JAVIER SICILIA
CONVOCA A OTRA MARCHA EN MORELOS
Exige renuncia de Gobernador de
Morelos y de tres alcaldes; la PGR identifica a homicidas y ofrece
recompensa a quien brinde información
CUERNAVACA, MOR.- El escritor y poeta
Javier Sicilia convocó a una nueva marcha del “silencio”, ahora de
Morelos hacia el DF, para exigir al Presidente de la República,
Congreso de la Unión, partidos políticos, empresarios, líderes
sindicales, las Iglesias y a sus jerarquías, asuman su
responsabilidad en materia de seguridad pública.
Además, demandó que el gobernador
Marco Adame Castillo y los alcaldes de Cuernavaca, Jiutepec y
Temixco dejen sus cargos porque han sido omisos en garantizar la
seguridad para la ciudadanía.
Sicilia también convocó al
Presidente, legisladores, iniciativa privada y jerarcas religiosos a
firmar un pacto nacional “auténtico en el centro de la ciudad que
más muertos ha puesto en los últimos años: “en el centro de Ciudad
Juárez”, afirmó a las puertas del Palacio de Gobierno donde fueron
colocadas 96 placas metálicas con nombres de víctimas del crimen
organizado.
El escritor levantó el plantón para
preparar la marcha del 8 de mayo en el Zócalo del Distrito Federal,
que encabezarán los activistas Julián Le Baron, Olga Reyes, padres
de la guardería ABC, Emilio Álvarez Icaza, el padre Miguel Concha,
el periodista Miguel Ángel Granados y Alberto Athié.
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Al cumplirse el plazo concedido a las
autoridades para capturar a los asesinos de su hijo y seis personas
más, el 28 de marzo, el escritor demandó la renuncia del gobernador
Marco Adame, de los ediles Manuel Martínez Garrigós, Miguel Ángel
Rabadán y Nereo Bandera Zavaleta, así como de diputados del Congreso
de Morelos.
Por la mañana, el gobernador Adame
Castillo aseguró que está comprometido con la investigación del
crimen múltiple, pero que él no actúa bajo la presión ni plazos que
se le quieran imponer.
Pero Sicilia los acusó de
irresponsabilidad y puso como ejemplo el toque de queda que el 19 de
abril de 2010 decretaron los cárteles en la entidad y frente al cual
“estas autoridades no sólo fueron omisas, sino hasta obedientes y
cobardes, porque dejaron a la ciudadanía a merced del crimen”.
Ese simple hecho, dijo, se agrega a
los más de mil crímenes sin resolver, a los de Juan Francisco, Luis
Antonio, Julio César y Gabriel, y a los que se han sumado en los
últimos días.
Mientras se realizaba el mitin en el
Zócalo capitalino, en el poblado de Ahuatepec ocurría un
enfrentamiento a balazos entre presuntos secuestradores y el
Ejército, con un saldo de tres delincuentes heridos.
En su discurso, Sicilia dijo que los
partidos son omisos frente al crimen organizado porque ha sido la
moneda de cambio para acomodarse aquí y allá, mientras que los
poderes Ejecutivo y Legislativo, estados y municipios han mantenido
impune a una parte de la clase política porque han sido incapaces de
independizar al Poder Judicial de la política y con ello protegen
intereses y complicidades criminales.
A continuación, el mensaje
íntegro que el poeta Javier Sicilia leyó este miércoles 13 de abril
en Cuernavaca.
Estamos
hasta la madre
Alto a la guerra
Por un México justo y en paz
Dios nos sobrevive, tan sólo él nos sobrevive, con el corazón
dolido, rodeado de una gran matanza/ de hombres, de mujeres, de
niños/ aguardando que comprendamos el amor y la justicia.
Jules de Supervielle
Desde hace 8 días estamos aquí, en este plantón que no es sólo el
signo de una herida abierta en la patria, sino también –en su
pobreza e inestabilidad– de la indefensión y vulnerabilidad en la
que desde hace mucho tiempo vive la ciudadanía azotada por el
pudrimiento de sus instituciones y la irracionalidad demoníaca del
crimen. Estamos aquí, en estas condiciones, exigiendo
perentoriamente a las autoridades que encuentren a los culpables de
este crimen que nos arrancó a nuestros hijos: a Juan Francisco
Sicilia Ortega, a Luis Antonio Romero Jaime, a Julio César Romero
Jaime, a Gabriel Alejo Escalera, y que nos ha estrujado el alma.
