese recado. Dice mi niña que le dijo ‘ay hija, yo que quisiera… darte todo lo que me pides, pero ahorita no puedo’”.

Fuera de la casa se había formado un tumulto de vecinos y amigos de Itzhel. Nadie podía creer ni atinaba a explicar lo que había pasado.
Leila, la madre, quien hasta hoy se ha negado a platicar con los medios sobre el suicidio de su hija, había llegado en un taxi a su casa luego de que en la maquiladora le avisaron de un accidente en su casa.

“Fue un día normal, la Señora se levantó, preparó los alimentos, menciona que ese día hicieron albóndigas, metió a bañar a Itzhel porque la dejaba bañada antes de irse y ella se fue tranquila a la maquila”.

“Le hablan para avisarle de un accidente en su casa. Ella pensaba que la niña se había caído de una bicicleta, llega y la encuentra en el patiecito, los vecinos ya habían acudido a darle los primeros auxilios”, cuenta María Isabel Belmonte Banda, la directora de la Escuela Primaria “Profesor Andrés Cárdenas Amaro”, donde Itzhel cursaba el cuarto grado.

El suceso tomó por sorpresa a todo el barrio, tal y como detalla Lucía Rincón Cabrera, otra vecina:

“Yo me fui a trabajar y cuando llegué me dijeron que la niña se había ahorcado. No te cabe que una niña de 10 años haya hecho eso”.

El criminólogo de Piedras Negras Juan Roberto Oyervides, explica por qué: “Como sociedad estábamos acostumbrados a que los cuadros de suicidio se daban normalmente entre personas cuyas edades oscilaban entre 18 a los 25 años, o a que había incrementos en los suicidio en ancianos, cuando hay una inestabilidad emocional. Ahorita estamos viendo casos en los cuales niños de edades que oscilan entre los 8 y 12 años también se están suicidando”.

Claudia Isela González Pérez, la maestra que le dio clase a Itzhel durante tres años, la describe como una niña servicial, con rendimiento escolar regular y califi caciones de entre 7 y 8. “Era una niña tranquila, que trataba de cumplir con todos sus materiales, porque en esta comunidad es un poco difícil el ambiente, son papás que trabajan en maquiladoras, el sueldo de las maquiladoras es bajo…

“Una niña muy servicial, le gustaba andar limpiando, recoger el salón, ayudarme a acomodar mis libros. Le ayudaba a la maestra de inglés a llevar su mochila, su material al salón, la acompañaba para todos lados. No sé qué problema haya tenido la niña para tomar esa determinación tan dura”. La psicoterapeuta Infantil Karla Valdés advierte que para entender el fenómeno del suicidio infantil hay que empezar por romper ciertos mitos; “Hay un punto muy importante que necesitamos aclarar: que los niños no tienen problemas. Los niños sí tienen problemas, sí tienen trastornos psicológicos, incluso tienen situaciones muy difíciles de sobrellevar, se están viendo afectados por el estrés, igual que nosotros los adultos, por la violencia, igual que nosotros los adultos. Esto puede generar que el niño llegue a pensar en la muerte.

“Otro factor importante es que los niños cada vez, desde menor edad, están empezando a presentar características adolescentes y entonces en este recorrerse de su desarrollo normal… recordemos que en la adolescencia es muy común la ideación suicida”. Y explica cómo cada vez es más frecuente en la consulta privada observar casos de niños de entre seis y 12 años con ideación o intentos suicidas. “Esto no quiere decir que en niños más pequeños no se pueda llegar a un suicidio, niños deprimidos, que ya no comen, que ya no quieren jugar, que se sienten tristes, pierden como… la razón, la felicidad innata que podríamos pensar que tienen los niños y muchos papás no ven esto como un foco rojo, de alarma. He visto, incluso, niños de seis años que dicen ´me quiero morir, ya no quiero vivir `. “Cuando nosotros escuchamos estas palabras de un niño no hay que echarlas en saco roto. Otros focos rojos pueden ser que el niño empezó a comer menos, a tener problemas para dormir, ya sea que durmieran de más o no pudieran dormir, dejaron de jugar igual, dejaron de estar igual de alegres, se empezaron a hacer pipi, algo cambia”.

