BICENTENARIO: LEY
AGRARIA DE 1915
La Ley Agraria de enero de 1915,
emitida en Veracruz por Venustiano Carranza pero redactada por Luis
Cabrera --una de las mentes más lúcidas de los años de la
Revolución--, se encuentra entre los documentos fundamentales del
movimiento iniciado en 1910, por referirse al elemento central de
dicho proceso que era la cuestión campesina. Hoy, a 95 años de su
promulgación, cobra vigencia por su sentido de justicia social.
La Revolución mexicana
constituyó un amplio movimiento en el que se vieron involucrados
prácticamente todos los sectores de nuestra sociedad de principios
del siglo XX y que llegó a casi todos los rincones del país. Debido
a tal amplitud este proceso tuvo motivaciones variadas, sin embargo
el elemento que más le caracterizó fue su alto contenido campesino y
de demandas agrarias. Al respecto incluso podemos considerar que,
para amplios sectores que participaron en la contienda armada,
algunas de las demandas de contenido social, político, económico o
de otra índole estaban subordinadas al aspecto agrario.
Ello es lógico si consideramos que, no obstante el proceso de
industrialización y modernización económica que vivía el país en los
finales del régimen porfirista, México era mayoritariamente agrario.
Para entonces la población nacional era de alrededor de 15 millones
de habitantes, de los cuales 12 millones, es decir 80%, vivían en el
medio rural y dependían de las formas de producción agrícola, fuera
a través de las haciendas, de los pueblos o de la pequeña propiedad.
De acuerdo con el censo de 1910 había 840 hacendados, que poseían
97% de los terrenos cultivables; el resto se lo repartían entre las
comunidades, 411 096 agricultores y más de 3 millones de jornaleros.
Hacia 1909 Andrés Molina Enríquez había hecho una descripción
precisa de la situación en el campo mexicano en su libro Los grandes
problemas nacionales,2 ahí se señalaba una creciente situación
explosiva debido a la fuerte concentración de la propiedad de la
tierra, a lo que habían contribuido, sobre todo, dos procesos: la
Ley de Desamortización de 1856 y las políticas privatizadoras
establecidas durante el Porfiriato. Estas últimas llevadas a cabo
mediante las compañías deslindadoras que asignaron a una élite de
propietarios nacionales y extranjeros hasta 1906, año de su
desaparición, 49 millones de hectáreas, es decir la cuarta parte del
territorio nacional. Estas acciones se realizaron en buena parte con
base en el despojo a las comunidades indígenas y los pueblos de
campesinos.
Se crearon así propiedades fantásticas por su tamaño. En esos años,
15 haciendas sumaban una extensión de 1 464 612 hectáreas y en
Chihuahua el general Terrazas poseía, él solo, millones de
hectáreas. La desigualdad en el campo ya era en sí una provocación
pero a ello habría que sumar el hecho de que muchas de esas tierras
eran subexplotadas. Jesús Silva Herzog describía así parte de la
situación:
El hacendado mexicano de fines del siglo pasado y de principios del
XX no era efectivamente agricultor, no era hombre de campo, sino
señorito de ciudad. Lo único que le importaba consistía en que el
administrador de la finca le entregara periódicamente el dinero
necesario para vivir con holgura en la capital de la provincia, en
la ciudad de México, en Madrid o en París, según gustos personales y
medios económicos. A la hacienda sólo iba de tarde en tarde, por una
o dos semanas acompañado de amigos en plan de fiesta.
Sin duda la propiedad de las tierras y la producción agrícola
constituían el principal problema de orden económico del México de
entonces. Tan clara era la necesidad de abordar y dar solución a
ello, que Francisco I. Madero, en su Plan de San Luis que convocaba
a las armas en contra de Porfirio Díaz, señalaba como único punto
(en el artículo 3) no relativo a la forma en que debía conducirse la
rebelión, la necesidad de revisar la situación del campo debido al
amplio despojo a comunidades y campesinos realizado a cargo de las
compañías deslindadoras.
