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TESTIMONIOS DE FAMILIARES DE VÍCTIMAS DE SAN FERNANDO

Gerardo estaba nervioso la tarde que abordó el camión que lo llevaría a Matamoros, pero lo animaba el hecho de que, a su regreso, tendría dinero para construir la casa donde viviría con su esposa y su pequeño hijo. Despareció en el trayecto

"¿Por qué esa gente los mata sin piedad?"

La tarde que abordó el camión que lo llevaría a Matamoros, Gerardo M. estaba algo nervioso, pero lo animaba el hecho de que, ocho meses después, a su regreso, tendría dinero suficiente para construir la casa donde viviría con su esposa y su pequeño hijo.

“El plan era asegurarle un futuro al niño”, dice su mujer. “Y pienso que eso ya no va ser… ¿Por qué esa gente los mata sin piedad?”.Isabel V. tiene 21 años. Vivió casi tres de ellos con Gerardo, de 20. En 2009 tuvieron a su hijo y en febrero de este año decidieron unirse en matrimonio. Hubo fiesta a la salida de la iglesia, en la comunidad de Valenciana Yóstiro.

Unos días después, comenzando marzo, el tío de Isabel, Armando V., llegó con la noticia del viaje a Misuri: el patrón con el que trabajaba desde hace ocho años había aceptado llevarse a Gerardo con visa temporal. “Nos pusimos contentos. Sabíamos que el señor era un buen patrón porque mi tío llevaba ocho años con él y mi hermano tres.

Por eso Gerardo se animó a pedirles que le preguntaran si podía irse con ellos en la siguiente temporada y el patrón dijo que sí, que se fuera con mi tío y mi hermano”, cuenta Isabel, sentada bajo la sombra de un moro, a espaldas del puesto familiar, donde venden fresas con crema. Armando V., de 38 años, invitó también a otro sobrino suyo llamado Juan R., de 20 años.

El hermano de Isabel, Luis Alberto V., de 19 años, fue quien más animó a su cuñado Gerardo para que se empleara como jardinero de marzo a noviembre. Gerardo trabajaba despachando gasolina en una estación cercana a su comunidad, compuesta por 105 familias, de las cuales todas tienen al menos a uno de sus integrantes trabajando en Estados Unidos, dice Daniel Vargas, abuelo de Isabel y delegado de Valenciana Yóstiro.

Los cuatro abordaron un camión de la línea Futura a las cinco de la tarde del domingo 27 de marzo.

De acuerdo con la ruta de viaje, arribarían a Matamoros a las ocho de la mañana del día siguiente. Allí los recogería otro empleado del contratista norteamericano y los alojaría en un hotel para que a la mañana siguiente acudieran al consulado a tramitar la visa temporal. Ese trabajador llamó sin embargo poco después de las ocho de la mañana del lunes 28 y preguntó a una de las hijas del delegado si los cuatro habían abordado el camión porque ninguno de ellos arribó a la hora indicada.

El dato, dice Isabel, sumió a la familia entera en un estado de angustia que había nacido desde la madrugada, cuando Gerardo, quien llevaba celular, dejó de responder mensajes y llamados de otro de sus cuñados. “Nosotros creíamos todavía el lunes que no había señal de teléfono, o que se cortaba durante la noche, cuando le llamamos, porque iban en carretera.

Pero cuando nos avisaron que no habían llegado a la terminal de Matamoros sentimos que algo malo había pasado”, cuenta Isabel.Aún así decidieron esperarse unas horas, creyendo que los cuatro pudieron ser víctimas de una detención equivocada por parte de la policía. La noche del lunes, tras varios intentos, el celular de Gerardo comenzó a timbrar. Quien marcó fue otro de los hermanos de Isabel.

Le respondió un desconocido quien le dijo que “dejara de chingar”, para luego colgarle. “Mi hermano alcanzó a escuchar risas de muchos hombres, y música fuerte”, dice Isabel. “Y volvió a marcar para preguntar quién era, pero ya habían apagado el teléfono de Gerardo”.

Ahí confirmaron que los cuatro estaban en poder de desconocidos y a la mañana siguiente Daniel acudió a la agencia local del Ministerio Público a poner la denuncia por la desaparición de su hijo, su nieto, un sobrino y el esposo de su nieta.