Marco Preceda, el padre de Kim y Aleida, las mejores amigas de Itzhel, recuerda así su velorio:

“Yo le había prometido a la niña que le iba a regalar, junto con mi hija, una serenata en su cumpleaños, se lo cumplí, le llevé la serenata a su sepelio, le cantamos sus mañanitas y todo”. El reporte del médico legista concluyó que no había algún signo de violencia o de abuso sexual en el cuerpo de Itzhel y como causa de su muerte la obstrucción de las vías aéreas (asfi xia por ahorcamiento).

“De acuerdo al trabajo desarrollado por Servicios Periciales y a las investigaciones preliminares que se hicieron con la mamá, con el hermano, con los vecinos, se concluyó que fue suicidio”, subraya Santos Vázquez Estrada, delegado de la Fiscalía General del Estado en la Región Norte 1.

Con los días y después del entierro de Itzhel, comenzó a merodear por el barrio el rumor de que la niña había sido infl uenciada por un episodio de la popular teleserie “La Rosa de Guadalupe”, en la que la Virgen había realizado el milagro de resucitar a una menor suicida y de reconciliar a sus padres separados. “Ella no salía de su casa hasta que no miraba ese programa. Me preguntaba que si la Virgen hacía milagros, le dije que sí, le pregunté que por qué y ella me dijo que si a ella le podía hacer el milagro de regresarle a su papá, le dije ‘no mija, hay cosas que a veces no se pueden’, no sabría decirle si el rumor fue cierto o no, lo que sé es que ella estaba como muy adentrada en ese programa”, revela Sandra Luz Banda Gómez, amiga de Itzhel.

Al respecto Juan Roberto Oyervides, crominólogo, habla de la infl uencia que este tipo de programas puede ejercer en la mente de los menores: “La mente de un niño no puede manejar la información que está recibiendo de los medios de difusión, como el Internet, la televisión y los temas que se tratan en diversas telenovelas que pasan en horarios en los cuales el niño ve temas como el suicidio, expuesto como una salida en la que se ahorran los problemas. El padre y la madre trabajan y el niño está todo el tiempo viendo la televisión, y el padre y la madre no saben qué tipo de información le está llegando al niño”. Los periódicos de Piedras Negras difundieron también la versión de algunos vecinos, que aseguraron haber visto a Itzhel comiendo crema para el cuerpo “porque se quería morir”, les dijo la niña.

“Cuando las vacaciones de verano ella nos decía ‘voy a ver a mi papá’. La dejamos de ver unos días y le preguntamos ‘pos dónde andabas’ y dice ‘no es que fui a ver a mi papá, mi papá anduvo por acá y me vino a dejar’, pero eran cosas imaginarias, porque nunca vio a su papá. Después le pregunté a otra vecina y dice ‘no, es que ella se alcanza eso’. Ella deseaba, quería ver a su papá”. Al respecto Leila, la madre de Itzhel, declaró ante la Fiscalía General del Estado que nunca había notado en su hija un estado de depresión que la orillara a tomar la decisión de quitarse la vida, por lo que nunca pidió ayuda a ninguna de las autoridades estatales o municipales para que le dieran atención psicológica. “Ni el hermano ni la mamá estuvieron enterados de esta situación y por eso no pudieron hacer nada para tratar de darle la ayuda que necesitaba esta menor y haberle salvado la vida”, expone Santos Vázquez Estrada, el delegado de la Fiscalía en la Región Norte 1. Guillermo Solís, director del Centro Estatal de Salud Mental (CESAME), lamenta el hecho de que sólo el 50 por ciento de los casos de depresión son atendidos por un profesional de la salud mental, y que por esa razón la depresión ocupe uno de los primeros lugares entre los trastornos psicosociales, y el suicidio sea un acto cada vez más frecuente. “Curiosamente de aquí Saltillo la gente que se suicida, adultos, jóvenes, mayores, son personas que, irónicamente, nunca tuvieron una consulta con un especialista de la salud mental. qué vas con el psiquiatra si no estás loco?

