CARTA ABIERTA DE
JAVIER SICILIA A FELIPE CALDERÓN
El poeta y activista mexicano Javier Sicilia escribió una carta
dirigida al presidente
Felipe Calderón, en la cual se refiere a la lucha contra el
narcotráfico en México como una "guerra fallida". Además de
expresarle que a punto de concluir su mandato, Calderón deja
tras de él una
nación llena de osarios, de dolor, de víctimas y de miseria,
según las propias palabras de Sicilia.
Javier Sicilia:
Querido Felipe:
Te digo querido porque, pese a tus traiciones y desprecios
por las víctimas y la nación que has gobernado, sigo creyendo que un
ser humano es más que sus errores y sus equívocos y merece respeto y
merece amor. Te hablo también de tú porque, como alguna vez, antes
de la marcha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD)
de Cuernavaca a la Plaza de la Constitución lo hicimos, lo hicimos,
quiero hablarle de nuevo al hombre y no a la máscara del poder que
en su falsedad –toda desproporción es una falsedad– lo distorsiona,
y hablarle, como lo hice aquella vez, a su corazón desde la verdad.
“La verdad –querido Felipe, decía esa gran novelista católico que
fue Georges Bernanos—duele, sólo después consuela”.
Estas a punto de concluir tu mandato presidencial. Dejas tras
de ti una nación llena de osarios, de dolor, de víctimas y de
miseria, y la pérdida de confianza que alguna vez el país tuvo en
ustedes. No has querido reconocerlo. La soberbia, que es hija del
poder y fuente de todos los pecados, te cegó. Tu guerra, Felipe,
aunque lo niegues, es hija de una bovina subordinación de la agenda
de seguridad de nuestro país a la agenda de seguridad de los Estados
Unidos que en buena parte está fincada en una estupidez decretada
hace 40 años por Nixon: “La guerra contra las drogas”. Las drogas,
la historia lo demuestra con la prohibición y la legalización del
alcohol en EU, es un asunto de salud pública, de libertades y de
controles del mercado y del Estado, jamás un asunto de seguridad
nacional. Por eso Obama –que aunque sabe de la estupidez de esta
guerra que está poniendo en crisis la democracia internacional, no
ha hecho nada por detenerla– te llamó con fina ironía “Eliot Ness”.
Ness, que al igual que tú, quiso, desde un puritanismo policiaco,
erradicar a sangre y fuego a las mafias de Chicago, se hundió en la
oscuridad y el fracaso cuando Rooesvelt, en un acto de profundo
republicanismo, legalizó el alcohol para desarticular realmente a
las mafias y reducir la criminalidad y la corrupción que habían
aumentado exponencialmente en los Estados Unidos con la Ley Seca.
No has querido reconocer tampoco, como quizá Ness nunca lo
entendió –al fin y al cabo no era un político sino un policía– que
tu estrategia de golpear a las cabezas de los carteles lo único que
ha traído es el aumento de la verdadera criminalidad –la trata de
personas, las desapariciones, el secuestro y la extorsión—, la
atomización de los carteles en infinidad de células delictivas y una
mayor corrupción de los gobiernos, de los partidos y de los estados.
El 98 o 95% de impunidad hablan de instituciones corrompidas a
grados criminales que nos han llevado a las consecuencias de estas
elecciones ignominiosas que en su fragmentación abonan a la
emergencia nacional en la que tu guerra nos metió.
Reconociste, sin embargo, en los diálogos que sostuvimos en
el Alcázar del Castillo de Chapultepec, lo que esa visión puritana y
corta, obstinada en la violencia como método, no te había dejado
reconocer: la existencia de las víctimas que tú habías reducido a un
“se están matando entre ellos”, a “algo habrán hecho”, a “bajas
colaterales” que se reducían al 1%. Un lenguaje que, con el
estropajo del eufemismo, es el mismo que usaron los nazis para
justificar el crimen y hacérselo justificar a una nación: “son
piojos, son liendres, son ratas, son cerdos”, un discurso que
proviniendo del Estado, que está para resguardar la seguridad de los
ciudadanos y perseguir el crimen, es profundamente violatorio de los
derechos humanos y absolutamente criminal. Te vi entonces abrazar
conmovido a doña María Herrera, con 4 hijo desaparecidos que el
Estado vergonzosamente no ha podido todavía encontrar—y acordar con
el
Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) tres cosas:
la creación de una Procuraduría de Atención a las Víctimas, el
compromiso de hacer un memorial en el bosque de Chapultepec y una
Ley general de Víctimas de la violencia y del abuso del poder. Un
poco de alivio para la irreparabilidad de la muerte.