La agencia ordenó una investigación inmediata y para el miércoles pudieron localizar al chofer del Futura en la ciudad de México.Lo que les dijo el operador del autobús coincide con las versiones brindadas por otros choferes a los que también detuvieron civiles armados para secuestrarles a una parte de los pasajeros: La unidad fue detenida al llegar a San Fernando, unas tres horas antes de alcanzar Matamoros.

Subieron hombres armados y tras una breve inspección ordenaron bajarse a Gerardo, Luis Alberto y Juan. El tío de Luis Alberto, Armando, quedó a bordo del camión pero cuando vio que iba a reanudar la marcha bajó para indagar la suerte de los tres. El chofer declaró al Ministerio Público que también fue retenido por los sujetos.

En tres semanas es todo lo que saben del caso. Únicamente fueron llamados por las autoridades en días pasados, cuando fue descubierto el cementerio clandestino con cadáveres, en las inmediaciones de San Fernando. Les tomaron muestras de ADN y las enviaron a la procuraduría de Tamaulipas para cotejarlas con las de los cuerpos exhumados.

“No nos queda otra más que esperar”, dice Isabel. “Y he tratado de estar tranquila por el bien de mi hijo, pero hay días en que no aguanto y me pongo a llorar…

En el centro de Irapuato, María del Tránsito, la madre de 45 años de Gerardo M., intenta comer algo del platillo que le han servido dentro de un pequeño restaurante ubicado frente a la sede de la presidencia municipal. Lleva un poco de ensalada de lechuga a la boca y desiste. Deja los cubiertos sobre la mesa. “No puedo, me duele el estómago”, dice, apenas conteniendo el llanto.Lleva 15 días malpasándose.

Durante ese tiempo ha comido sólo algo de galletas con café. Vive al borde de una crisis y sólo porque su madre necesita de una silla de ruedas ha salido de su casa la mañana del jueves. Se vistió con una blusa blanca con vivos verdes, amarillos y negros, un pantalón color olivo y unas sandalias.

Su pelo entrecano lo ató sin gracia sobre la nuca. “He llamado a los de la empresa de camiones para que me digan más, pero me dicen que no saben nada y que si quiero recuperar las cosas de mi hijo tengo que ir a la terminal de Matamoros, donde están las maletas de todos. ¡Pero yo no quiero sus cosas, yo lo que quiero es saber qué pasó con mi hijo, dónde está, quién lo tiene!”.María deja a medias el filete de carne y la ensalada.

Apenas termina con un pequeño vaso de jugo de naranja. Quiere irse para tramitar pronto la donación de la silla de ruedas y regresar inmediatamente a su casa, por si llaman y ofrecen algo de información. Su prisa es ansiedad pura: en casa esperan el mayor de sus hijos, Joel, su nuera y su padre.

“Si me dan la silla ahorita no voy a saber qué hacer porque no quiero ver a mi mamá. Ella está enferma del corazón y sé que si me ve, va a preguntarme por Gerardo y no voy a poder controlar el llanto, me voy a derrumbar y entonces temo que eso le haga daño y la mate… No sé qué hacer”, dice poco después, mientras espera sentada en una banca afuera de la sala de Regidores, donde busca que la ayuden con otro trámite burocrático.

Para llegar a su casa, en San Luis del Jánamo, hay que tomar una carretera federal y luego internarse por un accidentado camino de terracería. La comunidad debe su nombre a un pequeño cerro llamado Jánamo, un pequeño relieve volcánico que aún posee algo de actividad. Es una aldea pequeña, rodeada por campos yermos.Son tierras de temporal en las que suele cosecharse maíz blanco y sorgo.

En época de lluvias trabajan en el cultivo los hombres viejos y los más jóvenes. El resto emigra y mantiene a sus familias desde la distancia. Es lo que hace el esposo de María, que suele irse por temporadas al Canadá. Ya fue enterado del secuestro de Gerardo, pero María no quiere que regrese porque tienen muchas deudas y falta el dinero.

La casa que ambos construyeron tiene dos plantas y cuatro habitaciones oscuras. Se encuentra al fondo de un terreno en cuyo frente se yergue un cuarto de ladrillos y techo de lámina a la que algún funcionario menor clavó un rectángulo de lámina blanca con escudos del gobierno federal, estatal y municipal.

“En mi casa hay baño digno”, dice la propaganda. El abuelo de Gerardo es un hombre de 74 años, envejecido de más en los campos de cultivo. Calza unos zapatos con las puntas abiertas que dejan desnudos sus dedos. “Mi nieto es un buen muchacho”, dice. “Ojalá a quienes lo tienen se les mueva el corazón y le digan: ¡ya vete!… Nada más es esperar la voluntad del Altísimo”.