“La información está, la resistencia por parte de la población acudir a un CESAME, el tabú se tiene acerca de la psiquiatría de la psicología, también está presente. La resistencia y la difícil aceptación a que tu hijo tenga un problema de depresión, es muy difícil. Seguramente los papás se quedan con el problema en casa y el desenlace en estos casos suele ser así”.

Otra vecina de la niña, quien prefirió no dar su nombre, reveló posibles indicios ,de violencia en casa de Itzhel a quien en varias ocasiones escuchó gritar histérica hasta la calle.

“Una vez la oí gritando con mucha histeria, fui y toqué la puerta de su casa, salió la mamá y le pregunté `¿qué tiene la niña?`, dice ´nada vecina, lo que pasa es que Itzhel es muy escandalosa`. Me acuerdo que me asomé y estaba la niña en la mesa como haciendo la tarea. Pero el día que la encontraron, salió entre la plática de los vecinos que un sábado anterior escucharon como que la mamá le había pegado muy feo. No sé bien, pero algo hubo de eso…”. Posterior a la muerte de Itzhel la ofi cina del Instituto Coahuilense de las Mujeres en Piedras Negras, ofreció ayuda psicológica a la madre y el hermano de la niña, sin que hasta el momento se hayan presentado.

Tampoco los niños del grupo con los que estudiaba Itzhel han recibido terapia. Guillermo Solís, el directo del CESAME, habla de los riesgos que esto representa: “Son conductas que se tienden a repetir, el impacto es generalizado hacia la comunidad, lógicamente, a la comunidad estudiantil a la que pertenecía el menor”. De Itzhel quedó solo una tumba pintada de rosa en la zona más económica del Panteón Santo Cristo de Piedras Negras, un cuadro con la fi gura del Ángel de la Guarda y esta inscripción al pie de su sepultura; “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá…”.

CRISTIAN, 7 AÑOS

En el pueblo de Zaragoza, Coahuila, un lugar de calles angostas y casas rústicas, la gente está de luto. Hace ya tres semanas que en esta villa, muy cercana a la ciudad industrial de Nava, nadie habla de otra cosa que no sea la muerte de Cristian. Un niño de siete años al que su abuelo materno encontró una tarde colgado del cuello con una mascada amarrada a un cinto que pendía de las vigas del techo de su casa, en la colonia El Mimbre, a la entrada de Zaragoza.

Un municipio aparentemente tranquilo y en el que el DIF ha reportado la atención de al menos ocho casos nuevos por semana que tienen que ver se con violencia intrafamiliar. “Era un niño muy alegre, que se la pasaba pescando en la orilla del río, cuidando a sus animales, a sus gallos, que tenía mucha… inteligencia para platicar con la gente grande”, relata una de las tías del pequeño otra tarde que arribamos a Zaragoza donde, aseguran los pobladores, nunca había pasado algo así.

Sus vecinos, maestros y amigos de escuela lo habían catalogado como un niño normal, al que le gustaba jugar y pintar dibujos en sus cuadernos.“Jugaba mucho, le gustaba hacer dibujos. Se sentaba con la profe siempre que él quería y a la hora de la salida le daba un beso”, cuenta Rodrigo González Romo, uno de sus compañeros de la Escuela 20 de Noviembre, la primaria donde Cristian estudiaba el tercer grado.

Sin embargo en su declaración ministerial uno de los tíos de Cristian lo describiría como un chico corajudo, dado a hacer berrinches y que “a veces se enojaba y no había cosa que lo pudiera hacer cambiar de opinión”.

¿POR QUÉ CADA VEZ MAS NIÑOS SE QUITAN LA VIDA?

Hacia casi tres años que Cristian y su hermana de 10 habían quedado a cargo de sus abuelos, luego de que su madre Sonia Patricia Reyes Álvarez, separada del padre de los niños, se había ido de ilegal a trabajar a los Estados Unidos.

Desde entonces Cristian, a quien los vecinos de la colonia El Mimbre defi nían como muy cariñoso y “linda persona”, se convirtió en el nieto consentido de la abuela quien se acostumbró a recibir de él una rosa todos los días.