Por desgracia, Felipe, la forma en la que el Ejecutivo ha
asumido esos compromisos, lo único que ha hecho es ofendernos y
reiterarnos el desprecio que tienes por las víctimas y por la
patria. En el segundo diálogo que sostuvimos en el Alcázar del
Castillo de Chapultepec, recuerdo que te dije que en ti había “la
tentación del autoritarismo”. Me dijiste, ofendido y omitiendo la
palabra “tentación”, que tú no lo eras, de lo contrario no estarías
allí dialogando de cara a la nación con nosotros. Sin embrago, la
manera en que dices haber honrado los acuerdos que establecimos, es
un signo, en su unilateralidad y su rebajamiento, de que caíste en
esa tentación y de que tus acuerdos sólo fueron simulaciones
mediáticas. Creaste la Procuraduría de Atención a Víctimas (Províctima)
sin consultarnos, sin acordar con nosotros y nuestros expertos sus
formas, sus dimensiones y su operatividad, y la convertiste en una
caricatura, en un engendro maquillado de honradez.
Aunque está formada por gente honesta, a la que respetamos,
Províctima carece del dinero, del personal y de la dimensión
adecuada para atender la enorme cantidad de víctimas que, humilladas
por el crimen y criminalizadas y despreciadas por el Estado, no sólo
no han encontrado un gramo de justicia, sino que incluso, muchas de
ellas, han perdido su escaso patrimonio, haciendo, en la búsqueda de
sus hijos
desaparecidos, las labores de investigación que las procuradurías no
hacen. Te recuerdo, incluso, a Nepomuceno Moreno, un padre que
caminó a nuestro lado kilómetros y kilómetros no sólo buscando a su
hijo y la justicia que se le debía, sin a los hijos y la justicia
que se les debe a miles de otros que, como él, han perdido todo. Ese
hombre, que te expuso en el Alcázar su situación, que te pidió que
lo protegieras porque estaba amenazado, ahora está muerto y
Províctima ha sido incapaz de encontrar justicia para él y para su
hijo. Esa es la situación de la mayoría de las víctimas de tu
guerra, querido Felipe, y esa es la incapacidad de una cosa tan
miserable en su realización como Províctima.
Después, te recuerdo, nos sentamos con el Ejecutivo para
avanzar en los compromisos del Memorial. Nosotros ya teníamos el
acuerdo del Gobierno del DF y del Consejo Ciudadano del Bosque de
Chapultepec para que se realizara en el mismo bosque como habían
sido los compromisos. Teníamos también el apoyo del equipo de
Arquina para lanzar las bases para los proyectos y comenzar el
proceso de rescate de una memoria que tu gobierno se ha obstinado en
borrar. Sin entender nada de lo que un memorial significa en los
procesos de reconciliación y de
paz, tu equipo, apoyado por unas cuantas víctimas a modo
–siempre te han gustado las víctimas a modo—y no por las miles de
víctimas anónimas, criminalizadas y humilladas por el Estado, que
representa el MPJD y el equipo del padre Alejandro Solalinde,
impusieron hacer no un memorial, sino un monumento y, colmo del
absurdo, al lado del Campo Militar. No tuvimos más remedio que
levantarnos de la mesa. No se dialoga con imposiciones y con una
profunda incomprensión de lo que un memorial significa como proceso
de paz, de memoria y de reconciliación. Es negar la guerra, negar el
dolor, negar la memoria de los muertos y de la verdad de un país
desgarrado y necesitado de justicia, de paz, de dignidad. Ese
monumento, Felipe, será, en su burla y en su desprecio por las
víctimas, tan ignominioso como tu Estela de Luz. Nosotros, sin
embargo, lo haremos con los ciudadanos de este país.
Ahora, para cerrar con
broche de oro, vetó la Ley General de Víctimas, no sólo contra la
palabra dada (usted mandó a hacer esa ley al Inacipe, y esa ley,
enriquecida por la que hizo la UNAM a petición de los legisladores
después del diálogo que sostuvimos con ellos, también en el Alcázar,
es la que aprobaron las cámaras), sino que, contraviniendo los
tiempos mandatados por la Constitución (tengo aquí, frente a mis
ojos, el oficio que el 29 de junio, día en que expiraba el plazo
para publicar la Ley de Víctimas, el presidente de la Cámara del
Senado, José González Morfín, un panista, envió al secretario de
Gobernación, Alejandro Poiré, para “que se publique en el Diario
Oficial de la Federación el decreto por el que se expide la Ley
General de Víctimas, aprobada por el Congreso de la Unión el 30 de
abril del año en curso), jugando electoralmente con las víctimas,
envió sus observaciones, una forma elegante de vetar la ley, el 1 de
julio, pocos minutos después de que Josefina Vázquez Mota reconocía
su derrota electoral. Ese gesto, Sr. Presidente, además de
contravenir un mandato constitucional, es un desprecio más hacia las
víctimas, un desprecio a los juristas del Inacipe, a los de la UNAM,
a los de muchas organizaciones civiles que participaron en su
elaboración y a las cámaras que la aprobaron por unanimidad.
