HISTORIA Y
SIGNIFICADO DE LAS PASTORELAS MEXICANAS
México es un país de
tradiciones y una de las más arraigadas del mes de diciembre
es la representación de las pastorelas, que tienen como
argumento central las vicisitudes que debe enfrentar un grupo de
pastores para arribar a Belén y adorar al
Niño Jesús, ante las tentaciones que pone Lucifer.
Esta lucha entre el bien y el mal, entre el
cristianismo y los siete pecados, los falsos dioses, fue un arma
ideal que utilizó la Iglesia católica para adoctrinar a los pueblos
autóctonos en las primeras décadas de la colonización de la Nueva
España y que posteriormente tomó carta de naturalización en México.
Los sacerdotes aprovecharon la profunda religiosidad que tenían
los pueblos
nativos, mismos que utilizaban una serie de representaciones
como un medio frecuente para adorar a sus divinidades, así como para
facilitar la comprensión de su mitología entre su gente.
El origen de las
pastorelas se remonta a la época medieval, etapa en la que se
les conocía con el nombre de Autos Sacramentales, que tenían como
fundamento diversos pasajes bíblicos.
Algunos de ellos son los de Adán y Eva en el Paraíso, la
Anunciación del
Señor o el Domingo de Ramos, entre otros. Para el caso de México
el más conocido es el “Auto de los Reyes Magos”, que fue
escenificado en náhuatl, y marca la línea de lo que se denomina
Teatro Evangelizador Franciscano, el cual tuvo su auge en el siglo
XVI.
Durante el
virreinato, las órdenes religiosas aprovecharon la fuerte
tradición teatral de la cultura náhuatl, como fue el caso de los
jesuitas, llegados en 1572, quienes ejercieron una gran influencia
en la educación del pueblo y fueron unos de los mayores promotores
de esta manifestación teatral y religiosa.
No existen datos precisos sobre cuál fue la primera pastorela que
se haya representado en
México. Para algunos investigadores fue en Zapotlán, Jalisco,
que tiene como anécdota una batalla entre el arcángel San Miguel y
Lucifer, en lengua indígena.
Sin embargo, para finales del siglo XVII y hasta la
actualidad, las pastorelas cambian la forma de contar las
historias, sin perder su esencia.
Como modalidad teatral, la
pastorela surgió a partir de que José Joaquín Fernández de
Lizardi, El pensador mexicano, quien escribió en el siglo XIX “La
noche más venturosa”, primera pastorela que se representó en un
escenario con actores profesionales y un lenguaje culto.
Desde entonces, este género dramático se ha representado en época
navideña en los teatros mexicanos y, a pesar de que ha sufrido
indudables transformaciones, aún conserva un contenido y una
estructura más o menos permanente, cuyo tema central sigue siendo el
nacimiento y la adoración del niño Dios, e incorpora algunos
personajes nuevos.
En la representación
tradicional son representados fundamentalmente: los pastores
(llámense Bato, Brasy o Gila, entre otros); los demonios (Lucifer);
San Miguel, José, María, el Niño Jesús y un ermitaño.
Personajes a los que se les han agregado una serie de cantos y
música tradicionales que le dan un sello particular a las
pastorelas de cada región, estado o pueblo, sin olvidar las
danzas y otras manifestaciones populares.
En ellas, hay cantos, caminatas, diálogos entre diablos y
pastores, la lucha entre San Miguel y Lucifer, la adoración de los
pastores, el ofrecimiento de regalos y la despedida.
Sin embargo, en la
actualidad no es raro presenciar propuestas en las que Lucifer
es cambiado en su imagen, más no en sus intenciones, como puede ser
el “Tío Sam” (figura emblemática de Estados Unidos) o de algún
político mexicano o de alguien considerado como un terrorista en el
ámbito internacional.
Los que representan al pueblo (pastores) también han adquirido
otro tipo de identificación, y de fieles que acuden a adorar al Niño
Dios en Belén han pasado a representar a grupos explotados o
víctimas de la delincuencia organizada, por ejemplo.
Inclusive, en México grupos de la
comunidad gay han elaborado sus propias temáticas, donde, por
citar un caso, Lucifer tienta a las lesbianas a vestirse como
mujeres y buscar novios masculinos.
Cabe señalar que la trama de muchas pastorelas ha ido pasando de
generación en generación a través de la tradición oral. Entre
otras, se conoce la de Metepec en el Estado de México, la de
Tepotzotlán en Puebla y la del Altillo en la ciudad de México.
Lo que no es cuestionable es que este género se ha afianzado en
el gusto del pueblo, a la vez que se ha convertido en un buen
pretexto para poner en juego creatividad e ingenio, y reflejar la
realidad social por medio de una tradición cultural como la Navidad.
Y es tal la tradición en el país de este arte escénico que,
inclusive, por ejemplo se lleva a cabo un
concurso anual de pastorelas penitenciarias.
En este caso el jurado se traslada a los centros de reclusión
para ver las puestas en escena y dictar su fallo. Los organizadores
entregan el reconocimiento a los reclusos en las cárceles donde
cumplen sus condenas.
Cabe anotar que estos cambios en la estructura y personajes no
son nuevos, pues ya durante el siglo XVIII hubo persecución por
parte de la
Santa Inquisición hacia aquellos que se valieron de las
pastorelas para difundir las injusticias que se cometían en contra
del pueblo.
Igualmente, en la época de la Independencia también fueron
utilizadas como medio para protestar contra la religiosidad opresora
que ejercía la Iglesia.
En la últimas décadas en México, el dramaturgo, director y
productor Miguel Sabido es uno de los promotores contemporáneos que
más ha luchado para conservar esta
tradición y su representación en Tepotzotlán ha alzando fama
internacional.
Por ello, son miles los que cada año asisten a dicha población
del Estado de México, donde se encuentra el Museo Nacional del
Virreinato, para disfruta en un marco de alegría y festejo los
acontecimientos que dieron lugar al nacimiento del
Niño Jesús.
En algunas partes de la República Mexicana es frecuente que al
término de la
representación, la compañía responsable del montaje ofrezca al
público alguna bebida caliente (atole, chocolate o café) acompañada
de deliciosos tamales. En algunos casos se rompe una piñata y los
que más gozan son los infantes. Fuente
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