Antonio Martínez es acompañado siempre por dos de sus amigos. “Vienen a diario a platicar de lo mismo, y esa es la manera que tengo para sentirme menos triste”, cuenta. El mayor de sus nietos, Joel, de 25 años, dice que la pena familiar es terrible.

“Gerardo era el menor de los cuatro hermanos -dos mujeres y dos hombres-. Era muy alegre y divertido. La única esperanza que nos queda es la fe”.En Valenciana Yóstiro, las hermanas de Armando V. tienen minada la esperanza. En el fondo creen que no volverán a verlos.

“Quisiéramos decir algo”, dice Alejandra, la mayor de las tres. “Queremos decirle al gobierno, al federal, al del estado, al del municipio, que por favor abran fuentes de trabajo porque por falta de trabajo es que los hombres se van. Y en todo caso, los culpables de esto que pasó, son ellos: los del gobierno”.Gerardo, Luis Alberto, Juan y Armando fueron despedidos frente al mismo puesto de fresas donde Isabel y las hermanas V. ofrecen la entrevista.

Fue una despedida, dice Ángeles, la menor de ellas, diferente a las demás. “Nunca habíamos llorado, ni ellos tampoco. Y esa vez lloramos, sentimos mucha tristeza. Ahora pienso que fue un presentimiento”. 

Fue a Tamaulipas a buscar a sus hijos, sólo halló amenazas

En Ciudad Valles, San Luis Potosí, Artemia le pidió a un taxista que la llevara a donde salen los camiones con migrantes. Este le dijo que pa' qué me metía; ‘ahí está bien peligroso, doña... allá usté si quiere entrar, ¿qué no ve que está lleno hasta de zetas?

Por instrucciones de su esposo, Aarón M. -quien trabaja en Estados Unidos- Artemia J. viajó a San Luis Potosí así como a Tamaulipas en busca de sus hijos; lo único que encontró fueron amenazas y advertencias de que ya no se metiera ni investigara porque algo le podía pasar.

Recuerda que "en Ciudad Valles (San Luis Potosí), cuando le pedí al taxista que me llevara a donde salen los camiones con migrantes, me dijo que pa' qué me metía; ‘ahí está bien peligroso, doña... allá usté si quiere entrar, ¿qué no ve que está lleno hasta de zetas?"

Artemia es una de las 17 personas que acudió ante las autoridades judiciales del estado a presentar denuncia formal por la desaparición de sus familiares, ocurrida el 17 de marzo del año pasado.

Otro grupo de migrantes desapareció posteriormente, el 5 de abril del mismo año y ocho días después sucedió exactamente lo mismo con cuatro "paisanos" más, todos del municipio queretano de Arroyo Seco.

Por tales hechos, la Procuraduría General de Justicia (PGJ) en el estado abrió dos averiguaciones previas; la J/193/2010, iniciada el 28 de abril del 2010 ante el ministerio público radicado en Jalpan de Serra, y la 3B/603/2010 que se inició, en la ciudad de Querétaro, el 22 de junio, acumulándose a la primera por involucrar, ambas, el delito de desaparición de 44 personas.

Los denunciantes -familiares todos de los viajeros que intentaban ingresar sin documentos, a Estados Unidos- coinciden en referir que los "polleros" llevaban al menos 10 años dedicándose a esta actividad, además de que éstos tenían contacto con grupos delictivos a los que les pagaban para que los dejaran pasar la frontera.

Durante diciembre del año pasado y enero del presente, elementos de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) acudieron a los domicilios de los familiares de los migrantes desaparecidos para recoger sus declaraciones.

Larga búsqueda

"Arturo Mayorga -uno de los polleros detenidos por la PGR- supo que fui a (Ciudad) Valles; por eso me vino a buscar. Me dijo que no me metiera en cosas que no debo, que él estaba haciendo todo por recuperarlos, que porque a uno lo podían matar por andar investigando", recuerda Artemia.

No obstante las amenazas, Artemia -de 42 años de edad y vecina de la comunidad de la Yerba Buena, en el municipio de Landa de Matamoros- le preguntó al "pollero" que por qué le decía eso. "¿A poco conoce a la gente de por allá abajo (de Ciudad Valles".

