¿CUÁNDO DEBO
ENVIAR A MI HIJO AL PSICÓLOGO O PSIQUIATRA?
Los niños requieren asistencia
psicológica o psiquiátrica cuando su conducta, convivencia y
capacidad de aprendizaje no son como las de otros chicos.
Es común para muchos
pensar en la infancia como "la etapa más feliz de la vida"; en
efecto, se crean los primeros vínculos afectivos y se conocen las
maravillas del mundo con asombro y fascinación, pero este proceso
puede enfrentar dificultades que alteran la conducta de un niño,
generando una relación conflictiva con su entorno, aislamiento y
situaciones angustiantes que merman su capacidad creativa y de
convivencia.
Problemas como
tartamudez, falta de interés al hacer la tarea, fantasía excesiva y
actitud agresiva en la escuela, entre otros, representan un reto
difícil de llevar por los pequeñines, quienes debido a su
inexperiencia en la vida encuentran dificultad para enfrentar hechos
cotidianos y expresar sensaciones.
Aunque muchos padres
no lo saben, cambios emocionales y de conducta en sus hijos pueden
evidenciar la gestación de disfunciones mentales serias que
requieren la ayuda de psicólogos, expertos en desórdenes
conductuales y teorías de la personalidad, o psiquiatras
especializados en infantes (paidopsiquiatras), quienes dan atención
a casos en que se presentan anormalidades fisiológicas en cerebro y
red neuronal.
Cabe mencionar que un
psiquiatra es alguien que luego de concluir su carrera en Medicina
se ha especializado en el ámbito de las enfermedades mentales;
diagnostica y trata toda clase de alteraciones nerviosas, mentales y
emocionales, principalmente de base biológica, y está autorizado
para prescribir medicamentos.
Por su parte, un
psicólogo estudia una licenciatura, es un experto en teorías
psicológicas y de la personalidad, así como en el funcionamiento del
cerebro, la relación del ser consigo mismo y con su sociedad; basa
sus diagnósticos en entrevistas y la aplicación de tests; trata
problemas como ansiedad, depresión y fobias, y no está autorizado
para recetar medicamentos.
De esto habló con
saludymedicinas.com.mx la psicóloga Francisca Bejar Nava,
especialista en educación especial adscrita a la Clínica
Universitaria de Salud Integral (CUSI) de la Facultad de Estudios
Superiores Iztacala de la Universidad Nacional Autónoma de México,
quien considera que los problemas en la conducta o aprendizaje del
menor no son intrascendentes, sino que deben ser diagnosticados por
especialistas pues, afirma, en la gran mayoría de casos tienen más
de una causa y requieren del seguimiento de puntos específicos para
su tratamiento.
A fin de comprender
esta situación explica que, para los especialistas en salud mental,
crecimiento y desarrollo son dos cosas distintas, de modo que el
primer concepto sólo hace referencia a cambios físicos del niño, en
tanto que el segundo se aboca al estudio de "áreas como capacidad de
movimiento, lenguaje, socialización, autocuidado y adquisición de
conocimiento; a su vez, el desarrollo infantil puede estudiarse
desde tres dimensiones: física, social y psicológica, siendo la
primera el campo de acción del médico y las otras dos aquellas en
que incidimos los psicólogos y psiquiatras".
Respecto a esto
último, comenta que los investigadores en esta materia han
establecido una serie de parámetros que conforman lo que se denomina
"desarrollo esperado", el cual comprende estimaciones del
comportamiento que cada niño debe presentar de acuerdo a su edad,
grupo social y población a la que pertenece; un pequeño muy alejado
de estas características se considera candidato a recibir
tratamiento.
En otros términos,
hablamos de chicos que no presentan la misma conducta que otros de
su edad, por ejemplo, "cuando en los primeros años de vida se
detectan deficiencias en el uso de lenguaje, ya sea porque el
infante no habla en el tiempo promedio o lo hace de manera
inadecuada; también cuando es más grandecito y presenta problemas en
la escuela o no aprende al mismo ritmo que sus compañeros de grupo".
