La lluvia ácida es provocada por los humos y los
gases emitidos por los automóviles y las industrias. Estos humos y
gases emitidos suelen contener dióxido de azufre, el que se mezcla
con el vapor de agua, haciendo que la lluvia contenga ácido
sulfúrica. Por otra parte, si los gases emitidos contienen
nitrógenos, entonces al mezclarse con el vapor de agua, entonces la
lluvia caerá con ácido nítrico.
Las consecuencias de la lluvia ácida son
múltiples. Entre los efectos más comunes se encuentra el efecto
negativo que produce sobre el crecimiento de las plantas, las que
sufren un importante debilitamiento y la caída de sus hojas. Además
éstos ácidos destruyen ciertos elementos esenciales de los suelos y
depositan metales nocivos como el aluminio, afectando e
interfiriendo en la respiración y fotosístensis de las plantas.
Sus efectos en la ciudad también se sienten, ya
que dichos ácidos reacciones con los minerales metálicos, formando
sales, como el carbonato de calcio, más conocido como yeso. Por lo
tanto, produce la erosión tanto de edificios como monumentos, entre
otros. Lo anterior ocurre cuando la lluvia arrastra el yeso y el
ácido que posee erosiona las piedras.
La cantidad de ácido nítrico y sulfúrico que caen
en nuestros suelos es acumulativo y, progresivamente, implica que
las aguas subterráneas también comienzan a contaminarse, trayendo
consecuencias graves en la salud humana. Entre estos efectos se
encuentra la presencia de metales en la cadena alimenticia, haciendo
que los huesos, hígado y riñones comiencen a acumular plomo.
Si las lluvias ácidas continúan y no hacemos algo
urgente al respecto, entonces a lo largo del tiempo seremos testigos
de la desaparición de nuestros bosques, con todo lo que esto
implica.