Fue cuando Arturo Mayorga le dijo que sí, que él conocía muy bien "cómo eran de peligrosos por allá, porque hasta zetas había".

Cada que iba a un lado o preguntaba a las personas, Artemia J. le informaba, vía telefónica, a su esposo, Aarón M. Éste le pidió, una y otra vez que no dejara de buscar a sus dos hijos y a su sobrino extraviados.

Y así, nada más con la bendición por teléfono que le mandó su esposo, se fue a Tamaulipas a buscarlos.

Hasta con los militares

Unos vecinos de Arturo Mayorga -quien tiene su domicilio en la comunidad de El Pemoche perteneciente a la delegación de Agua Zarca del municipio de Landa de Matamoros- le dijeron que unos militares que estaban en un reten rumbo a Tamaulipas la podían ayudar.

Y sí, ahí, en el reten que se encuentra en la colindancia con Tamaulipas, un soldado de nombre "Manuel" le dijo que si le daba 40 mil pesos él le ayudaba a recuperar a sus familiares. Sin embargo, a la semana siguiente que regresó, ya no estaba. El militar que estaba en su lugar le pidió la misma cantidad y le dijo casi lo mismo.

Artemia Jiménez también trató de llegar hasta el taller mecánico de Ciudad Valles, de donde salen los camiones de la compañía "Pirasol" que llevan a los migrantes a la frontera.

Y de nuevo, un taxista, se lo advirtió: "doña, no vaya ahí (al taller)... se acaban de perder cuatro muchachos y dicen que sus familiares entraron a buscarlos pero no les han dicho nada y hasta ahorita no aparecen".

La Procuraduría General de la República (PGR) abrió también averiguación previa, la denominada AP/PGR/QRO/SUBDEL-AMPFDC/995/2010/INC/AP/PGR/QRO/SJR-VII/258/2010 por la comisión de los delitos de violación a la Ley General de Población en su modalidad de tráfico de indocumentados y asociación delictuosa.

Presumiblemente son 6 los "polleros" involucrados, aún cuando hasta ahora hay cuatro detenidos: Bernardo González Jiménez, Esteban García Pérez, Arturo Mayorga Villeda y J. Abel Garay Martínez.

Volvían de vacacionar en EU; los agarraron en un restaurante

Los hermanos Natanael y Josué Axel R. G., originarios del Distrito Federal, jamás imaginaron que sus vacaciones a Estados Unidos, iban a tener un final fuera de toda realidad, regresaban ya de Texas, pasaron la aduana de Reynosa, y le dijeron a su padre por teléfono, ya vamos en camino, estamos cenando en un restaurante de Valle Hermoso.

Después ya no volvió a saber de ellos, desparecieron el 23 de agosto del 2010.

Narra el señor Arturo R. padre de las hoy víctimas, que la última comunicación que tuvieron sus hijos ya no fue con él, sino con uno de sus amigos a quienes le mandaron un mensaje vía celular: "No mames wey, entraron personas armadas al restaurante y nos están secuestrando. No me marques, ni me mandes mensajes, y si no aparecemos le avisas a mis papas lo que pasó".

El 25 de agosto de 2010, sus padres se preocuparon y empezaron a buscar a sus hijos, Natanael Arturo de 36 años, y Josué Axel de 21 años de edad, fue cuando el amigo de sus hijos les enseñó el mensaje, y de inmediato pidieron ayuda a la PGR.

Allí empezó el viacrucis para Román Medina y su esposa, ya que afirma que las autoridades de la Procuraduría General de la República lejos de ayudarlos se burlaron de ellos: "Nombre, a quién quiere hacer weyes, vaya a dar lata a otra parte, porque ninguna persona secuestrada tiene tiempo para mandar mensajes avisando lo que les pasó". Los corrieron.

Con una playera negra de manga corta, unos shorts tipo militar y una venda en su mano, buscaba afanosamente a los medios de comunicación para que publiquen su pesadilla.

Narra que se vino a San Fernando, Tamaulipas, para iniciar la búsqueda de sus dos hijos, pero tuvo tan mala suerte que un día antes se había localizado la bodega abandonada con los cuerpos de 72 migrantes centroamericanos (el hallazgo de 2010), nadie le hacía caso, porque todos iban y venían ocupados por esa tragedia.