Importancia del
diagnóstico
Bejar Nava explica que
las dificultades en el desarrollo mental del niño tienen normalmente
más de una causa, "como la dinámica familiar, las relaciones y
demandas en el ámbito escolar o en otras áreas sociales, e incluso
algún aspecto biológico que puede generar una condición inadecuada
de desarrollo; todo esto llega a conjugarse de tal manera que
provoca una serie de alteraciones en el perfil psicológico del
menor".
Por ello, la "regla de
oro" para atender estos problemas es la evaluación por parte de un
psicólogo o paidopsiquiatra y, en ocasiones, por un equipo
multidisciplinario de expertos en salud mental.
Si los trastornos que
se presentan son meramente de comportamiento, el psicólogo será el
encargado de llevar la terapia; en cambio, cuando se identifica que
el origen es una anormalidad del sistema nervioso, ocasionada por
factores hereditarios, accidentes o cáncer, el tratamiento será dado
por un psiquiatra, el cual también está capacitado para atender
problemas conductuales que puedan requerir prescripción de fármacos.
La atención también puede realizarla un equipo conformado por
especialistas de ambas ramas, quienes pueden apoyarse en neurólogos
o pediatras, pero todo ello dependerá del resultado de la
evaluación.
La examinación
requiere varias horas repartidas en más de una visita tanto del niño
como de sus padres y otros familiares; incluso, bajo aprobación de
los consultantes, se puede obtener información pertinente de otras
personas que tienen que ver con el infante, tales como el médico
familiar y personal de la escuela.
Durante estos exámenes
se analizan diversos puntos, como narración de los problemas y
síntomas, obtención del historial médico de los padres y de la
familia, conocimiento de los detalles que ha tenido el desarrollo
del niño, descripción de las relaciones familiares y, de ser
necesarias, pruebas de laboratorio como análisis de sangre,
radiografías o algún test especial, como evaluaciones psicológicas,
educativas o del habla.
Bejar Nava considera
sumamente importante que la examinación sea lo más completa posible
y que se estudien todos los factores que podrían afectar al infante.
"Por citar un ejemplo, cuando hay malas calificaciones se deben
tomar en cuenta la edad a la que el pequeño inició su vida académica
(si fue a los cinco años en el jardín de niños o a los dos en
maternal) y el sistema de enseñanza en el que se encuentra; esto
porque hay distinto contenido curricular en una escuela oficial que
en una particular, y en ocasiones la excesiva demanda de actividades
saturan al alumno, generan malos resultados que afectan su
autoestima y ocasionan rechazo hacia la educación".
La psicóloga comenta
que hay casos en que con sólo cambiar de ritmo de actividades se
empieza a tener buen desempeño, pero en otros se siguen presentando
problemas para aprender a un ritmo adecuado, a la vez que se observa
carácter introvertido, apático, poco participativo o completamente
extremo: agresivo, demasiado inquieto y con períodos de atención muy
reducidos. En situaciones así, la evaluación permitirá conocer los
motivos de la conducta, que pueden encontrarse en el ámbito
familiar, y determinar los pasos a seguir para obtener una solución.
Hay que hacer mención
de que psiquiatra o psicólogo tiene la obligación de preparar un
informe para describir a los padres y al niño cuál es su situación
en términos comprensibles, de modo que los aspectos biológicos,
psíquicos y sociales sean contemplados, y de que toda duda sea
aclarada. Posteriormente se ofrece una serie de recomendaciones y se
desarrolla un plan de tratamiento.
