HOMBRE VIVE DESDE
1979 SOLO EN UNA CUEVA DE COAHUILA
¿Por qué decide un hombre vivir por más de 30 años en una cueva
que se improvisó en el desierto?
Para ser feliz sólo se basta a sí mismo, así es don Marcos, quien
desde el año de 1979 vive solitario en una cueva del desierto
coahuilense. Aquí su historia…
Hace 32 años que don Marcos dejó su vida en la ciudad, se fue a
despoblado, cavó una cueva, le puso una puerta y se quedó a vivir en
un viaje interior.
Esta historia bien podría ser la de un ermitaño, de esos que se
escuchan en algunas leyendas y nos evocan la imagen del hombre
místico, que pasa las horas en una búsqueda interminable de sí
mismo.
Pero éste es más bien el caso de un hombre más real, que huyó de sus
fantasmas, y encontró la paz en un pedacito de la nada.
¿Qué se siente vivir décadas en solitario? Aquí la historia de
alguien que se atrevió a intentarlo, y hoy se niega a dejar el lugar
que llama hogar.
Los fantasmas de don Marcos
Las muertes de su madre y su hermano lo condujeron a buscar refugio
en algún lugar que le permitiera sanar el alma. Desde entonces, allá
por 1979, las paredes de un arroyo en el ejido San Felipe, en Ramos
Arizpe, y que hoy ha
convertido en una cueva, le han servido de hogar.
Cuando Marcos Molina Espinoza llegó a este desierto, donde no parece
haber sino arena, lechuguilla seca y el abrasar del sol que golpea
el terreno, su fuerza física y la voluntad le permitieron sobrevivir
lejos de todo; cerca de sí mismo. Como un ermitaño.
Y es que aquí los fantasmas de los que intentó escapar no asechan
los empolvados caminos, ni se presentan de noche con ropajes
blancos, sino que aguardan en la memoria, inmortales, recordándole
el motivo de su soledad.
Un olor a leña quemada se percibe en el aire, antes de poder ver
algún vestigio de que en verdad aquí vive un hombre. Más de mil 800
pasos desde el último cerco de alambre de púas y maderos, y entonces
una ligera pendiente que guía hacia su escondrijo.
¡Marcos! –grita Rufino Rodríguez, el historiador que nos ha guiado
hasta este punto.
Y se escucha lejano un quejido tenue.
–¡Marcos! ¿Me escuchas, dónde estás? –resuena la voz, que se lleva
el viento cálido.
Y de nuevo el quejido. Ese que se aferra a la vida y dice en
medio de un polvoriento paisaje que aquí está. Acá detrás de un
peñasquito. Lo encontramos sentado a la sombra, con un cayado a su
vera, inmóvil. Sereno, como si ya fuera parte del mismo paisaje.
Cercano a sus pies está el sombrero café, que combina con el polvo
de la vereda que recién dejamos atrás. Lleva puesta una chaqueta
verde fuerte, un pantalón del mismo color y unos huaraches
desgastados, a punto de romperse.
Saluda con una sonrisa que se dibuja espontánea, pero no puede
levantarse, dice, porque está enfermo. Porque anda aventando agua
verde por las dos bocas del cuerpo, y no sabe a qué se debe. A lo
mejor fue algo que comió, se pregunta, pero cómo va a ser eso, si ya
lleva tres días sin probar alimento.
El mismo mal le ha robado algo de voz, que se le oye rasposa, como
si el viejo de 86 años luchara por hallarla y hacerla salir; apenas
un día antes, platica que se quedó mudo.
Hirvió palos secos para ver si se le pasaba el dolor de estomago.
Una infusión amarga como el hojasén, pero nada funciona. –Venimos a
platicar con usted un rato, don Marcos –le dice el reportero.
–Sí… ‘amos –suelta como si le hiciera falta una plática que no
sea con el silencio. Ayudado por Rufino, quien le da la mano y lo
pone en pie, toma después su cayado y avanza a pasos pequeñísimos.
