¿QUÉ ES LA LEY DEL
KARMA?
La Ley del Karma, de Acción y de
Reacción o de Retribución, que de las tres maneras se llama, es la
forma más justa y más fructífera para promover nuestra evolución.
Cualquier otro medio no sería tan efectivo.
Con el Karma, el espíritu ve cuál es la causa de su sufrimiento y
aprende lo que es negativo para no repetirlo. En toda la Creación
rige la Ley del Karma.
Cada uno de nosotros somos
responsables del cuerpo que tenemos, que no es sino una consecuencia
o condensación de acciones del pasado.
Es un simple vehículo vagamente apropiado del Espíritu. Un vehículo
en el verdadero sentido del término, ya que sirve para trasladar al
espíritu, una obra de artesanía cuyo artesano es el propio Espíritu.
Y su conducta, actitudes y moral, tanto presentes como pasadas, se
encuentran reflejadas en él.
El Karma no es, en modo alguno,
“fatalismo”. Su acción depende de nosotros mismos. Cada hombre es su
propio legislador y su propio juez y su propio verdugo. Cada hombre
decide, con entera libertad, su propia gloria o su propia oscuridad,
su “premio” o su “castigo”.
Tampoco es “azar”. Al contrario, es el ejercicio de la libre
voluntad ya que, quien inicia libremente una acción física, de
deseos o mental, es responsable de sus consecuencias y efectos que,
antes o después, revertirán a su autor. Como todo en el universo
está entrelazado, mezclado y relacionado con todo lo demás, y no hay
nada ni nadie que pueda existir aislado y por sí mismo,
necesariamente los demás se ven afectados, de un modo o de otro y en
mayor o menor grado, por las causas puestas en movimiento por
cualquier individuo.
Como los más próximos son los que se
ven más y con más frecuencia influenciados, se producen en las
familias, en los grupos, en los pueblos, determinadas afinidades y
tendencias recíprocas que se autoalimentan y dan lugar a lo que se
llama el karma familiar de los pueblos o de las razas y que afecta,
directa y especialmente, a sus miembros. Tampoco en estos casos cabe
decir que el karma “castiga” o “premia” porque su acción es
totalmente aséptica y justa, formando parte de los mecanismos de la
naturaleza y, por tanto, pudiendo remontarse a la causa primera, que
es la armonía pura.
Esto es verdaderamente consolador
para el hombre, porque nos hace ver que no dependemos necesariamente
de nadie, que cada uno puede forjar su destino y que, realmente, eso
es lo que se espera de él, puesto que puede elaborarlo favorable o
nefasto, manejando las energías de la naturaleza, poderosas y
subyacentes a todo, actuando a su lado y convirtiéndose en
colaborador de Dios o actuando contra ellas y retrasando su propia
evolución.
San Pablo dice claramente que:
“Aquello que el hombre siembre, eso
recogerá”.
Desde este punto de vista, la
enfermedad es un mecanismo “purificador”. Si sabemos que el
Espíritu, el Yo Superior cuenta, para evolucionar, con sus vehículos
inferiores (cuerpos físico, etérico, de deseos y mental), que
constituyen la Personalidad, y que estos vehículos están dominados
por el Cuerpo de Deseos debido a la actuación de los Luciferes, ha
de dominar ese cuerpo de Deseos y los hábitos perniciosos que ha
adquirido, para poder regir la propia Personalidad y espiritualizar
sus distintos componentes. Esa es la misión del karma. Y esa es, en
otra escala, la finalidad de la enfermedad: Si los hábitos negativos
durante varias vidas hacen imposible el dominio de la Personalidad
por el Espíritu, la enfermedad, con los sufrimientos que produce y
con el parón que significa en la vida y el tiempo, y el incentivo
para la reflexión y la meditación que proporciona, hace que la
Personalidad recapacite y dé un paso adelante hacia su
espiritualización.
Por ejemplo: Si una
persona tiene tendencia a comer en exceso, la indigestión le hará
tener cuidado la próxima vez y, si no lo hace, vendrá la úlcera y
luego el cáncer o cualquier otra dolencia, según el karma que se
haya ido acumulando. Por eso, si bien hay un número determinado de
enfermedades, no hay dos enfermos iguales, aunque sean víctimas de
la misma dolencia, porque cada uno arrastra multitud de pequeñas
causas, totalmente distintas de las de los demás, pero que le han
llevado a padecer la misma consecuencia, o sea, la misma enfermedad.
Por eso también la curación debe ser personalizada. Y, si se quiere
realmente curar la enfermedad y no sus síntomas, hay que buscar sus
causas kármicas y cambiar el carácter del enfermo (su conducta
física, emocional y mental) para que deje de poner en movimiento
esas causas perniciosas.
La finalidad última, pues, de la
enfermedad es la de proporcionar al enfermo una oportunidad de
progresar en su evolución.
Una causa puesta en movimiento sólo puede ser neutralizada con su
efecto. La causa principal de las enfermedades estriba en el
egoísmo. El egoísmo, en todas sus vertientes (avaricia, soberbia,
lujuria, ira, gula, envidia, pereza) hace casi imposible al Yo
Superior conectar con la Personalidad. Por eso aquél recurre a la
enfermedad que, en cierto modo, rompe la dependencia de la
corrupción y aligera el aura de cosas materiales, pues nos hace ver
que no son permanentes y que, a la hora de morir, las dejaremos
todas y, por tanto, no vale la pena perder la vida por poseerlas.
Como el problema radica en el Cuerpo
de Deseos, es decir, el vehículo de las emociones, los sentimientos,
los deseos y las pasiones, quien se deje llevar por ellas, será más
propenso a la enfermedad. Y quien, concienciado del funcionamiento
oculto del hombre, les haga frente y las domine y se forje un
carácter fuerte y positivo, será inmune a ella.
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