Las
omisiones del gobierno de Marco Antonio Adame, de los Presidentes
Municipales de Jiutepec, Miguel Ángel Rabadán, de Temixco, Nereo
Bandera Zavaleta, de Cuernavaca, Manuel Martínez Garrigós y del
Congreso del Estado han sido tremendas –recuerdo sólo una, clara y
contundente, por no hablar de los más de mil homicidios que llevan
sus gobiernos sin resolver: El toque de queda que el 19 de abril de
2010 decretaron los cárteles en la entidad y frente al cual estas
autoridades nos sólo fueron omisas, sino hasta obedientes y cobardes
(ellas mismas cerraron temprano las instituciones públicas y dejaron
a la ciudadanía a merced del crimen)–. Ese simple hecho, que se
agrega a los más de mil crímenes sin resolver, a los de Juan
Francisco, Luis Antonio, Julio César y Gabriel, y a los que se han
sumado en estos días, me hace a nombre de la dignidad ciudadana,
exigirle a Marco Antonio Adame, a Miguel Ángel Rabadán, a Nereo
Bandera Zavaleta y a muchos congresistas omisosos y corruptos–cada
uno de los partidos políticos conoce a los suyos y debe
reclamárselos–, que renuncien inmediatamente a sus cargos de
gobierno. Sabemos, por desgracia, que aún no existe la figura
jurídica de la revocación del mandato –esperamos que pronto se
apruebe y pueda ejercerse––. Pero existe la vergüenza y la dignidad.
Cuando al llegar a sus cargos, ustedes juraron ante la patria, es
decir, ante nosotros, los ciudadanos, que harían cumplir la
Constitución o que el pueblo se los demandara, nosotros confiamos en
ustedes. Ahora que han demostrado que han sido incapaces de
cumplirla, el pueblo reunido aquí en el centro de los poderes de
Morelos, les demanda sus renuncias. Si no lo hacen, llevaran la
vergüenza en su frente y el desdén de los ciudadanos de este Estado.
No
dudo, sin embargo y a pesar del oprobio en que nuestras autoridades
nos han sumido, que hay buenos policías y buenos soldados
investigando y arriesgando sus vidas para dar con el paradero de los
asesinos de Juan Francisco, de Luis, de Julio y de Gabo. Pero en
estos días no han dejado de multiplicarse los asesinatos de
muchachos, de civiles, de migrantes, de mujeres, y sobre nuestras
espaldas pesan cerca de 40,000 muertos con los que tenemos la deuda
de poner en claro sus nombres, sus apellidos, sus historias para
reivindicarlos moralmente e indemnizar a sus familias que, además de
sufrir el desprecio y la criminalización de las autoridades, son
pobres –nosotros, los ciudadanos de Morelos, al levantar el plantón
y exigir la renuncia de nuestros malos gobernantes, hemos dejado en
el suelo de la plaza de gobierno y como un símbolo del dolor y de la
memoria las placas con los nombres de Juan Francisco Sicilia Ortega,
de Luis Antonio Romero Jaime, de Julio Romero Jaime, de Gabriel
Alejo Escalera, de María del Socorro Estrada Hernández, de Álvaro
Jaime Avelar y de Jesús Chávez Vázquez. A esas placas iremos
agregando las placas de las víctimas que se vayan reconociendo y de
las que continúen apareciendo a causa de la inoperancia de nuestras
instituciones. Hacemos un llamado a toda la nación para que en cada
plaza de cada pueblo, de cada municipio, de cada Estado se haga lo
mismo con los asesinados que allí vivían. En cada plaza del país
debe haber una memoria de nuestros muertos en esta guerra imbécil,
una memoria de nuestro Holocausto.