Con la derecha sostiene el improvisado bastón y con la siniestra se
agarra bien los pantalones.
“Hace tres días me caí, andaba caminando por ahí y me caí. Me
lastimé aquí”, cuenta señalándose la muñeca, sobre la cual trae una
herida pequeña; y después se toca las rodillas, que tampoco le
responden como debieran.
No sin ayuda sube una especie de peldaño de tierra: hemos llegado a
la entrada de su dormitorio. Se sienta sobre una piedra de afuera,
se quita el sombrero café y lo cambia por uno blanco, que usa,
bromea con Rufino, sólo en ocasiones elegantes, especiales.
Ya tiene el sombrero puesto y no cabe duda, le ha cambiado el
semblante. Sonríe y entonces se rompen sus labios, cuarteados por el
calor y la sed.
En lo que va de la semana, este hombre cuyos ojos apenas se
distinguen entre las arrugas, ha bebido unos cuantos tragos de agua:
una porque no llueve, y si no llueve de dónde agarra el agua; y la
otra, porque la poca que le queda, mejor la pone en un platito para
que los pajaritos puedan beber.
“Ahí viene uno; mira”, dice el ermitaño sin ermita. Le hemos
traído una botella de litro. Está al tiempo, y eso es bueno, porque
no puede tomar nada frío. Bebe del plástico como si su sed fuera de
años. Como si el cansancio lo trajera desde siempre. La fatiga se
muestra concretamente en sus pies empolvados, cenizos, que parecen
de almanaque. Después de los tragos da un largo respiro, como si con
en él recobrara algunos años, y ahora siente que le cala el sol, que
le pega desde lo alto. Mejor nos cambiamos a un lugar más fresco, al
cuarto cóncavo que usa como cocina.
Don Marcos se sienta casi a la entrada, mientras que un hilo de luz
se cuela por un agujero en la parte más alta de la pared que está a
sus espaldas. El espacio es pequeño y acogedor. Hay un balde que
pende del techo de leña; en él guarda vasijas y utensilios.
Pero el problema aquí es que hace mucho no llueve. No puede calcular
cuánto, la memoria no le alcanza, dice.
– ¿Por qué no llueve por acá? –le pregunta enigmáticamente Rufi no.
– Por tanta cosa que está pasando, por una parte, y otra porque ya
la gente no respeta a los padres.
Eso influye, dice, porque se han perdido los valores. Por eso el
mundo se está acabando, dice con un tono que mezcla el lamento y la
impotencia. Y como está todo seco, se mueren las plantas, se mueren
los animales, “y creo que yo también, ya voy para allá”.
Antes, hace varios años, sacaba agua de un pozo que está a medio
kilómetro. Iba a pie, cargado con botes y botellas que ahora tiene
amarrados en las ramas de los árboles. En dos o tres trayectos que
se aventaba al día lograba juntar unos 60 litros de agua, según
cuenta.

Pero el pozo está seco, y ya no tiene la misma fuerza.
– ¿De dónde obtiene agua entonces? –cuestiona el reportero.
– Cada que llueve. Saco las botellas y las pongo a que se llenen. Si
no ¿cómo? Esa es precisamente la pregunta que nos ha guiado hasta
aquí. ¿Cómo sobrevive un hombre que lo ha dejado todo para vivir en
medio del desierto, a mil 800 pasos de la Detroit de México?
Responde como si esto hubiera sido fácil. Se mantenía de tallar
lechuguilla y venderla. La gente de los alrededores venía a
comprarle, o algún explorador que en su camino lo encontrara. La
lechuguilla estaba toda allá arriba, no batallaba, dice señalando
hacia un monte de vegetación seca y quemada.