Algunos ejemplos
A fin de clarificar de
qué manera pueden ayudar psicólogos y psiquiatras a superar
problemas en el desarrollo del menor, Francisca Bejar habló de
algunos de los casos más frecuentes a los que se enfrentan:
Tartamudez. La evaluación de
los pequeños que se comunican con pronunciación entrecortada y
repitiendo sílabas toma en cuenta la edad en que se presentan esta
deficiencia del habla, y prosigue con la revisión médica del aparato
fonoarticulador (boca y lengua), así como la forma en que el pequeño
expulsa el aire y utiliza la lengua. La psicóloga comenta: "Si vemos
que está bien, descartamos la parte biológica y descubrimos que el
tartamudeo puede presentarse por una condición emocional y que, por
ello, sólo ocurre ante ciertos eventos que crean alto nivel de
ansiedad en el chico".
Aquí, el psicólogo o
psiquiatra atiende el aspecto emocional y enseña a su paciente a
enfrentar situaciones estresantes, a la vez que se siguen ejercicios
para mejorar su pronunciación y una terapia de lenguaje en la que
participan constantemente los padres, pues se ha observado que su
intervención es crucial para llevar el tratamiento de manera
adecuada.
Enuresis. Aunque la
mayoría de los niños dejan de orinarse en la cama aproximadamente a
los tres años, hay quienes siguen presentando esta situación en
edades más avanzadas. Lo cierto es que no estamos ante una
enfermedad, sino que es un síntoma bastante común.
La enuresis puede
tener sinnúmero de causas emocionales, por ejemplo, cuando un niño
comienza otra vez a orinarse en la cama después de meses o años de
no hacerlo, se sospecha que enfrenta nuevos temores o inseguridades,
por lo que suele asociarse a algún evento que le generó miedo e
incertidumbre: el traslado de la familia a otra población, la
pérdida de un ser querido o el nuevo hermanito que reclama
atenciones por parte de los padres.
Aunque esta dificultad
llega a ser atendida exitosamente incluso por el pediatra, algunas
veces la enuresis no se resuelve de manera sencilla; en estas
ocasiones suelen presentarse otros problemas emocionales, tales como
tristeza o irritabilidad constantes, cambios en el apetito o en los
hábitos de dormir. En estos casos se recomienda consultar a
psiquiatra o psicólogo de niños para realizar una evaluación.
Divorcio. Los padres
pueden sentirse desconsolados o contentos por su separación, pero
invariablemente los niños experimentan temores y confusión por la
amenaza a su seguridad personal, además de que no entienden qué
sucede en su familia, cómo se verán afectados y cuál será su suerte;
incluso llegan a creer que son la causa del conflicto entre sus
padres o tratan de hacerse responsables de reconciliarlos.
En general, la pérdida
de uno o ambos padres debido a divorcio puede hacer que los infantes
se vuelvan vulnerables a enfermedades físicas y mentales, de modo
que los adultos deben percatarse de las señales de estrés
persistentes en los pequeños, como falta de interés en la escuela,
por los amigos o aún a entretenerse; otros indicios son dormir muy
poco o demasiado, y ser rebeldes.
En todos estos casos
el psiquiatra o psicólogo podrá evaluar y dar tratamiento al niño
para aliviar las causas del estrés, además de que podrá aconsejar a
los padres para que, de ser definitiva su decisión, hagan entender a
los pequeños que mamá y papá seguirán al pendiente de su desarrollo,
aún si el matrimonio termina y no viven juntos. La asesoría
especializada también puede poner fin a disputas prolongadas acerca
de la custodia de los hijos o por presionar a los infantes para que
"tomen partido" por uno de sus progenitores.
Fobia social. Aquí se
hace énfasis en la historia del niño, ya que, explica la psicóloga
Francisca Bejar, el problema para socializar con sus compañeros es
una alteración considerable de miedos y temores, o porque el chico
toma demasiado a pecho lo que le dicen: recibe una broma y reacciona
mediante conductas extremas que pueden manifestarse con agresividad
o demasiada introversión, apatía pronunciada y alejamiento de sus
semejantes.