La rebelión iniciada formalmente el 20 de noviembre de 1910 en
apariencia era una convocatoria a terminar con la cerrazón política
del Porfiriato y a modernizar las estructuras electorales del país,
lo cual quedaba descrito por el lema de 'Sufragio efectivo y la no
reelección'. Sin embargo, a la hora de iniciarse las hostilidades
armadas no todos los antirreeleccionistas participaron, muchos de
ellos eran partidarios de la vía democrática y del consenso político
y rechazaban la toma de las armas. Por el contrario, aparecieron
grupos armados en apoyo a Madero; casi de manera espontánea algunos
de ellos, que en principio no estaban vinculados a la lucha
sufragista, pero que percibían en la deposición del régimen de
Porfirio Díaz la posibilidad de cambiar la lógica del gobierno por
otra que fuera sensible a sus demandas de orden social, agrario,
económico y no sólo de democracia formal.
Un nuevo gobierno, los mismos problemas y las críticas de Luis
Cabrera
En abril de 1911 Porfirio Díaz y su ejército dimitieron dando fin a
la revolución maderista. Ello hacía suponer que Madero y sus
seguidores tomarían pleno control de la política nacional y que
emprendería un gobierno de reformas que rebasarían lo estrictamente
electoral. Lamentablemente, como sabemos, ello no sucedió.
Entonces surgió como uno de los críticos al desempeño maderista el
liceniado Luis Cabrera, quien desde la perspectiva revolucionaria
señaló los yerros del presidente.4 Entre ellos observó los peligros
que vivía el nuevo régimen y la posibilidad real de una
contrarrevolución si no se llevaba a cabo una reforma agraria. Con
notable claridad veía la necesidad de controlar la situación armada
y política del país, pero mediante una reforma de orden económico
centrada en el reparto agrario, que además de hacer justicia a los
campesinos sirviera como forma de desactivación de cualquier foco
insurreccional.
Así, el 27 de abril de 1911 Cabrera se había dirigido a Madero
señalándole la urgencia de este tipo de reformas:
La responsabilidad de usted en este punto es tan seria, que si no
acierta a percibir con claridad las reformas políticas y económicas
que exige el país, correrá usted el riesgo de dejar vivos los
gérmenes de futuras perturbaciones de la paz, o de no lograr
restablecer por completo la tranquilidad en el país.
En otra ocasión he mencionado las reformas que en mi concepto es más
urgente implantar, y algunos escritores, como Molina Enríquez, han
hecho un catálogo completo de las necesidades del país, que Ud.
puede consultar, teniendo cuidado principalmente de discernir que
las necesidades políticas y democráticas no son en el fondo más que
manifestaciones de las necesidades económicas.5
En consonancia con estas ideas, el propio Cabrera, ya electo
diputado por el distrito de San Ángel del Distrito Federal para la
XXVI Legislatura, el 2 de diciembre de 1912 presentó ante la Cámara
un proyecto de ley para la reconstitución y dotación de los ejidos,
en el cual se proponía la restitución de las tierras ejidales como
medio para consolidar la paz. Este dardo iba dirigido contra el
ejecutivo, quien desde luego era partidario de la pacificación del
país pero sin hacer reformas de índole económica, lo cual se
pretendía dejar para más adelante. Madero, por el contrario, pensaba
que el reparto de tierras crearía situaciones conflictivas y se daba
por bien servido con algunos avances en materia electoral y
política, sin considerar que buena parte de las huestes que lo
habían seguido y apoyado militarmente, lo habían hecho movidos por
la expectativa de que se dieran reformas de orden social y económico
más amplias.
Cabrera disentía del accionar maderista y señalaba:
Mi criterio no es el mismo; el mío es que el restablecimiento de la
paz debe buscarse por medios preventivos y represivos; pero a la vez
por medio de transformaciones económicas que pongan a los elementos
sociales en conflicto en condiciones de equilibrio más o menos
estable.
En ese sentido, una de las medidas económicas trascendentales y
benéficas para la paz era la reconstrucción de los ejidos.
Y complementaba que dentro de las reformas de orden económico las
relativas a la cuestión agraria eran las centrales. En su alocución
ante la Cámara de Diputados denunció que la situación de miseria que
se vivía en el campo había originado el zapatismo y la
inestabilidad. La pobreza era la causa que orillaba a los campesinos
a tomar las armas. Por ello consideraba que lo más urgente era
reconstituir el ejido y restituir la propiedad de la tierra para
miles de campesinos despojados. Cabrera estaba seguro que el reparto
agrario era la manera de consolidar al nuevo gobierno y la paz.