Pero ya van doce años que eso también se convirtió en recuerdos. La
edad traicionera, la falta de lluvia, la disminución en la venta,
esa maldita lesión en el hombro. Todo, pues, todo le pasó para que
dejara de tallar. Si acaso, como vestigio de esos años, tiene alguna
fotografía, y nada más. Le quedó cuidar las borregas del vecino
(regresando los más de mil 800 pasos y unos 10 minutos en auto por
estrechos y maltrechos caminos de terracería), pero no lo hace
siempre.
–Disculpe, don Marcos, pero ¿entonces de qué vive? –asalta la
pregunta de los periodistas al hombre que se encoge junto a la
entrada de su cocina.
Él guarda silencio, quizá no ha escuchado bien la pregunta,
porque ya también eso, el oído, le falla y hay que hablar con voz
fuerte y clara para hacernos entender. Tal vez no haya una respuesta
en realidad.
Unos cinco segundos transcurren sin prisa, y entonces platica que
vende leña, que tiene mucha ya cortada y apilada. Para creerle basta
ver la parte superior de aquella cueva: tercios de leña rebosan uno
encima del otro. “Allá arriba tengo más”, dice refi riéndose al
cerro conocido por los lugareños como Pico de Galindo, ese que al
fondo adorna el paisaje por demás árido.
Quiere vivir 4 ó 5 mil años, aunque sea solo Marcos quisiera llegar
hasta el último día, del mes último de este año. Pero con todo lo
que está pasando, confi esa, está cabrón. Personalmente, le gustaría
vivir 4 o 5 mil años. Quiere seguir en este mundo, aunque la soledad
sea la única que lo acompañe. Y es que a visitarlo nadie viene.
Menciona entonces su pueblo natal, al que hace muchos años no
vuelve. El ejido Santa Cruz, allá donde naciera el año de 1926, y
donde conviviera con sus cinco hermanos; hoy sólo le sobrevive uno:
Isidro.
Pero éste vive en Monterrey, desde hace unos 30 años. La última vez
que lo vio sería hace una década, precisamente en Santa Cruz. Y
luego nada, como si ninguno existiera para el otro desde entonces.
De los primos y primas, los tíos y tías, ya ni uno queda. Todos se
han ido para siempre. Una vez él se fue también, pero más que nada
por necesidad, con destino a Estados Unidos.
Por aquel entonces, acaso tendría 17 años de edad cuando fue
contratado en la albañilería para irse. Entre eso, que al menos
platicado sonaba mucho más prometedor que cuidar chivas el resto de
su vida, y quedarse, no había alternativa. No lo pensó dos veces.
“Ganaba por lo que hiciera. Al principio 4 ó 5 dólares al día, pero
fui avanzando”, suelta con una voz más clara y potente.
Así conoció ciudades como Boston, San Antonio, Casa Blanca, Los
Ángeles. Iba y venía de Estados Unidos a México con toda su
papelería en orden..
La última vez que estuvo allá tenía ya 24 años. Y por alguna
razón que hoy no sabe explicar más que como un arrebato de juventud,
pensaba que la vida era igual de este lado. Y por eso se regresó,
para descubrir que en su propia tierra la vida es más cruda y menos
bondadosa.
La perdición de los hombres
son las benditas mujeres
Por ahí va la despedida,
Chinita, por tus quereres.
La perdición de los hombres
son las benditas mujeres.
Aquí se acaban cantando
los versos de los laureles.
Linda Ronstadt
Don Marcos repite una frase como si fuera una verdad irrefutable:
“la perdición de los hombres son las benditas mujeres…”. Para qué
mentir, ese verso le recuerda a su esposa, aunque al preguntarle
directamente sobre ella, simplemente se ríe. Rufi no bromea con él,
le pregunta cuántos amores tuvo. “Uno”, responde el viejo con voz
amable y picara a la vez. “’¡No, cuál! Fueron varios… cuéntales a
tus amigos”, insiste el historiador. “Nada más fue uno”, pone fi n
escuetamente al chascarrillo.