Así, el trabajo se
dirigirá a conocer la relación del pequeño con sus padres y los
momentos en que se presentan las manifestaciones antes mencionadas
de manera más pronunciada, a fin de determinar en qué aspecto se
debe atender el perfil emocional del niño. En todo momento,
psicólogo o psiquiatra deben considerar que hay aspectos biológicos
que pueden generar esta condición, como problema de inmadurez
neurológica (anomalías en el desarrollo del sistema nervioso), por
lo que de ser necesario el caso será llevado sólo por el neurólogo
(especialista en el funcionamiento del sistema nervioso) o
paidopsiquiatra, quien seguramente recurrirá al uso de fármacos.
Depresión. Niños y
adolescentes también sufren esta enfermedad que interfiere con sus
habilidades y desarrollo integral, sólo que sus manifestaciones son
ligeramente distintas a las de los adultos, por lo que los tutores
deben permanecer atentos y buscar ayuda si uno o más de los
siguientes síntomas persisten:
-
Tristeza y llanto constantes.
-
Desesperanza.
-
Pérdida de interés en sus
actividades favoritas.
-
Aburrimiento persistente y falta de
energía.
-
Aislamiento social, pobre
comunicación.
-
Baja autoestima y culpabilidad.
-
Sensibilidad extrema hacia el
rechazo y fracaso.
-
Coraje u hostilidad.
-
Quejas frecuentes de enfermedades
físicas, como dolor de cabeza o estómago.
-
Ausencias frecuentes de la escuela y
bajo rendimiento en los estudios.
-
Mala concentración.
-
Cambios notables en los patrones al
comer y dormir.
-
Intentar o hacer mención de que se
desea escapar de casa.
-
Expresiones suicidas o
comportamiento autodestructivo.
Los niños y
adolescentes que se portan mal en casa y escuela pueden estar
sufriendo depresión sin que nadie se dé cuenta de ello, por lo que
los padres deben acercarse más a ellos para percibir los cambios en
su conducta y asistir al psiquiatra o psicólogo para tratar de
lograr un diagnóstico temprano del mal.
Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Este término es relativamente nuevo y se utiliza para englobar
varias alteraciones de conducta que presentan los niños; entre ellas
se incluyen excesiva actividad motora (el pequeño corre, brinca y se
desplaza sin cansarse) o problemas para mantener la concentración
por tiempo prolongado, o ambos; en este último caso los infantes son
fácilmente rechazados debido a que por momentos se comportan con
tranquilidad y, sin explicación aparente, se vuelven agresivos,
tienen explosiones de conducta y adoptan actitudes desmedidas
respecto a ciertas circunstancias; por ejemplo, se enojan mucho y
reaccionan de manera violenta cuando alguien bromea con ellos e
insisten en actuar agresivamente aun cuando les llaman la atención.
Ante todo, Francisca
Bejar considera que en la actualidad "está muy mal empleado el
término TDAH, ya que muchos niños inquietos son diagnosticados
erróneamente como hiperactivos", por lo que, subraya, "se necesita
una evaluación multidisciplinaria en la que el neurólogo y el
psiquiatra juegan papel principal para determinar qué tan alterado
está su sistema nervioso y, al mismo tiempo, ver la conveniencia de
administrar fármacos".
Si se establece que el
pequeño tiene TDAH, psicólogo o psiquiatra ayudarán a desarrollar
habilidades, como prolongar los periodos de atención u ordenar sus
actividades llevando una agenda, además de que pueden asesorar a los
padres, familiares e incluso a otros chicos para que comprendan el
problema y sepan cómo actuar.
Violencia familiar. El
efecto del maltrato a menores perdura mucho después de que las
señales de golpes y heridas físicas han desaparecido o de que las
ofensas se han esfumado, por lo que se suele reconocer que el
tratamiento temprano es importante para minimizar los efectos a
largo plazo causados por el abuso o maltrato físico y psicológico.
Es posible distinguir
a los niños que sufren violencia intrafamiliar cuando son incapaces
de confiar o querer a otros, tienen conducta agresiva, problemas de
disciplina (en ocasiones incurren en actos ilícitos como robo),
presentan comportamiento autodestructivo, son retraídos, temen crear
nuevos lazos afectivos, presentan bajas calificaciones y se acercan
peligrosamente a las drogas o alcohol.