Se fue a Reynosa para solicitar ayuda en la Procuraduría de Justicia, pero de igual forma nadie lo atendía; tenían un problema mayor que atender, preparar todo para la llegada de los diplomáticos de Centroamérica y la llegada de los 72 cadáveres de los centroamericanos.

"Estaba que no me calentaba ni el sol, desesperado e impotente porque aquí nadie me quería ayudar, nadie me daba respuesta de nada, ni siquiera me atendían para poner mi denuncia, me regrese a San Fernando, y menos me atendieron ya que el fiscal del municipio había sido secuestrado y unos días después se le encontró muerto".

"Me regresé de nuevo a la capital del país y empecé a vender mis camiones de mudanzas para iniciar mi investigación por cuenta propia, me han extorsionado autoridades, y no me dan respuesta, pero voy a continuar ya que todavía algo me dice que mis hijos están vivos, algo me dice que los tienen trabajando contra su voluntad".

"Queremos que nos ayuden, publiquen que los estamos buscando y si Dios lo quiere, y si mis hijos aún están vivos que sepan que seguimos buscándolos que son todo lo que mas amamos en el mundo, que las fuerzas que nos quedan a mi esposa a y mi es para dar con ellos encontrarlos como sea, pero encontrarlos".

Román guarda silencio, y se queda pensando, viendo a las demás familias que al igual que él llegaron de varios estados para buscar a sus seres queridos entre los hasta entonces 26 cadáveres encontrados en fosas de San Fernando. Ahora son 145 víctimas.

Ve como señoras con sus hijos en brazos caminan de un lado para otro, se ven unos a otros, forman sus grupos para platicarse como y cuando desparecieron sus esposos o hijos, mientras que otras personas sólo se quedan sentados tomándose un refresco y comiéndose algo que les llevaron autoridades municipales, del DIF, Iglesias y de la Canaco local.

Ve que sale un tráiler con 76 cuerpos que serán llevados a la ciudad de México y dice, "ya ven las autoridades no se apiadan de nosotros, nos toman muestras de ADN y ahora sin decirnos nada se llevan los cuerpos, ahora qué va a pasar".

"Yo por fortuna vivo en el Distrito Federal me regreso y allá busco respuesta".

Y se cuestiona, "pero como le van hacer las familias que vienen sin dinero de otros estados, viajaron cientos de kilómetros, para que estas autoridades sin tocarse el corazón, sin informarles nada, los dejan nuevamente con la mente trabajando a todo lo que da para desmenuzar como conseguir mas dinero para viajar a México por nuevas respuestas".

Lo peor, se pregunta, "así como les dieron lonches y agua, les van a dar dinero para su pasaje, y lo principal la seguridad para cruzar de regreso por San Fernando, allí por esa ciudad donde desaparecieron sus familias y cientos de personas, mexicanas y centroamericanas. Allí donde se han evaporado varios autobuses sin que sus dueños presenten una denuncia formal, a ver ahora qué nos pasa", puntualizó.

Una historia similar

En ese mismo lugar, dos mujeres de Montemorelos, Nuevo León, narran la misma situación, también a su hijo lo secuestraron hombres armados.

Pero en este caso, el hijo de la señora María Guadalupe Vargas Flores fue secuestrado en su municipio, desde el sábado 19 de marzo del presente año, pero busca afanosamente a su vástago en Tamaulipas, ya que denuncia que las autoridades de Nuevo León en vez de ayudarla le dicen que ya no le mueva, que no busque la muerte.

Con lágrimas en los ojos, María, asegura que en Montemorelos, Nuevo León, no hay ley, que sólo le dicen que a su hijo se lo trajeron a Tamaulipas, por eso lo busca en esta entidad con la esperanza de encontrarlo entre los restos de las fosas de San Fernando.

"Me amenazan de muerte las propias autoridades de justicia, que ya no lo busque, que no me meta en problemas, pero no me importa qué me pase, yo voy a exigir justicia y denunciando la corrupción y putrefacción que hay en la justicia de Nuevo León", puntualizó.

En Guanajuato, les piden no hablar

TARIMORO, Gto.— El hombre que atiende detrás del mostrador de la pequeña tienda de abarrotes intenta negociar algo a cambio de su silencio con la mujer que habla al otro lado del teléfono. Es posible escuchar el diálogo porque tiene el altavoz puesto: “¿Nomás quiero saber si usted está con nosotros y con esta gente, o no?”, inquiere la mujer. “Yo estoy con ustedes, pero nomás dígame si nos van a ayudar, porque ya ve lo que pasó ayer”, dice.