Frente
a estas omisiones, frente a la violencia de todo tipo que se ha
apoderado del país, frente a esta guerra mal planteada, mal hecha y
mal dirigida, que lo único que ha logrado, además de sumirnos en el
horror y el crimen, es poner al descubierto el pudrimiento que está
en el corazón de nuestras instituciones, frente a toda esta locura
que tiene desgarrado el tejido y el suelo de nuestro país, uno se
pregunta: ¿Dónde están los gobiernos y sus poderes, dónde está la
clase empresarial de la nación, dónde la Iglesia católica y la otras
Iglesias que dicen custodiar nuestra vida espiritual, dónde está la
dignidad sindical que dice guardar la nobleza de los trabajadores y
dónde los partidos políticos que dicen tener un programa para la
nación? ¿Dónde los ciudadanos que abandonándonos al cuidado del
pudrimiento de las instituciones no hemos tomado en cuenta la
lección zapatista de organizar en asambleas reconstituyentes
nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestras colonias para crear
gobernabilidad?
Todos
y cada uno de ustedes y de nosotros tenemos graves omisiones y
complicidades criminales maquilladas de legalidad que nos han sumido
en el caos y, como le dijo el poeta Mandelstam a Stalin, nos hacen
ya no sentir el suelo bajo nuestros pies. Hasta ahora, sumidos en
sus intereses, empantanados en sus pequeñas y mezquinas ambiciones
ideológicas, mediáticas y electoreras, empeñados en idioteces, lejos
de detener esta violencia demencial están despojando a nuestros
jóvenes de la esperanza y de sus sueños, y les están mutilando su
creatividad, su libertad y su paz.
Los
partidos políticos tienen gravísimas omisiones frente al crimen
organizado. Esas omisiones han sido la moneda de cambio para
acomodarse aquí y allá, erosionando las instituciones e hiriendo
gravemente a la nación.
Los
gobiernos, me refiero al ejecutivo y legislativo de la Federación,
de los estados y de los municipios, han mantenido impune a una buena
parte de la mal llamada clase política porque no han sido capaces de
independizar al poder judicial de la política y con ello han
protegido intereses y complicidades criminales. Cuando Colombia
logró sacar del control político al poder judicial, logró encarcelar
al 40% de los miembros del Congreso que estaban vinculados con el
crimen. Son omisos también porque en nombre de una guerra absurda
están destinando presupuestos multimillonarios para alimentar la
violencia y, al quitárselos a la educación, al empleo, a la cultura
y al campo, están destruyendo el suelo en el que la sobrevivencia y
la vida pública tienen su casa.
El
esfuerzo que podamos hacer los ciudadanos y algunos gobernantes
honestos y comprometidos resulta inútil, estéril, sin jueces,
magistrados y ministros que impartan justicia. Hoy son más los
incentivos para operar en la ilegalidad que dentro de ella. Demandas
y denuncias que se quedan archivadas por años, litigios y procesos a
modo, amparos otorgados al vapor, sentencias recurridas y reducidas
que demeritan ante los agraviados la sensación de haber recibido
justicia e invitan a hacerse justicia por propia mano. Mucha de la
sensación que hoy tenemos de vivir en la ilegalidad se debe a un
poder judicial ineficaz, corrupto y dependiente de las mismas
corrupciones políticas.
Los
empresarios han sido omisos al cuidar sus intereses particulares por
encima de los de la gente que hace posible la vida de los pueblos.
Su egoísmo y su vida timorata les ha impedido denunciar a quienes de
entre ustedes –que administran la banca y tienen algún tipo de
empresas–, lavan dinero; les ha permitido administrar el desempleo
para explotar el trabajo honrado, pero mal pagado, y maximizar sus
ganancias; les ha permitido destruir formas de comercio nacidas de
la vida de la ciudadanía con el fin de expandir sus mercancías y sus
industrias, y destruir las formas de vida autóctonas. Han sido
omisos –y aquí me refiero a los monopolios mediáticos– al no
permitir la democratización de los medios, al manipular a la
ciudadanía a través de ellos para conservar sus intereses, expandir
sus capitales y negociar con los partidos. No es posible que en esta
nación tengamos al empresario más rico del mundo y a 50 millones de
hombres, mujeres, niños y niñas, despojados y sumidos en la miseria.
Hoy somos testigos de una guerra entre los gigantes de la
telecomunicación, una guerra tan imbécil y absurda como la que
vivimos entre el crimen y el gobierno, y ya no sabemos bien si su
disputa es por los mercados, por el espectro o por saber quien logra
expoliar más a los mexicanos.