La mañana, víspera de su muerte, Cristian había hablado por teléfono con su madre. “La señora le pregunta que cuánto dinero necesitan y comenta la abuela que Cristian le contesta a su mamá ‘no quiero dinero, quiero que estés conmigo, cuándo te vas a venir para que estés conmigo’”, refiere Cinthia Janeth Alemán Rincón, agente investigador del Ministerio Público en Zaragoza, Coahuila.

De acuerdo a la declaración ministerial de los familiares de Cristian, quienes decidieron no hablar del caso a SEMANARIO, se sabe que en varias ocasiones el niño había manifestado que extrañaba a su mamá, cariño que tal vez había conseguido suplir con el de su maestra de tercer año. “Andaba con la maestra para todos lados, terminaba sus trabajos y quería que la maestra que le diera su besito, se paseaba por las canchas de la escuela agarrado de la mano de su maestra…”, cuenta Mario Reyes Espinoza, el director de la escuela a donde Cristian asistía.

En algunos cuadernos del niño que obran en poder de la Fiscalía se aprecian algunos dibujos en los que, de acuerdo a la interpretación de especialistas, Cristian proyectaba la imagen de un hogar distante. Como en aquel en que pintó una casa en la cima de una montaña y debajo dos arcoiris. La psicoterapeuta Karla Valdés ofrece una explicación sobre este hecho: “El núcleo familiar de este niño estaba modifi cado, había una ausencia de la madre, puede ser que todo esto ya estuviera ahí generando algo de malestar emocional y a lo mejor nunca se le llevó a alguna atención, a algún apoyo para poder sobrellevar la pérdida de la mamá o del papá. “No pérdida en el sentido de que hayan muerto, sino pérdida en el sentido de que ya no están aquí conmigo, se fueron a trabajar.
Seguramente la mamá estaba trabajando allá por el bienestar de sus hijos, de eso no tengo ninguna duda, pero para el niño no es así, es simplemente no estás, te necesito y no estás aquí conmigo”. Aquella mañana del 30 de septiembre, después de vestirse y desayunar, Cristian tomó sus libros y se fue a la escuela en montón con su hermana, sus primos y sus amigos de la cuadra.

“Tenía sus difi cultades, era un niño un poquito lento en aprendizaje, pero era propio de su edad, de su desarrollo, iba aprendiendo.

“Ese día precisamente aprendió varias letras y, diferente a todos los demás días, estaba gustoso por haber aprendido más cosas”, relata Mario Reyes Espinoza, director de la primaria 20 de Noviembre.

Pasado el mediodía, Cristian volvió a casa con su hermana, sus primos y sus amigos del barrio.

Después de quitarse el uniforme entró en su cuarto, se recostó en su cama y se puso a contemplar unas fotografías familiares donde aparecía al lado de su madre, su hermana y sus abuelos. “Llega su hermana, dice la tía que empezaron a pelear porque la hermana se quería acostar también en la cama y Cristian no quería. La tía lo regaña ‘no te estés peleando con tu hermana, déjala’”. Cristian se levantó de la cama y se dirigió a otra estancia de la casa, acercó una mesa de centro, donde trepó para alcanzar la punta de una mascada que colgaba de un cinto atado a las vigas del techo, medios que la familia usaba para colgar los ventiladores, el niño se amarró por el cuello y se dejó caer. Karla Valdés, catedrática de la Escuela de Psicología de la UAdeC, aclara en este punto la diferencia que existe entre la concepción que tienen el niño y el adulto sobre la muerte: “El niño puede pensar en morirse, puede intentar quitarse la vida, pero puede también pensar que esto es reversible, que ‘me voy a matar y mis papás se van a sentir muy mal porque me castigaron, porque me quitaron este juego o por cualquier razón, pero a mí después, como voy a poder regresar o me van a encontrar, no me va a pasar nada’.