Psicólogos y
psiquiatras de niños y adolescentes proveen evaluación comprensiva y
cuidado para los menores que han sufrido violencia en casa; también
pueden ayudar a la familia a aprender nuevas formas de darse apoyo y
de comunicarse. Cabe destacar que, de acuerdo a lo observado, el
infante maltratado comienza a recuperar su sentido de confianza en
sí mismo y en otros sólo mediante tratamiento.
Abuso sexual. Este tipo
de violencia puede ocurrir a manos del padre, padrastro, hermano u
otro pariente, o fuera de la casa, por ejemplo, un amigo, la persona
que lo cuida, un vecino, maestro o desconocido; empero, en todo caso
el pequeño desarrolla una variedad de pensamientos e ideas
angustiantes.
No hay niño preparado
psicológicamente para hacerle frente al estímulo sexual, y cuando
los abusos en este aspecto ocurren en casa, el menor puede tenerle
miedo a la ira, celos o vergüenza de otros miembros de la familia, o
quizás puede temer que se presente una desintegración si denuncia el
abuso, de modo que experimenta mucha tensión y angustia por lo que
le ocurrió.
Los pequeños que han
sufrido abuso sexual pueden mostrar en su comportamiento:
-
Interés excesivo o evitar todo lo de
naturaleza sexual.
-
Dificultad para establecer
relaciones con otras personas.
-
Pesadillas u otros trastornos del
sueño.
-
Depresión o aislamiento de sus
amigos y familia.
-
Obsesión por manifestar que tienen
el cuerpo sucio o dañado, o miedo de que haya algún daño en sus
genitales.
-
Negarse a ir a la escuela.
-
Tener prácticas delictivas.
-
Muestras de abusos o molestias
sexuales en sus dibujos, juegos o fantasías.
-
Agresividad.
-
Pensamientos suicidas.
Si un niño dice que ha
sido molestado sexualmente, los padres deben hacerle sentir que lo
que pasó no fue culpa suya y buscar ayuda médica para que se realice
un examen físico a su hijo; también deberán asistir al psiquiatra o
psicólogo a fin de que ayude a los menores a recuperar su autoestima
y sobrelleven sus sentimientos de culpabilidad.
Discapacidad. La labor a
seguir es muy variada, dependiendo del tipo de problema que se
presente y si éste es de nacimiento o adquirido. "No es lo mismo
trabajar con un niño con síndrome de Down, al que se detecta desde
que nace, a un pequeño que físicamente no demostró ninguna
alteración, ha llevado un desarrollo normal pero al llegar a la
escuela tiene problemas de aprendizaje; es hasta ese momento o al
observar que requiere dos años para cubrir cada grado escolar cuando
se percibe que hay daño biológico difícil de detectar".
En todo caso, explica
Bejar Nava, los psicólogos y psiquiatras ayudan a llevar una
educación especial que garantiza mejor calidad de vida, y al existir
un compromiso de parte de familiares y expertos, el resultado es
mejor para lograr el bienestar integral del niño.
Adopción. No hay
consenso entre especialistas en salud mental sobre a qué edad debe
saber un niño que fue adoptado, pues esto dependerá de las
circunstancias en que se presente la situación, pero se afirma que
los pequeños deberán enterarse por boca de sus padres, ya que de
saberlo a través de terceras personas pueden sentir ira y
desconfianza hacia sus tutores y pueden ver la adopción como mala o
vergonzosa.
El niño adoptado puede
desarrollar problemas emocionales y de comportamiento como resultado
de las inseguridades relacionadas con su condición, por lo que si
los padres notan anomalías en el carácter del menor o simplemente
tienen la inquietud, deben buscar ayuda del psicólogo o psiquiatra.