Ciertamente, como Presidente de la República, le compete el
derecho de hacer las observaciones que considere necesarias a esa y
a cualquier ley –toda ley es siempre perfectible–, y aunque muchas
de ellas no merecen ninguna atención, sobre todo la que tiene que
ver con el dinero (cuando usted ha invertido millones de dólares
para hacer una guerra, cuando su gobierno destinó mil 500 millones
de pesos para esa oprobiosa obra que agudamente Juan Villoro llamó
“Esquela de Luz”, cuando se invirtieron 25 mil millones de pesos en
las elecciones de la ignominia que acabamos de tener y se han
decomisado millones de dólares al crimen organizado, decir que no
hay suficiente dinero para las víctimas es de una desvergüenza
intolerable), estamos dispuestos a revisarlas con el Ejecutivo, pero
en el momento en que la Secretaría de Gobernación la publique, como
lo manda la Constitución. Sentarnos de otra manera con el Ejecutivo
sería no sólo convalidar la traición a una palabra dada a las
víctimas, sino violentar lo poco que aún queda de decencia en las
instituciones. Nosotros, Sr. Presidente, quienes seguimos
sosteniendo que el diálogo es uno de los rostros más altos de la
democracia y, por lo mismo, tenemos una alta idea de lo que hablar
significa, no nos sentaremos a ninguna mesa en donde a la palabra se
le ha prostituido y en donde a la Ley General de Víctimas, que es
una ley de víctimas de la violencia y de la violación de los
derechos humanos, se le quiere rebajar a una ley de víctimas del
delito, palabra esta última que el secretario de Gobernación ha
usado constantemente para referirse a la ley en sus declaraciones.
En el último diálogo que sostuvimos con usted en el Alcázar
del Castillo de Chapultepec, Emilio Álvarez Icaza le dijo que aún no
terminaba su mandato, que le quedaba todavía tiempo suficiente para
tomar el
camino de las víctimas, y no lo hizo o lo ha hecho muy mal, como
ha hecho esta guerra. Pero yo le digo que, aunque el tiempo de su
presidencia se acorta, aún puede, si escucha el corazón de Felipe y
desde allí pone un coto a la soberbia del poder, enmendar lo que tan
mal ha hecho, es decir, publicar esa ley y dejar la Presidencia con
un gramo de honorabilidad.
Nosotros, Sr. Presidente, el 12 de agosto saldremos, con los
escasos recursos con los que contamos, en una larga caravana a EU a
decir a sus ciudadanos y a su gobierno lo que ni usted ni ninguno de
los candidatos ni de los partidos se ha atrevido a decirles: que
esta guerra absurda y perdida es también responsabilidad suya y que
debemos detenerla porque está destruyendo a nuestra nación y está
poniendo en peligro la democracia en el mundo. Pero, usted, Sr.
Presidente, con su actitud y su desprecio a las víctimas, no nos
está ayudando a ello. ¿Tendremos también que hablarle fuerte desde
allá?
Yo, desde el asesinato de mi hijo, dejé de escribir poesía
–las palabras y la vida que ustedes y los criminales han degradado
ya no me alcanzan para esa sacralidad–, pero constantemente leo a
los poetas. Hace poco releí el poema Helena, de Giórgos Seféris
–léalo, Sr. Presidente, y lea a los poetas: son grandes reveladores
del sentido y de la dignidad de la palabra–. El poema relata el
extravío de un soldado que vuelve de la guerra de Troya en una isla
llamada Platres, que en realidad es una aldea montañosa que se
encuentra en Chipre, donde quizá estaba Seféris cuando escribió el
poema. En esa isla el soldado se da cuenta de que Helena, por la que
hicieron la guerra durante 10 años y la tierra y el mar se inundaron
de cadáveres, de sangre y de dolor, nunca estuvo en Troya, fue una
ilusión, “una prenda vacía”. Un estribillo terrible acompaña el
poema: “Los ruiseñores no te dejarán dormir en Platres”. Usted, Sr.
Presidente, se parece a ese soldado.
La diferencia es que usted, semejante a Agamenón, sabiendo que era
una
ilusión lo que perseguía, condujo esta absurda guerra. Sobre
usted “pesa el grave dolor” que “ha llovido” sobre México; pesan
miles de “cuerpos lanzados a las fauces del mar”, miles de “almas
trilladas cual espiga en piedras de molino” y “ríos” que “exudaban
entre el lodo la sangre”; pesan miles de viudas, de huérfanos y de
desaparecidos, pesan los miles de desplazados. Si usted, Sr.
Presidente, no toma el camino de la justicia que les debe, si
continúa humillándonos y traicionando su palabra, los muertos y las
víctimas no lo dejaremos dormir en ningún sitio.” Fuente
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