Estoy en un café
escribiendo esto. He pedido un panini de hongos silvestres al que le
hace falta un poco de pimienta. El mesero me trae el pimentero y a
lo lejos, de reojo, veo en su mano una cosa con forma fálica de
madera. De pronto, me sobresalto, pienso por un segundo que lo que
el mesero me trae en las manos es un dildo. Miro bien y, por
supuesto, no lo es, pero díganle eso a mi subconsciente.
Escribo sobre sexualidad y me traen
un pimentero con forma de pene. ¡Cómo se les ocurre! No puedo
evitarlo. ¿Tienen ustedes un pimentero en casa? Mírenlo. Si no fuera
porque las pimientas son irritantes, y se le quedarían a una, ahí,
atoradas, los pimenteros podrían tener otra utilidad y cambiar su
lugar de residencia de la cocina a la recámara. Fácilmente podrían
servir como un dildo para tardes de emergencia. Si no es por que son
tan duros... o tal vez quizá por eso.
Abro mi panini, tomo el pimentero por
el glande... perdón, por la punta. Bueno, ustedes me entienden. Giro
lentamente a la derecha el artefacto de madera mientras escucho cómo
se quiebran las pimientas negras. Los pequeños trozos de pimienta
caen y no puedo dejar de sentir cierto morbo al tomar con mi mano
completa este artilugio de cocina, tan de madera, tan brilloso, al
que mis obscenos pensamientos ya le han dado otra utilidad, y al que
un poco de aceite de oliva en mi mano completarían el espectáculo
que ya se ha formado en mi cabeza.
Es el panini con más pimienta que he
comido en mi vida. Y como tip adicional: un pimentero nuevo y limpio
puede servir para practicar el sexo oral. En fin, no es sobre
pimientas ni cocina que quiero contarles el día de hoy. Sin embargo
tiene que ver con ello.
El pimentero me ha llevado a pensar
que a veces, con los juguetes con los artilugios sexuales, lo que
buscamos es siempre la perfección: no encontramos en las
sex shops dildos un poco girados
a la izquierda, o delgados o pequeños. Tampoco vemos en las pelis
pornos (no en su mayoría) hombres rollizos, con lonjitas, con
papada, con barba, asimétricos, calvos, chaparritos, no tan guapos.
Sin embargo, nosotras las mujeres, amamos también y muchas veces lo
imperfecto. Amamos a los hombres comunes. Nos encantan.
Podemos enamoramos perdidamente,
volvernos casi locas por un hombre de quien en un inicio no dábamos
dos pesos, por un hombre común, tan común que luego de un tiempo nos
arroba. Yo, en mi historial -y para todo aquel ciberlector que
piense que discrimino a los que no son guapos-, he tenido hombres de
todo tipo: rollizos, chaparritos (mucho más que yo), feos, feos
terriblemente feos, con lonjitas, jorobados, muy delgados.
Claro, también ha habido de lo otro,
sin embargo, los primeros están todos ellos totalmente alejados del
chico de portada de revista. Ni en el primer casting quedarían para
hacer de modelos. Bueno, ni siquiera los aceptarían para semejante
actuación. Sin embargo, he tenido días y noches de sexo espectacular
con cada uno de ellos y en algunos casos me he enamorado como una
loca.
El gusto se rompe en géneros se dice
por allí. Y es verdad. Entre mis amigas también he podido darme
cuenta de que muchas están casadas, han sucumbido o se han enamorado
de o con hombres comunes.
Pero entonces, ¿por qué nos siguen
vendiendo la idea de los hombres perfectos, en las revistas, en las
pelis porno? Me he dado cuenta de que esos hombres comunes son
también unos rompe corazones y también muy hábiles, muchas veces, en
la cama.
Al saber que no tienen otro atributo
físico más que sus propias prácticas aprendidas o sus encantos
verbales o en materia de sexo en la cama, tendrían todas las de
perder. Quizá es por eso que muchos de los mejores amantes son
también estos hombres comunes. Estos hombres a los que llegamos sin
escudos, sin armas, sin caretas.
Y es que ellos siempre intentarán
demostrar en la cama o de diversas y múltiples maneras la perfección
que en apariencia físicamente no tienen. Es ahí cuando se convierten
en un peligro para nosotras: muchas veces llegamos a ellos
confiadas, mostrándonos tal cual somos, esperando que, vaya, se
conviertan en nuestros amigos (de inicio no queremos tener nada,
absolutamente nada con ellos), en nuestros confidentes.
Nos caen muy bien y nos hacen reír
mucho, pero ¡zaz!, de pronto una cosa lleva a la otra y ya estamos
ahí, entrampadas en una relación súper sexual, súper amorosa, súper
erótica. Sí, de un hombre común. Enamoradas y entrampadas
sexualmente con un hombre común.
Un guapo guapísimo, pensará casi
siempre que su linda cara y su cuerpo maravilloso lo son todo y tal
vez se esforzará poco para mejorar su rendimiento sexual en la cama.
Claro, no siempre aplica el caso, pero puede ocurrir. No puedo
generalizar. He tenido terribles y maravillosas experiencias
sexuales con hombres comunes, y desastrosas o de esas que te llevan
al cielo con hombres guapísimos.
Sin embargo, los hombres comunes
tienen lo suyo. A mí me encantan. Y creo que no soy la única. Soy
partidaria de todo aquel que ame a su mujer o le proporcione grandes
dosis de placer, y eso no tiene cara, nacionalidad, ni tamaño.
Créanme. Entre más comunes e inofensivos parezcan, pero sean
inteligentes y hábiles, hombres del mundo, mejor. Nos tendrán
rendidas a sus pies.
He ahí un tip: entre más común,
sencillo, normal, terrenal y más alcance parezcas, más posibilidades
tendrás de salir con la chica de tus sueños.
He terminado mi panini y el mesero
que, aunque no es demasiado guapo, es interesante: "Puedo
retirarle", me pregunta. Claro, le respondo. Se lleva el pimentero a
otra mesa que lo ha pedido. Es una pareja y mientras la mujer gira
el artefacto de madera, me mira sonriendo. No, definitivamente, no
soy la única con malos pensamientos.