El
Informe del Banco Mundial sobre Desarrollo que en estos días
comenzará a circular dice, como lo señaló Jorge Montaño, integrante
consultivo de ese informe, que “el empleo, la justicia y la
seguridad ciudadana son fundamentales para romper los círculos de la
violencia criminal y política (…) Los movimientos de violencia son
mayores cuando elevados niveles de tensión se combinan con faltas de
legitimidad o capacidad deficiente de las instituciones nacionales.
México “se encuentra ante una oleada sin precedentes de violencia
(…) El tráfico de drogas, la trata de personas, el blanqueo de
dinero, la explotación (…) de los recursos naturales, la
falsificación y las violaciones a los derechos humanos, son
actividades lucrativas que facilitan la penetración de la
delincuencia organizada en las vulnerables estructuras
sociopolíticas, judiciales y de seguridad” de países como el
nuestro.
Los
sindicatos han sido omisos porque se construyeron no para la defensa
de los trabajadores, sino para el clientelismo político. Han visto
al Estado y lo siguen viendo como una ubre de la que pueden extraer
ganancias corruptas. El caso más claro es el del sindicato de la
educación que se ha convertido en un mercader de votos con el que
anticipadamente los partidos y los gobiernos comprometen sus agendas
y la dignidad del país.
Las
Iglesias también han sido omisas. La mía, la católica, a la que me
refiero por ser la mía y la mayoritaria en este país, ha sido omisa
porque al reducir la vida del espíritu y la marea del amor de Cristo
a una pobre moral sexual y al cuidado de la imagen ya muy
deteriorada de su institución, ha descuidado el amor y el servicio a
los pobres, y, semejante a la clase sindical y empresarial de
nuestro país, ha buscado el poder, el clientelismo político y la
riqueza humillando la Palabra. Ha sido omisa porque preocupada por
la vida que está en el vientre de las madres –y que hay que
defender–, ha descuidado las de los que ya están aquí. Estamos ante
el mal y la Iglesia debe decir con San Agustín: “Buscaba de donde
viene el mal y no salía de él”. Si ustedes hablan alto y con
claridad, si se niegan a las componendas y a los privilegios, que
ocultan el crimen; si son fieles a su Señor y están dispuestos como
él a dar la vida, podemos hacer que el número de las víctimas
disminuya más rápidamente.
Todos
y cada uno de ustedes ha puesto como el valor supremo de la vida a
la economía en su sentido más pervertido: el del consumo y el del
dinero. En su nombre, han destruido todos los ámbitos de convivencia
y con ello han destruido nuestro suelo y nuestras relaciones de
soporte mutuo hasta sumirnos en el horror de la violencia, la
miseria y el miedo. Cada uno de nosotros hemos también sucumbido a
ello y conocemos nuestras traiciones. Por ello les decimos y nos
decimos que toda esta violencia debe de terminar o al país se lo va
cargar la chingada.
En
1994, cuando los indios de este país se levantaron en la frontera
sur, en Chiapas, con su “Ya basta”, pusieron ante los ojos de la
patria la inmensa cantidad de excluidos que las ambiciones, los
intereses de ustedes y su luchas cerriles habían ignorado y
humillado. Con ello, nos pusieron también ante los ojos la
desgarradura que el tejido de la nación venía sufriendo desde
décadas atrás. A pesar de los legítimos reclamos del zapatismo, a
pesar de sus propuestas para rehacer un México en el que todos
quepamos, ustedes los han ignorado, los han intentado desprestigiar
y los han reducido a un cerco militar y mediático. Diecisiete años
después, su sordera, y la continuación de sus mezquindades y
ambiciones, han provocado que en la frontera norte, en Ciudad
Juárez, se haya instalado la violencia, la impunidad y el miedo.
Entre esa frontera: la del norte, la de la impotencia, la del
pudrimiento de las instituciones y la del imperio de la impunidad y
el crimen, y la otra, la del sur, donde resiste, como puede, un
puñado de dignidad moral, las familias de este país están quebradas,
pero no vencidas; están profundamente dolidas, pero no
aterrorizadas, sino indignadas; llenas de esa fuerza moral que los
indios y los excluidos de esta nación han sabido comunicarnos.