El tendero es un hombre maduro, más allá de los 60 años. Tiene el cabello y bigote encanecidos. Se ve exhausto al colgar. Un par de minutos después comenta que la persona con quien hablaba trabaja en la subprocuraduría de justicia en Celaya y que llamó para reclamarle que estuviera dando información sobre los cuatro vecinos desaparecidos después de que hombres armados los bajaron de un autobús en Tamaulipas. El tendero es el delegado de Huapango, una comunidad en lo alto de las cordilleras que cruzan el municipio, cuya larga tradición migratoria ha dejado mujeres solas, niños y ancianos.

“Discúlpeme, pero ya no quiero hablar de lo mismo”, dice Refugio Patiño Cervantes. “Acaban de preguntarme que por qué ando dando información… Ya vinieron de allá y de acá para decirme que por qué paso información. Y pues no, oiga”.

Al lado suyo está su esposa. Es quien ofrece razones para el silencio. Las familias de los cuatro desaparecidos están molestas con ellos, justo porque revelaron su identidad hace unos días. “¿Sabe lo que han hecho los reporteros? Los están haciendo llorar, y luego cuentan puras mentiras: ya nos han matado a los muchachos desde el viernes. Por eso ya nos dijeron los de la procuraduría que cuando ellos tengan información, ellos serán los que la den, que nosotros no. Nosotros ya tenemos muchos problemas. Fíjese: ayer vinieron los insensatos de una funeraria a ofrecer sus servicios, porque en la prensa escriben que ya identificaron a los muchachos”.

De Huapango y Guadalupe, otra comunidad aledaña, partieron seis de los 60 migrantes cuya desaparición en Tamaulipas ha sido formalmente denunciada por sus familias ante autoridades ministeriales de Guanajuato.

Con ellos se reunieron la mañana del martes funcionarios de la Secretaría de Desarrollo Social y de la Procuraduría de Justicia estatales. El matrimonio dice que los instruyeron para no hablar sobre el tema. Lo mismo le ordenaron a la propietaria de una tienda de abarrotes, ubicada a tres calles de la de Patiño, al lado de la plaza principal. Ella opera simultáneamente una oficina de transportes El Conejo, que ofrece pasajes en autobús a destinos como Dallas o Denver. “Yo no puedo dar información por órdenes de la procuraduría”, dice, sin entrar en detalles.

Desde comienzos de la semana, el gobernador Juan Manuel Oliva habló antes los medios para anunciar “programas integrales” de ayuda a las familias de los migrantes desaparecidos e instó a quienes no lo hayan hecho todavía, a que denuncien sus casos.

Como parte de esa estrategia de ayuda, el lunes, personal de la procuraduría y de Asuntos Migratorios, dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno local, comenzaron a entrevistarse con las familias denunciantes. Los funcionarios de Asuntos Migratorios básicamente se abocan a levantar un censo de pobreza para después ofrecer asistencia social, dice la titular del área, Susana Guerra.

“No todas las familias están en Oportunidades”, menciona. “Algunos niños, cuyos papás están en estos momentos desaparecidos, no estaban yendo a la escuela. A algunas (familias) les damos todas las facilidades para que puedan incorporarse al Seguro Popular. Básicamente es como integrarlos a todo el esquema social que tienen los conductos estatales para apoyarlas en este proceso. La gran mayoría son personas de escasos recursos, cuyos hombres fueron hacia el norte en busca de mejores condiciones de vida”.

El peligro de emigrar

Guanajuato es la entidad que mayor cantidad de migrantes expulsó entre 2005 y 2010. De acuerdo con el INEGI, en ese periodo salieron con rumbo a Estados Unidos 118 mil guanajuatenses. El fenómeno es indicador del pobre desarrollo que vive el estado, dice Saúl Arellano, director de investigaciones del Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social (Ceidas), quien en 2009 realizó un mapa de la pobreza en la región.

A las familias de Huapango y Guadalupe, cuyo pilar de su economía son las remesas que envían sus hijos y esposos, Guerra les habló de lo peligroso que resulta emigrar. “El proceso de emigrar no es rápido, como que llegan a la frontera y los ve el pollero y rápidamente cruzan”, cuenta la tarde del martes, sentada en una cafetería en las orillas de Irapuato, donde sostuvo otro encuentro privado con más familias.