Niños sobresalientes. A
decir de Francisca Bejar, éste es uno de los grupos más descuidados,
debido a que su condición es difícil de evaluar con exactitud
(incluso puede ser parcial, temporal o permanente) y debido a que
los sistemas educativos están desarrollados sólo para la población
general y no para quienes superan el parámetro medio; estos chicos
difícilmente pueden adelantar años escolares y, por tanto, requieren
de terapia específica.
El trabajo del
psicólogo consiste no sólo en ofrecer actividades colaterales que
ayuden al aprendizaje, sino en dar apoyo emocional, pues estos niños
presentan un problema conocido como discronía emocional, en el que
las demandas sentimentales y de juego superan a las de la edad
cronológica. "Hay pequeños de 8 años que quieren jugar y
relacionarse como cualquiera, pero los compañeros de su edad no
tienen las mismas inquietudes; entonces descubren que les gustaría
convivir con niños de 12 años, pero éstos los rechazan. Tal
situación crea un choque emocional y por eso tenemos que apoyarlos
psicológicamente, para que su relación con los demás no sea
desfavorable".
Anorexia y bulimia.
Malos hábitos de nutrición, modas y, ante todo, la imitación de un
hermano mayor o tutor generan problemas alimenticios comunes entre
los adolescentes e incluso entre los 8 y 14 años de edad, por lo que
podemos hablar de bulimia y anorexia nervosa en niños,
principalmente del sexo femenino.
Se ha observado que el
carácter de quien padece anorexia nerviosa es perfeccionista y busca
obtener muy buenas calificaciones en la escuela pero, al mismo
tiempo, se subestima, cree irracionalmente que está obesa aun cuando
pierde mucho peso y se pone muy delgada, ya que en su intento por
lucir "esbelta" en realidad se mata debido a su régimen de hambre.
Cuando hay bulimia, la
niña o niño ingiere grandes cantidades de alimento con alto
contenido calórico, y luego busca eliminar sus copiosas comidas a
través del uso de laxantes o provocándose el vómito. Esto puede
alternarse con dietas extremas que resultan en fluctuaciones de peso
dramáticas.
Psiquiatras y
psicólogos de niños y adolescentes son los indicados para evaluar,
diagnosticar y dar tratamiento a estos desórdenes caracterizados por
la obsesión hacia la comida y la distorsión de la imagen física. Las
investigaciones demuestran que la identificación y el tratamiento a
tiempo tienen resultados favorables, por lo que los padres, al notar
los síntomas, deben acudir al psicólogo o psiquiatra, quien
trabajará en equipo con un nutriólogo.
Drogas y alcohol.
Por desgracia, creciente número de niños y adolescentes tiene algún
tipo de acercamiento con estimulantes; algunos los ignoran, otros
experimentan un poco y luego los dejan, pero otros seguirán
usándolos regularmente con varios niveles de problemas físicos,
emocionales y sociales, incluso desarrollan dependencia y actuarán
durante años de manera destructiva hacia sí mismos y otros.
Quienes comienzan a
fumar tabaco o a beber desde temprana edad corren grave riesgo, ya
que se ha observado que son más propensos a consumir mariguana y
otras drogas ilícitas. Las señales principales del abuso de drogas
por niños y adolescentes pueden incluir:
-
Fatiga constante, quejas acerca de
su salud, ojos enrojecidos y sin brillo y tos persistente.
-
Cambios en la personalidad,
variaciones bruscas de humor, comportamiento irresponsable, baja
autoestima, depresión y desinterés general.
-
Desobedecen las reglas familiares o
dejan de comunicarse con seres queridos.
-
Calificaciones bajas, ausencias
frecuentes en la escuela y problemas de disciplina.
-
Se hacen de amigos nuevos, a quienes
no les interesan las actividades normales de casa y escuela,
presentan problemas con la ley y estilos poco convencionales en
su forma de vestir.
