EL VAMPIRISMO Y
SUS RAÍCES
El conde
Drácula continúa manteniendo a su público en un estado de
horrorizada semicredulidad. Pero sea cual sea la verdad de la
leyenda de los vampiros, su origen radica en una serie de hechos
bastante simples.
Cada noche, cuando bajaba el telón
tras la representación de Drácula en su primera versión teatral
(1924), el actor-director que interpretaba el papel de Van Helsing
aparecía delante del telón para tranquilizar al público: ¡Un
momento, damas y caballeros! Una palabra antes de que se marchen.
Esperamos que el recuerdo de Drácula no les cause pesadillas, de
modo que he aquí unas palabras para tranquilizarles. Cuando estén en
su casa, esta noche, y hayan apagado las luces, y sientan miedo de
mirar detrás de las cortinas, y teman ver que una cara aparece en la
ventana... bueno, ¡tranquilícense! Y recuerden que, al fin y al
cabo, ¡esas cosas sí existen!
Era el parlamento final perfecto. El público, gran parte del cual lo
constituían lectores de novelas de vampiros -muy en boga por aquel
entonces-, había pasado la velada estremecido ante la historia
irresistible del «mayor de los vampiros»: Drácula. Su creador, el
productor teatral Bram Stoker, sabía instintivamente que su historia
provocaba un eco en lo más profundo del inconsciente colectivo del
público. Drácula fue un best-seller y un éxito de taquilla; eso
significaba que interesaba a las masas. Y aún hoy la historia del
conde vampiro sigue interesando. ¿Por qué?
Como explicó el actor Christopher Lee, Drácula atrae en parte porque
es una figura sobrehumana, un inmortal cuya aterradora presencia es
también sexualmente irresistible. Los psicólogos subrayan la clara
atracción que surge entre el vampiro sádico y dominante y la víctima
sumisa y masoquista. Pero, sea cual sea la jerga que se emplee,
Drácula es más fascinante que el atávico hombre-lobo o que el
escurridizo fantasma.
Pero, a pesar de su popularidad en los medios de comunicación de
masas, el vampiro no debe ser considerado como un mero artificio
escénico, emocionante durante la función pero que después se olvida
pronto; los vampiros deben ser tomados en serio. Existen muchísimos
documentos en el este de Europa, correspondientes al siglo XVIII,
que afirman que los «no muertos» son reales. De modo que, ¿existen?
Como en muchos otros fenómenos paranormales, hay que agotar todas
las posibles explicaciones racionales antes de abordar una
explicación «sobrenatural». Y en el caso de la «epidemia de
vampiros» que ocurrió hace doscientos años, hay varias explicaciones
donde elegir.
Por ejemplo, el escritor ocultista británico Dennis Wheatley ha
señalado que antiguamente, en tiempos en que se pasaban grandes
privaciones, los mendigos entraban en los cementerios y dormían en
los mausoleos durante el día, saliendo de noche a buscar comida:
pálidos, flacos, saliendo de tumbas en la oscuridad, no es raro que
se les tomara por los legendarios y terribles vampiros.
Sin embargo, ese tipo de confusión
no explica los verdaderos casos de cadáveres que fueron hallados
incorruptos cuando se abrieron sus ataúdes. Éste es un fenómeno poco
frecuente, pero conocido y se han sugerido varios argumentos
«naturales» para explicar sus causas. Ciertamente, las
características del terreno en que se entierra un cadáver puede
implicar enormes diferencias, por ejemplo, en el ritmo de la
descomposición. En la isla volcánica de Santorin (Grecia), por
ejemplo, los cadáveres se encuentran tan intactos al cabo de los
años, que un dicho popular de la zona habla de «mandar vampiros a
Santorin», igual que en castellano se habla de «ir a Escocia y
llevarse el bacalao», refiriéndose a una actividad redundante e
inútil.
Pero, sin duda, la más convincente de las explicaciones naturales es
la del entierro prematuro. El coma, la catalepsia y otros estados
similares a la muerte llenan todavía de estupor a nuestros
contemporáneos; no se podía exigir a los campesinos supersticiosos
de hace varios siglos que los comprendieran.
¿Cuántos desgraciados habrán despertado dentro de un féretro, bajo
unos metros de tierra o, quizá, tras lograr salir del ataúd, se
habrán encontrado encerrados en el mausoleo familiar, donde habrán
muerto de hambre, sed y pánico?
Terror Más Allá De La Tumba
Los entierros prematuros eran cosa
relativamente común. Se dice que cuando se estaba demoliendo un
cementerio del siglo XVIII para construir un aparcamiento, un tercio
de los cadáveres que desplazó la excavadora mostraban signos de
haber luchado dentro de sus féretros; entre las pruebas de ello
figuraban dedos rotos al intentar forzar el cierre en la definitiva
agonía, manos que salían del ataúd, sangre en las mortajas -cuando
el «cadáver» había mordido su propia carne a causa del ahogo o la
locura-... Y era precisamente la presencia de la sangre en un
cadáver exhumado lo que se consideraba, con frecuencia, una prueba
de que esa persona era un vampiro.
Pero si se rumoreaba que un muerto reciente era un vampiro (quizá se
habían escuchado débiles sonidos que emanaban de la tumba), los
aterrorizados «testigos» tomaban las medidas tradicionales. Y si el
corazón del «cadáver» latía, había que clavarle una estaca. Con
razón existen tantos relatos de supuestos vampiros que gritaban con
todas sus fuerzas cuando se les hundía una estaca en el corazón.