Así es. Otro de sus capítulos en esta cueva lo vivió junto con
Josefa López.. Aquí vivía con ella, en el mismo lugar donde estamos
ahora. Le decía él: ‘Ándale, tengo hambre; hazme de comer’”. Pero
ella le respondía: “¡Ándale qué!”. Y así se aguantaron (utiliza esa
expresión) como 18 o 19 años, que no fueron en vano. Peleaban sí,
pero en esa relación, sin que don Marcos lo diga textualmente, se
intuyen vestigios de amor. Y en algún momento de ese amor tuvieron
un hijo.
Es aquí donde le duele el recuerdo, pues un día cualquiera echó a
esa mujer, su mujer hasta entonces, de la cueva. “Le di su patada”,
dice, y ella se fue con el chamaco. Ese retoño que hoy ya creció y
tiene esposa y tres hijos; dos mujeres y un niño. Ese vástago que ya
no lo visita.
Sus ojos se vuelven como suplicas que vienen desde lo más profundo,
mientras un extraño aire de desesperanza lo rodea. Hace una mueca
indescriptible de nostalgia, con los ojos cerrados y apretados, la
boca torcida y los puños polvorientos, que le tiemblan. Parece que
va a llorar, pero no llora.
“Ni se acuerda de mi”, suelta después de un silencio mortal. Hace
cuatro meses que no lo ve, y es poco tiempo. El año pasado se tardó
eso mismo en venir, un año.

Y pese a todo, asegura que no es porque no se quieran.
– ¿No lo extraña? – es una pregunta para el viejo.
– Si, cómo no lo voy a extrañar.
– ¿Y por qué no se va con él?
– Él me dijo que me fuera pa’ lla’, pero con qué.. Él trabaja en el
Infonativ. Tiene que mantener a su familia… yo dónde quepo.
Por esa convicción sigue aquí. En medio del desierto, viviendo en la
cueva de un arroyo. Las ocasiones que lo visita, nada más es para
darse una vuelta. Llega unas horas, platica y se va. Hay muy pocas
veces que se ha quedado a pasar la noche con él. “Se queda allá
afuera, pone unas cobijas y se duerme en el piso”. Hace un año le
dio 100 pesos, pero qué le va a alcanzar con eso. Ojalá viniera más
seguido.
La lámpara que alumbra como un sol
Hemos dejado atrás la cocina y pasamos al cuarto donde duerme, que
está a unos cuantos pasos. Es mucho más amplio, y sin embargo, se
siente más encerrado, quizá porque hay poca luz.
Apenas en la entrada hay una estampa de San Martín de Tours, mejor
conocido como San Martín Caballero, protector de los mendigos.
–¿Usted cree en Dios? – es la pregunta que viene a la mente.
Responde que sí, que sin él nada se puede. Que es Él quien ama y
protege. Sobre la estampa hay un sello del INEGI, correspondiente al
Censo de Población y Vivienda de 2010.
– ¿A poco hasta acá vinieron los del INEGI, don Marcos?
– Pos sí. Áhi llegaron y me hicieron preguntas y se fueron.
Dice que les pareció raro que estuviera aquí, y que fueron los del
rancho San Francisco los que avisaron que había un hombre viviendo
en el arroyo. “Ahí pegaron eso al fi nal”, platica sentado sobre la
cama con sábanas y cobijas revueltas.
Tiene una especie de ropero, formado por un palo del que cuelgan
varias camisas y chamarras. Debajo, hay tres pares de zapatos
empolvados también.
En este lugar, nos confiesa uno de sus más grandes miedos:
quedar sepultado bajo el techo que el mismo edificó. Que las ramas y
el adobe que puso de techo sean su tumba. Pero con todo y eso no se
sale de aquí, aunque al decirlo le tiemblan las manos, pero vaya a
saber si es por miedo, o por la edad o por el malestar que padece
por estos días .