En el café, la funcionaria estatal habla sobre las versiones que le han ofrecido los familiares de las víctimas: “algunas son emocionales, por razones obvias, y tienes que ver con rumores. De un hecho real se desprenden cantidad de versiones sobre diferentes posibilidades”.

Esa es una de las causas por las que, dice el procurador Carlos Zamarripa, se ha optado por no revelar su identidad ni ubicación. La otra, añade, es una razón de seguridad.

Fuera de eso, la procuraduría ha hecho poco, de acuerdo con el mismo funcionario. No investigan el paradero de ninguno de los 60 desaparecidos porque “los hechos sucedieron en Tamaulipas”. Tampoco sabe si los casi 120 mil ciudadanos que emigraron desde 2005 lo hicieron solos o a través de redes de traficantes humanos. “Eso es competencia federal”, justifica. Lo que sabe es lo que han declarado las familias en sus denuncias: que los autobuses invariablemente fueron interceptados por hombres armados cuando circulaban por las inmediaciones de San Fernando, en el noreste tamaulipeco, y que la edad promedio de los que bajaron es de 25 años.

Sin embargo, Zamarripa tiene una información distinta a la de Susana Guerra. El procurador dice que “no todos eran migrantes con pretensiones de llegar a Estados Unidos, sino que entre las víctimas hay comerciantes y ciudadanos con pasaporte para cruzar la frontera”. Y entre los testigos, sobrevivientes de los secuestros, hay también jóvenes. Pero desconoce el motivo por el cual fueron dejados en libertad.

El personal a su cargo no solamente ordenó guardar silencio a las familias de Huapango y Guadalupe. En Rincón de Tamayo, el padre de Raúl Arreola, uno de los migrantes secuestrado en Tamaulipas, dice que le prohibieron hablar cuando lo buscaran los reporteros. “Nos dijeron que no diéramos nada, porque puede ser peligroso para la familia. Y es mejor así, porque las mujeres están muy sensibles”, explica el hombre, que refleja el estrago de los días, con barba crecida de manera irregular y profundas ojeras. “La orden es que esperemos noticias cuando los de la procuraduría sepan lo que pasó”.

Centroamericanos presumen que hay paisanos en narcofosas

La última vez que Feliciano Tagual Ovalle se comunicó con sus familiares desde México, dijo que viajaba con varios guatemaltecos a los que había encontrado en el camino y que se dirigían a Estados Unidos. Eso fue el 24 de marzo y jamás volvió a llamar. Hasta el momento, es el único extranjero identificado entre más de un centenar de cadáveres hallados en San Fernando, Tamaulipas.

Aunque los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras, no descartan que pueda haber connacionales entre las 116 víctimas que han sido halladas, ninguno ha recibido alguna notificación oficial de México para participar en la identificación, por lo que las autoridades salvadoreñas enviarán hoy una nota diplomática para pedir acceso a la información.

El cónsul de Guatemala en México, Héctor Sipac Cuin, en entrevista con EL UNIVERSAL, dijo: “Lamentablemente creemos que hay más compatriotas nuestros entre las víctimas, no lo podemos descartar”, por lo que pidió al gobierno mexicano que informe sobre los avances en las diligencias para identificar los cuerpos, “pues hasta el momento no hemos recibido ninguna notificación oficial para colaborar”.

En el caso del guatemalteco Feliciano Tagual, de 44 años y originario de Chimaltenango, la identificación fue posible ya que entre los restos se encontró una credencial con su fotografía y un acta de nacimiento. Las autoridades de Tamaulipas contactaron al consulado y les enviaron la información.

La esposa e hija de Feliciano ya habían iniciado su búsqueda. Se presentaron el viernes pasado en la Cancillería de su país para pedir ayuda, pues el padre de familia había dejado de llamar hacía más de 15 días. El jueves 24 de marzo fue la última vez que se comunicó y dijo que estaba bien en esa ocasión, pues incluso se había encontrado a otros guatemaltecos en su camino y todos juntos se dirigían a Estados Unidos.

Quedó en hablar por teléfono en cuanto pudiera, pero la llamada nunca llegó; aunque la familia no sabe precisar en qué parte de México estaba cuando hablaron por última vez con Feliciano, ni cuántos más iban en su grupo.

“Por este testimonio de la familia, pensamos que podría haber más compatriotas asesinados e inhumados en estas fosas clandestinas”, indicó el cónsul.

