Yo no soy fiel,
soy leal y eso es lo más importante. Me dijo el otro día mi amigo
Luis con respecto a las diversas relaciones amorosas que mantiene.
Es la única persona que conozco, hasta el momento, que lleva cuatro
relaciones al mismo tiempo. Sí, cuatro, mujeres tan disímiles y
distintas como no se imaginan.
Por supuesto, él está ocupado todo el
tiempo: cuando no está con una está con la otra, y si ninguna de las
dos está pues siempre está la tercera o la cuarta. El poco dinero
que gana se le va en cenas y comidas, y todo el tiempo está
exhausto, está de más decir por qué. Yo no sé cómo hace para nunca
encontrarse con las otras tres cuando está con una. Yo soy como su
confesionario ambulante, me cuenta todo: cada una de las cosas que
les dice y les repite a una u a otra, depende de su propia
conveniencia.
¿Pero es que no te confundes? ¿En la
cama, no le dices a una por el nombre de la otra, o confundes sus
gustos o yo qué sé? No, me responde. Jamás.
Y bueno, yo no lo justifico, sin
embargo lo entiendo. Él ha tenido toda la vida una enorme
incapacidad para relacionarse de manera estable por largo tiempo con
una persona y yo pienso (y se lo he dicho) que tiene un gran miedo
a enamorarse de sólo una y que le rompan el corazón. Y mi teoría es
que prefiere tener sexo sin compromiso porque así le es más cómodo.
Él engaña a su manera y para él eso
no está mal. Para él ser leal es amar a todas y a ninguna. Es
repartirse entre varias y al final no tener realmente lo que busca
en nadie, por miedo. Ése es el caso muy particular de él. Y puede
haber hombres que lo hagan por otros motivos.
Con las mujeres es distinto. Mi amiga
Karla, por ejemplo, alguna vez le fue infiel a su novio y entonces a
ella más le valía no haber nacido. Su novio contrató un servicio de
detectives y al final se dio cuenta de que en efecto, ella no sólo
lo engañaba, sino que lo hacía con su mejor amigo. Está de más decir
que aquello casi termina en tragedia melodramática digna de la peor
telenovela mexicana.
Y a ella, al parecer (ésa es mi
teoría. Karlita, no te enojes) le quedó un trauma porque desde
entonces no ha querido establecer una relación con nadie. Ella sí
considera que además de ser infiel fue desleal y creo que ella misma
nunca se lo perdonó y se lo reprochó todo el tiempo.
Dos casos distintos de una misma
moneda. No sé, a mi no me pregunten si se trata de un asunto de
género, o de circunstancias y anécdotas que pueden aplicar para
ambos. Lo que sí es real es que a todos nos interesa en mayor o
menor grado la fidelidad. Y casi que no sabemos que existe hasta que
llega su contraria: la infidelidad.
Se dice que las mujeres engañamos
mejor que los hombres y que ellos son más obvios cuando de ocultar
una relación clandestina se trata. No sé. Conozco historias que
podría decir que son de amor verdadero de amantes de hombres casados
con veinte años de relación. No pueden dejarse, él no puede dejar a
la esposa, la esposa se da cuenta pero no lo dice, la amante es
amiga de la esposa y casi que hacen un trío formidable. La verdad,
con la pena -y soy la última que se da golpes de pecho- pero no soy
muy partidaria de esos enredos: prefiero una cosa o la otra pero
nunca las dos con la misma intensidad ni al mismo tiempo.
Tampoco niego que durante mi vida he
estado en ambas situaciones: he sido la amante y he tenido amantes,
sólo por sexo o con amor, pero al final se vuelve una historia
insostenible y siempre claudico. Mi primera vez como amante de un
hombre casado fue cuando yo era realmente muy joven. Él me doblaba
la edad y yo no lo amaba, pero lo usaba para aprender de sexo, para
vivir tardes enteras realmente eróticas con él besando mi piel y
descubriendo mi cuerpo estrecho de entonces dándome grandes dosis de
placer. Íbamos a un motel en las afueras de la ciudad porque él
tenía mil años sin ir a uno luego de una vida entera de infeliz
matrimonio, o en su estudio (era un pintor). Y sí, fue una
experiencia linda, erótica e inolvidable, pero jamás quise saber
nada de su mujer ni de sus hijos. La relación clandestina duró muy
poco hasta que me enamoré verdaderamente de alguien, y entonces lo
dejé.
Y hoy, aunque no me crean, enamorada,
apasionada y llena de un sexo vital, puedo ser la mujer más fiel del
planeta. No tengo ojos para nadie más, no me gusta nadie y le hago
el fuchi a todo ser masculino
sobre la faz de la tierra si mi corazón late por un guapo
bomboncito.
Creo que si le eres infiel a alguien,
no tiene caso seguir allí. Es el momento de irte. Algo imposible de
pegar se ha roto, aunque intentes pegarlo mil y una veces. Yo creo
que es mejor tener relaciones cortas y leales que una larga llena de
infidelidades.
Al final, creo que todo se reduce al
sexo. Creo que no se siente infiel aquella persona que siente deseo
por alguien más, si es que no ha consumado el acto sexual. Puede ser
desleal pero no saberse infiel. Al final, creo yo, la fidelidad se
reduce al sexo puro y duro. Quien ya huele a leña de otro hogar,
mejor que se quede prendiendo la fogata en ese nuevo espacio.
Cada cual puede tener sus razones:
monotonía, nuevas sensaciones, aburrimiento, falta de respeto, falta
de amor, maltrato físico o sicológico, objetivos distintos, entre
miles más. Cada historia será muy respetable y me gustaría saber sus
anécdotas de infidelidad, de uno y otro lado, sus finales felices o
dramáticos. Todos tenemos una historia, estoy segura, escondida por
ahí en el baúl más oscuro o luminoso de nuestros recuerdos.