Con
esa dignidad, y acompañados de Julián Le Baron, de Olga Reyes, de
padres de la guardería ABC, de las madres de los asesinados en
Salvarcar, de los deudos de los muertos de Pasta de Conchos y de
tantos y tantos padres y madres que han visto asesinar a sus hijos,
de Emilio Álvarez Icaza, del padre Miguel Concha, de Miguel Ángel
Granados Chapa y de Alberto Athié, convocamos a una nueva marcha
nacional para el domingo 8 de mayo en el zócalo de la Ciudad de
México. Nosotros, la ciudadanía de Morelos, saldremos caminando de
la Paloma de la Paz el 5 de mayo para pernoctar el 7 en la Espiga,
escultura de Rufino Tamayo, que se encuentra en el Centro Cultural
de la UNAM y salir el día 8 a las 7 de la mañana rumbo al sitio
donde se asientan los poderes de la República. Invitamos a todos los
ciudadano de otros Estados de la República a que hagan lo mismo y
juntos lleguemos al zócalo de la Ciudad de México.
Vamos
a caminar en silencio, después de estos días de recogimiento y
meditación, para detener la violencia; para decirles que aún estamos
a tiempo de rehacer nuestro suelo y nuestro tejido social –uno de
los dones más bellos que tenemos– y de refundar la nación.
Vamos
a ir al zócalo de la Ciudad de México para exigirles al Presidente
de la República, al Congreso de la Unión, a los partidos políticos,
a sus líderes, a los empresarios, a los líderes sindicales, a las
Iglesias y a sus jerarquías, que asuman su responsabilidad para que
los millones de mexicanos que aman este suelo llamado México no vean
cancelado absolutamente su porvenir.
Vamos
a convocarlos allí para que con nosotros y ante nosotros se
comprometan a firmar un pacto nacional auténtico, genuino, sin
simulaciones y escenografías institucionales –esas instituciones que
ya son meros vestigios de lo que fue una nación–; vamos a
convocarlos para que firmen un pacto en el centro de la ciudad más
dolida de entre las dolidas, en el centro de la ciudad que más
muertos ha puesto en los últimos años: en el centro de Ciudad
Juárez. Ahí, en la herida abierta de la frontera norte, vamos a
convocarlos para que ustedes, que han malversado nuestro dinero, han
decidido sin consultarnos en nuestro nombre, han defraudado nuestra
confianza y han puesto al país en estado de emergencia nacional,
firmen un pacto que les permita recuperar la representación de la
nación que casi han perdido y hagan valer los cargos que ostentan
antes de que sea demasiado tarde.
Pero
vamos también allí a decirnos a nosotros mismos, frente a sus
omisiones y complicidades, que también nosotros, desde abajo,
podemos, si nos organizamos, tener asambleas constituyentes y
reconstituyentes en cada colonia, en cada barrio, en cada comunidad,
para crear gobernabilidad y seguridad locales y confiables.
Vamos
a ir caminando en silencio –el lugar en donde nace la palabra
verdadera y se recoge para se comprender sus significados
profundos–; vamos a caminar así para evitar que los gritos nos
confundan y la indignación, que lleva a veces al insulto, nos haga
perder el amor. Este silencio, en el que nos recogemos, marca un
tiempo necesario para que surja la palabra y las palabras claras y
precisas que necesitamos.
Iremos
presididos por el máximo emblema de nuestra casa: la bandera de
México. La llevaremos hasta allí donde se asientan los poderes de la
República; allí en donde los antiguos miraron por vez primera el
lago, el águila y la serpiente en el nopal.
Vamos
a ir allí para exigirles que asuman la esperanza de todos con
propuestas concretas y plausibles –algunas de las cuales
llevaremos–; vamos a ir allí para obligarlos, porque ustedes han
olvidado que la soberanía, como lo señala el artículo 39 de nuestra
Constitución, radica en los ciudadanos– a que pacten con nosotros y
de cara a nosotros; para obligarlos a realizar un esfuerzo profundo
y sistemático que detenga esta violencia que nos está destrozando el
alma y el cuerpo, y despojándonos del derecho que tenemos a vivir en
paz en un México en el que todos quepamos con nuestros seres
queridos que son todos los seres queridos de cada uno de los que
habitamos este país.
Porque
vivimos un tiempo límite vamos a ir también allí a preguntarles
¿Cómo pretenden ir a las elecciones si no son capaces de ponerse de
acuerdo entre ustedes para defender la vida de los hijos y las hijas
de nuestro amado México? Además opino que hay que devolverle la
dignidad a esta nación y hacer que este dolor sirva para rehacer el
amor y la justicia que perdimos. Fuente

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