Hugo Carrillo Corleto, embajador de El Salvador en México, indicó en entrevista: “Hasta ahora ninguna autoridad en México nos ha indicado que pudiera haber algún connacional entre las víctimas”, aunque ante la dimensión de los crímenes y el hallazgo de un guatemalteco “es muy probable que haya otros migrantes y se repita la historia de San Fernando de 2010”.

Adelantó que hoy se enviará una nota diplomática al gobierno de México para pedir el acceso a las muestras genéticas y huellas dactilares que ha recabado la autoridad, para colaborar en una eventual identificación de salvadoreños.

José Mariano Castillo Mercado, embajador de Honduras en México, explicó por su parte que ha entrado en contacto con el gobierno mexicano ante el hallazgo de los cadáveres, pero “hasta el momento no existen indicios concretos de que haya algún connacional”, aunque se mantiene a la expectativa sobre cualquier reporte oficial en el avance de las investigaciones de las fosas de San Fernando.

Choferes eluden la “vía de la muerte”

“Ese día venían cinco camionetas. Cherokee, Suburban, Durango. Recuerdo que todas eran grises. Yo les pedí el cambio de luces. No me contestaron. Cuando vi que eran de los mañosos, pise el acelerador. Todos venían armados. Me seguí hasta el retén militar”.

Estos son los testimonios de personas que han viajado por la llamada “carretera de la muerte”, la 101 Victoria-Heroica Matamoros, en Tamaulipas, y que han sobrevivido a los retenes que el crimen organizado ha montado desde Villa Padilla hasta San Fernando.

“Mire el culatazo que me dieron. A todas las bajaron, son unos perros desgraciados. A las chamaquitas, las señoras y señoritas ahí las desnudaban y violaban. Y a culatazos las subían a camionetas. A mí no me bajaron porque no podía caminar, por eso me pegaron”, cuenta una señora de Monterrey que viajaba en uno de los tres camiones que esa noche detuvieron.

“Esto ya venía de tiempo atrás. Nada más que uno no puede decir nada. Desde hace como mes y medio o dos meses ya nos paraban en la carretera, bajaban a la gente y se la llevaban”, relata el chofer de uno de esos tres camiones, cuyo nombre por seguridad se reserva.

En unos minutos sale hacia Reynosa. Mientras se bolea los zapatos cuenta cómo hace 12 días escapó. Pero el autobús que venía detrás de él no corrió la misma suerte.

“Metí todo el acelerador hasta el retén de los militares. ¿No te pararon? No, les dije. Les platiqué cómo eran las camionetas. Sólo me dijeron: ‘Qué bueno que no te pararon. Ya síguete’. Llegando a la central, media hora atrás llegó el otro compañero. Venía de Zitácuaro, a él le bajaron 12 personas.

“Te paran las camionetas, todas las que hemos visto la mayoría son grises. Sin letras ni insignias, con vidrios polarizados. Se te cierran. Se sube una persona y dice: ‘haber tú y tú, abajo’.

“Como dice el jefe de aquí de la central. Yo no puedo hacer nada porque de antemano sabemos quiénes son los que nos paran. Pero si vamos a denunciar lo único que nos van a decir es: bueno ¿tú quién eres, eres su familiar, su pariente, su trabajador, es tu empleado?

“Nosotros, como empleados, tenemos la obligación de transportarlos de origen a destino. Pero si tú como pasajero dices quiero bajarme aquí, estás en tu derecho. Y en este caso te paran las camionetas y se te cierran. Qué puedes hacer”, afirma.

Otro de los choferes en esta Central del Norte asegura que desde hace un año los retenes falsos se intensificaron. “Con uno no se metían. Nos bajaban a todos los hombres, los revisaban, les pedían sus documentos pero no se los llevaban. A veces los asaltaban, pero los volvían a subir, pero ahorita se los llevan, incluso a mujeres y niñas”.

Un chofer que está próximo a salir a Matamoros vía Monterrey asegura que no sólo se llevan a migrantes. “Es la misma gente que vive ahí, gente del país o que son personas que van por negocio, es gente bien, gente que no se ve maleada y que no te imaginas que pueda dedicarse al narcotráfico”.

Desde hace dos semanas todas las líneas de autobuses cuyo destino es Matamoros o el sur de Estados Unidos como Brownsville, Texas, dieron la orden de cambiar la ruta. La orden es ya no pasar por San Fernando, por lo que llegan sólo hasta Victoria y se desvían a Monterrey. Fuente

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