“A veces el suicidio se puede dar como una conducta no premeditada, no pensada, puede ser que el niño en ese momento que lo regañaron, que se quedó solo, no pensó en otra solución que en quitarse la vida. En los niños, pero también en los adultos, se puede dar el suicidio como un propósito de castigar a otro. ‘Mi tía vino, me llamó la atención, me castigó y entonces ahora yo la voy a castigar a ella’”. Minutos después, su abuelo lo vio a través de un ventanal que da a la habitación, suspendido en el aire y dando patadas, como queriendo liberarse de aquella opresión en su cuello.
Ayudado por la tía de Cristian, el abuelo logró romper la mascada con un cuchillo, cuando lo bajaron el niño estaba como desmayado.
Cerca de las 2:10 de la tarde Cristian se hallaba acostado, pero esta vez en una cama del Centro de Salud de Zaragoza, ya no tenía respiración, latidos cardiacos ni pulso.

Venus Jaime Chávez González, vicario de la Parroquia de San Fernando de Rosas en Zaragoza, Coahuila, hace la lectura de esta tragedia que estremeció a esta comunidad.

“Hay una indiferencia, un desapego a la familia. Tenemos que volver, tenemos que estar con la familia, tenemos que reunirnos y devolverles la inocencia y la infancia a los niños, porque los adultos se la estamos robando. “No se disfrutan, no hay acompañamiento de los mayores, tenemos que volver a afi anzar el acompañamiento, el estar con los hijos, el convivir con ellos”.

Durante la inspección realizada en el lugar de los hechos por peritos de la Fiscalía General de Coahuila, fue encontrado un altar dedicado a la Santa Muerte y en el que sobresalía una especie de oración que hablaba sobre el suicidio.

Un día después el cuerpo de Cristian fue depositado en una fosa de tierra, a cuya cabecera se hallaba una cruz de palo y encima de la tumba unos ramos de flores artifi ciales que daban a su sepulcro un aire como de alegría.

A la entrada de la escuela de Cristian los maestros hicieron colocar un gran moño negro, suspendieron honores, no se tocó el timbre y sus compañeros portaron un moño negro, junto al corazón, como señal de duelo.

“Era muy difícil arrancar estos días porque sabíamos que faltaba alguien y nos sentíamos incompletos en la escuela. El patio, las canchas, todo está triste”, comenta de nuevo Mario Reyes, el director.

Los periódicos locales comenzaron entonces a especular sobre la muerte del pequeño Cristian, de quien se llegó a decir había sido víctima de bullyng por parte de sus compañeros. “Sacaron cosas muy feas por eso ya no queremos hablar con nadie. Ahorita fui al ciber y vi comentarios de gente que dice que nosotros matamos al niño ¿cómo lo íbamos a matar?”, dice la tía de Cristian.

Karla Valdés, la psicoterapeuta infantil y catedrática de la Escuela de Psicología de la UAdeC, habla sobre las consecuencia que puede acarrear para la familia el ser señalados por la sociedad como culpables:
“No se debe adjudicar culpas a la familia, porque de por sí están pasando por una situación complicada y difícil, y luego que la sociedad los señale, los vecinos, los amigos los apunten como responsables del suicidio, eso puede hacer que empeore la situación del sistema familiar.

“Por otra parte todos somos responsables, los vecinos, los amigos, los tíos, los maestros. Si yo tengo a un amigo en la primaria que está diciendo que se quiere morir, pues se lo digo a la maestra, a mi mamá, lo comunico para que pueda recibir la atención y la ayuda”. Al comienzo del novenario los familiares de Cristian visitaron su tumba para dejar como ofrenda algunos alimentos que en vida fueron la debilidad del pequeño y a un lado un mensaje que decía más o menos así: “Soy tu tía Juana, otro día más sin ti, si vieras qué duro es ver que no amaneciste y no ir a la escuela y no irme a preguntar qué hace mi tía. Tu abuela te extraña mucho y al no verte en la orilla del río ni jugando en el patio lloro mucho corazón. Ojalá pronto vengas por mí, te quiero mucho, te traje jugo, y un frito, yo te cuidaré…”.

¿Posición honrosa?

Saltillo ocupa el 13avo lugar en número de suicidios a nivel nacional

Pueblo chico…

En la región norte de Coahuila que comprende los municipios de Hidalgo, Guerrero, Villa Unión, Allende, Nava y Piedras Negras, se han registrado 13 suicidios en lo que va del año. Fuente

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