Una manera eficaz en
que los padres pueden demostrar su preocupación y afecto por sus
hijos es discutir francamente con ellos sobre el uso de bebidas
alcohólicas y drogas y, en caso de observar síntomas arriba
referidos, deben consultar a un psiquiatra para someterlos
inmediatamente a tratamiento.
La solución está en
todos
Para que el resultado
sea el esperado, uno de los puntos más importantes de la terapia
consiste en vincularse estrechamente con los progenitores del niño,
pues de acuerdo a la psicóloga*, el esquema de trabajo semeja un
triángulo en cuya base se encuentran los especialistas y familiares,
y sólo si esta labor se realiza en conjunto se logra beneficiar al
pequeño, quien se encuentra en el ángulo superior.
Empero, mención aparte
merece el hecho de que en gran número de ocasiones el desarrollo del
menor se ve afectado precisamente por el ambiente en casa. Bejar
Nava comenta que muchos padres "ubican al niño como el origen de las
dificultades, lo utilizan como chivo expiatorio y pretexto para
decir que toda la dinámica familiar, la relación de pareja o con
otros hijos está afectada por culpa de él, un 'niño problema'".
De lo anterior se
deduce que la labor del psicólogo o psiquiatra debe ser muy hábil
para hacer entender a los padres que ellos también requieren
terapia. "En el caso de la violencia intrafamiliar, se determina con
claridad que los progenitores son causa del problema, pero les
resulta increíble que uno les diga que ellos son partícipes y a
veces la principal causa de que el niño tenga bajo rendimiento o
indisciplina en la escuela. El trabajo es complejo, sistemático y
con mucho compromiso para que no se vea interrumpido y cubra sus
distintas etapas: reconocer que hay dificultades, buscar soluciones
y llevarlas a la práctica".
Asimismo, la
especialista expresó que la atención psicológica o psiquiátrica en
la infancia requiere la colaboración de padres y profesores; a
través de la experiencia se ha observado que cada uno en su
respectiva esfera puede apreciar el origen de alteraciones en la
conducta.
En lo que se refiere a
los maestros, comenta que deben permanecer atentos, "no sólo ante
niños muy inquietos en el salón, sino también deben observar al que
casi no participa, al poco activo, demasiado introvertido o muy
fantasioso, situaciones que pueden mostrar que el pequeño sufre
maltrato en casa, pero eso sólo lo puede conocer el maestro al
interactuar con sus alumnos".
Asimismo, destaca que
la labor del profesor es importante tanto por el tiempo que pasa con
los infantes como porque actúa en situaciones controladas y
dirigidas, como el aprendizaje académico. "A lo mejor el niño pasa
más tiempo con los papás, pero ellos cubren actividades de la vida
diaria, exigencias y demandas de una familia; pero cuando ingresan
al colegio las labores tienen un propósito, un porqué y un para qué,
por lo que se empieza a conocer al niño de manera más integral y en
situaciones inéditas que ponen en evidencia alguna dificultad".
Por otro lado, remarca
que los padres deben ser observadores hacia sus hijos para apreciar
alteraciones o conductas repetitivas que manifiesten dificultades en
su desarrollo. En efecto, un niño puede insistir en que no quiere ir
a la escuela, presenta bajas calificaciones o se resiste a hacer su
tarea bajo todo tipo de excusas, siendo que antes la realizaba de
manera exitosa; también puede mostrar pérdida de apetito o se
alimenta en exceso, además de que tiene pesadillas frecuentes, casi
no duerme o muestra mucha ansiedad; con esto el pequeño no
manifiesta flojera o incapacidad, sino puede estar "diciendo" que no
está a gusto en la escuela e incluso que hay maltrato por parte de
un profesor.
Finalmente, Francisca
Bejar expresó que dar importancia a la detección y al tratamiento de
problemas de salud mental en la infancia es muy necesario porque
previene dificultades en el futuro no sólo en lo individual sino en
lo familiar, debido a que "lo que le ocurre al niño es un reflejo de
su condición de vida" y, ante todo, considerar que en la salud
mental siempre es mejor prevenir que lamentar.
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