Charlotte Stoker solía contar al pequeño Bram una terrible
historia acerca de una de las víctimas de una epidemia de cólera que
se había abatido sobre Dublín. Una mujer, a quien se creyó muerta,
fue arrojada al montón de cadáveres, dentro del pozo de cal. Pero su
desesperado marido, que fue a recuperar el cadáver para enterrarla
decentemente, descubrió que aún respiraba. Vivió felizmente muchos
años después de su terrible experiencia. Pero si se hubiera
recuperado por sí sola y alguien la hubiese visto salir
tambaleándose del pozo por la noche, fácilmente hubiera sido
confundida con un «no muerto».
De tanto en tanto, los periódicos modernos publican noticias de
personas, cuya muerte había sido certificada, que vuelven a la vida
sobre la mesa de mármol de la morgue o cuando están siendo
preparados para el entierro. En estos tiempos de cirugía de
«recambios», la controversia acerca del instante exacto de la muerte
se plantea más que en ningún otro momento de la historia. Pero en el
siglo pasado ya se conocía la posibilidad del entierro prematuro;
algunas personas de aquella época estaban incluso obsesionados con
la idea. Edgar Allan Poe basó varios de sus cuentos en este tema, y
tanto en los Estados Unidos como en Europa se registraron patentes
de féretros con timbres de alarma o con suministro de aire de
emergencia.
Los entierros prematuros pueden haber ocurrido, con frecuencia,
porque las varias etapas del rigor mortis no son bien comprendidas.
Los músculos de un cadáver comienzan a ponerse rígidos, empezando
por la cara y el cuello, alrededor de una hora y media después de la
muerte. Esto puede adelantarse o atrasarse en función de la
temperatura ambiente. El rigor mortis desaparece aproximadamente 36
horas después; los músculos pierden su extremada rigidez y el cuerpo
queda relativamente flexible.
Ésta bien podría ser la explicación de un suceso acaecido en 1974 en
el valle de Curtes de Arges, Rumania: acababa de morir un viejo
gitano, y cuando la familia se disponía a preparar el cuerpo del
difunto para el entierro, se descubrió que los miembros estaban
extrañamente flexibles, no rígidos. La noticia corrió por el pueblo
como un reguero de pólvora, y en aquellos lugares eso sólo podía
tener un significado: el anciano se había transformado en vampiro.
Se le clavó una estaca en el corazón y los aldeanos sintieron
satisfacción y alivio. Pero quizá -a no ser que se tratara
simplemente de un caso de rigor mortis extremadamente breve- el
anciano todavía estaba vivo.
Existe también una explicación lógica para el extendido empleo del
ajo para ahuyentar a los vampiros. La peste era transportada muchas
veces por las moscas, y se observó que ciertas granjas no la
padecían si colgaban ajos. No se trataba de magia: los dientes de
ajo exudan gotas de humedad que las moscas detestan. El ajo,
ingerido por el hombre, constituye también un antiséptico natural,
un depurativo de la sangre.
Los vampiros también sirvieron de cabezas de turco en ciertas
comunidades rurales cuando los animales se debilitaban o morían. En
la actualidad, el veterinario administraría una dosis de
antibióticos o un suplemento vitamínico y todo iría bien... en la
mayoría de los casos. Con todo, aparecen enfermedades misteriosas y
mutilaciones de ganado y otros animales, pero ahora los inculpados
más frecuentes son los tripulantes hostiles de OVNIS.
Chupasangres Demoníacos
Puede ser que
existan explicaciones lógicas y hasta frívolas para 99 de cada cien
casos de supuesto vampirismo, pero es el caso número cien el que
intriga al investigador. Durante muchos años, los ocultistas han
creído en la existencia de materializaciones demoníacas que chupan
sangre. La practicante ocultista Dion Fortune (cuyo verdadero nombre
era Violet Firth) crecía que el «cuerpo astral» puede escapar del
cuerpo de una persona viviente y asumir otra forma, como la de un
pájaro, animal o vampiro.
Dion Fortune citaba el caso de soldados húngaros muertos que se
transformaban en vampiros durante la primera guerra mundial,
manteniéndose en el «doble etérico» -o sea, a mitad de camino entre
este mundo y el próximo-, si vampirizaba a los heridos. Se cree que
el vampirismo es contagioso; la persona que es vampirizada, al
perder su vitalidad, se transforma en un vacío psíquico que, a su
vez, absorbe la «fuerza vital» de su presa.
Por otra parte, la investigación psíquica no estudia creencias, sino
hechos comprobados. Uno de los fenómenos preferidos de los
investigadores de lo paranormal es, por ejemplo, el de los
poltergeist y un fenómeno vinculado con él parece ser el del
atacante invisible. En 1926 aparecieron marcas de arañazos en la
cara de una víctima de poltergeist rumana, Eleonore Zugun. Y en 1960
un tal Jimmy De Bruin, granjero sudafricano de veinte años, se
transformó en el foco de un torrente de actividad poltergeist; en
una ocasión, un oficial de policía que investigaba el caso oyó a De
Bruin gritar de dolor mientras aparecían unos cortes espontáneamente
en sus piernas y en su pecho.
Otras zonas de lo paranormal incluyen también la aparición
espontánea de heridas de sangre, como las imágenes que sangran o los
estigmas. Pero éstos están considerados como fenómenos «sagrados»,
mientras que el vampirismo se considera generalmente «diabólico».
Bien podría ser que estos fenómenos fueran distintas caras de la
misma moneda, urca buena y una mala. Quizá todo los fenómenos
inexplicados emanen de la misma fuente que no es moral ni inmoral,
sino inusual. Pero hasta que la descubramos, podemos continuar
estremeciéndonos ante la última historia de vampiros y considerando
la cuestión: ¿existen esos seres? Fuente

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