Llegó a plantear entonces la necesidad de expropiar tierras para
reforzar el ejido señalando:
La cuestión agraria es de tan alta importancia, que considero debe
estar por encima de la alta justicia de reivindicaciones y de
averiguaciones de lo que haya en el fondo de los despojos cometidos
contra los pueblos. No pueden las clases proletarias esperar
procedimientos judiciales dilatados para averiguar los despojos y
las usurpaciones, casi siempre proscritos; debemos cerrar los ojos
ante la necesidad, no tocar por ahora esas cuestiones jurídicas y
concentrarnos a procurar tener la tierra que se necesita.7
La propuesta legislativa de Cabrera, que a muchos pareció
controvertida e incendiaria, se centraba en cinco artículos
dirigidos a realizar la expropiación de terrenos a fin de
restituirlos a los ejidos.
Como sabemos, estos intentos no prosperaron, no se llevó a cabo la
reforma agraria, no hubo reparto de tierras ni restitución a los
pueblos. El propio Madero consideró que la propuesta de Cabrera era
'sumamente peligrosa', y por el contrario se dio un creciente
enfrentamiento con Emiliano Zapata luego de que el general
Victoriano Huerta fuera nombrado jefe de operaciones militares en el
estado de Morelos (abril de 1910-abril de 1912) manteniendo una
fuerte persecución de los zapatistas.
Madero fue víctima de sus errores y de la falta de un programa de
reformas sociales: permitió la permanencia y reorganización del
ejército porfirista, propició el desarme de las fuerzas
revolucionarias que lo habían llevado al poder, transigió con las
fuerzas del Porfiriato y sobre todo no realizó el reparto agrario.
Ello muy pronto agravaría su situación.
En febrero de 1913 se dio un nuevo intento de las fuerzas
neoporfiristas por recuperar el poder. En esta ocasión Manuel
Mondragón, junto a Bernardo Reyes (ex secretario de Guerra de
Porfirio Díaz) y a Félix Díaz (sobrino del dictador), iniciaron una
asonada a la que se unió Victoriano Huerta. El cuartelazo se consumó
con el asesinato de Madero y la imposición de Huerta como
presidente, iniciándose así una nueva etapa de la Revolución.
La muerte de Madero propició la reorganización de las fuerzas
revolucionarias por todo el país siendo los ejércitos de Venustiano
Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata los más representativos.
Huerta no pudo resistir el embate y debió salir del país en julio de
1914, exiliándose en España.
A partir de entonces se inició el distanciamiento entre las huestes
revolucionarias, principalmente entre el carrancismo y el bloque de
Villa y Zapata. Había diferencias de fondo entre estos grupos tal y
como se observó en la Convención Revolucionaria de Aguascalientes,
que tenía por finalidad generar un acuerdo de todos los involucrados
en el movimiento. En seguida siguió el enfrentamiento militar entre
el bloque carrancista, apuntalado por generales como Pablo González
y Álvaro Obregón, en contra de Villa que peleaba en el norte del
país y Zapata en el centro. Los ejércitos conocidos como
convencionistas lograron expandirse y tomar la capital de manera
significativa en diciembre de 1914.
Carranza, forzado a retirarse, se refugió en Veracruz en donde,
además de reorganizar sus fuerzas militares, decidió realizar una
serie de propuestas de orden legal que significaran un programa de
organización política y económica del país. Así inició el 4 de
diciembre de 1914 decretando la incautación de los ferrocarriles
Mexicano, Veracruz al Istmo, Tehuantepec y Yucatán. Después de ello
haría modificaciones al Plan de Guadalupe al expedirse leyes
agrarias y fiscales, una legislación obrera y minera, la
reglamentación de la autonomía municipal (cuando el 29 de enero de
1915 modificó al artículo 72 de la Constitución), del sufragio
universal y del petróleo. Por si fuera poco, el 29 de diciembre
estableció la ley que permitía el divorcio. Entre todas estas
reformas, una de las que adquiriría mayor relevancia sería el
decreto del 6 de enero de 1915 en materia agraria, esto por la
trascendencia que tendría durante el mismo movimiento revolucionario
y por ser, más adelante, uno de los referentes principales para la
redacción del artículo 27 de la Constitución de 1917, que permitiría
realizar el reparto agrario por el cual habían peleado muchos de los
revolucionarios.

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