Los fríos tampoco son lo sufi cientemente convincentes, sino que le
apuran más los animales. “El otro día estaba ahí tumbado con varias
cobijas al lado del fuego, cabeceando. Ya me iba a quedar dormido,
pero dije ‘no, no me vaya a llevar un coyote’”.
¿A qué le teme este hombre? Quizá a la oscuridad. Don Marcos platica
que aquí conoció la verdadera penumbra, la sensación de no poder ver
siquiera delante suyo, cuando la luna no sale o está nublado.
– ¿Cómo le hace para ver en la noche? –vuelven las preguntas al
viejo.
–Pues con un cerillo.
–¿Con un cerillo?
–Sí… lo prendo y así me voy aluzando. Me voy de la cocina para acá,
y ando ahí afuera. Entonces interviene Rufino, para decir que al
saber la manera tan precaria con que su amigo se manejaba en las
noches, le regalo una lámpara de pilas con un foco blanco.
–Diles cómo alumbra la lámpara, Marcos…–suelta el historiador
– Como un sol…, alumbra como un sol. Incluso hay veces en que se
oyen voces… pero ya también se ha acostumbrado a eso. “Son ladrones
nada más”, pronuncia para desmentir cualquier otra sospecha. “Ya se
han metido al rancho que está a un lado, pero aquí no se han metido.
Ni quiero que se metan… ¡qué me roban…! La pura vida”.
La habitación sigue achicada y a media luz. Del techo cuelgan un par
de vasijas, y en medio de aquella acogedora imagen, sale el tema de
cómo pasa el tiempo.
–No, pos qué voy a hacer –dice–. Aquí el otro día vi un lagartijo,
pero lagartijo – pronuncia mientras con las manos indica que era muy
grande–. Pero a ese sí le tuve miedo porque era azul, y entonces
mejor me quité. Le saqué la vuelta…. De rato se fue.
Le preguntamos qué más, pero hace un gesto como si le fuera
imposible recordar… “Pos nada más”.
La verdad es que aquí, a estas alturas de su edad, la mayor parte
del tiempo lo gasta pensando. ¿En qué? En todo, según sus palabras…
en nada según las siguientes. “Aquí no se puede hacer otra cosa”. La
insistencia no tiene resultados en este hombre. No quiere o no puede
decir algo diferente.
Aleatoriamente, ahora le preguntamos sobre su edad. Y dice que el
acta de nacimiento que tiene está mal. Que la fecha del 8 de agosto
es falsa, aunque venga firmada y en el papel, y que el dato correcto
es 26 de julio de 1926.
Para comprobarlo saca de su bolsillo la cartera que lleva grabada la
Virgen de Guadalupe en la parte frontal. A su tiempo, entre el
temblor de las manos y los varios intentos por atinar a abrirla,
saca un papel amarillento y doblado, en el que lee la fecha errónea,
y la corrige nuevamente. De nuevo parece que la memoria se le fuera
por algunos instantes… quizá sea mejor dejarlo descansar, después de
todo está enfermo.
Salimos de aquel recoveco y volvemos a la entrada de la cocina,
donde él se sienta sobre un tronco. Respira un poco agitado, se le
ve cansado. Es hora de partir.
El ermitaño se despide de los reporteros con un saludo fuerte,
deseándoles que Dios los acompañe, y una sonrisa cada vez más
grande. “Muchas gracias”, pronuncia.
Don Marcos se queda en su cueva, solo de nuevo, verdaderamente solo.
Emprendemos el camino de vuelta sobre esa arena pesada, a pie contra
el viento cálido en el que se pierde el olor a leña.
Se escucha entonces un ruido. Es una voz que algo murmura, algo
canta. La vista entonces vuelve hacia la cueva de don Marcos. No se
entiende muy bien qué dice, parecen más bien balbuceos. De pronto se
escucha una carcajada, no tan insólita en aquel desierto y alguien
vuelve a cantar. ¿Estará acompañado? ¡Qué va! Ahí no hay alguien más
que ese viejo.
Fuente
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