RANCHO SAN JOSÉ,
LA DEFENSA
MILENIO
visita la propiedad del empresario maderero, ubicada a 15 kilómetros
de Ciudad Victoria, Tamaulipas, y reconstruye la historia de la
última batalla del viejo Alejo Garza Tamez, dueño de la propiedad.
Tamaulipas.- La mañana
de este jueves el viento terminó por derribar la puerta de entrada a
la casa de Alejo Garza Tamez en el rancho San José.
Entre lagunas y la extensa llanura
tamaulipeca, solitarias, las construcciones quedaron marcadas con el
sello que en estos tiempos identifica a esa zona del país. Miles de
impactos de bala se fijaron en paredes, puertas y ventanas.
San José es uno de los tantos ranchos
abandonados en las cercanías de Ciudad Victoria. El crimen
organizado logró ahuyentar a muchos propietarios. Caminos vacíos,
desaparecidos, ejecutados y nuevos propietarios son los nuevos
vecinos en esa zona del país.
Pero en San José la historia se
quebró y, literal, el cazavenados Alejo Garza Tamez pudo, antes de
sucumbir, llevarse a varios agresores.
La casa principal está por venirse
abajo de tanta bala que recibió. Un pequeño comedor junto a la
cocina tiene tapizadas las paredes de pólvora. Y a eso huele: a
cohetones de feria quemados.
Cazuelas perforadas, estufa dañada,
sillas desportilladas por las metrallas... todo estratégicamente
colocado como parapeto para la defensa que desde esa posición hizo
el dueño de la propiedad. Arriba de la casa, muy cerca del techo, en
una alacena, un pequeño barril de licor, de las pocas cosas que
quedaron intactas, deja leer la leyenda “Reserva especial de Alejo
Garza”.
En el suelo, rastros de sangre
mezclada con polvo negro hechos grumo marcan los puntos que
permitieron a las autoridades recrear la escena. En el cuarto de al
lado, iluminado sólo por los huecos que dejaron las balas, descansan
sobre un catre dos fundas de escopeta, varios casquillos percutidos
y cristales rotos. En conjunto muestran un segundo puesto de
defensa.
La puerta de acceso a esa habitación
fue derribada con un lanzagranadas. La hoja de metal es ahora papel
picado por el que penetran los rayos del sol. En el lugar donde hubo
una cerradura sólo hay fierro retorcido que cedió al impacto.
Rastros de la batalla
Afuera el viento sopla. Levanta
pequeños remolinos de tierra que incomodan a las tres reses que
quedaron varadas. Vagabundean entre los escombros de una camioneta
tasajeada por el plomo. El jeep que sirvió para ir al monte en días
de caza quedó arrumbado bajo un tejabán donde Alejo colgaba los
cuernos de venado que cazó. En la hilera de árboles que custodia la
entrada de la casa principal los golpes de metralla defensiva se
resecan al sol. Pedazos de astilla cuelgan junto a las hojas.
Más adelante, en el amplio terreno
que antecede a la construcción principal, destellan brillos entre
piedras y tierra. Son más casquillos. Decenas, cientos
semienterrados que delatan las posiciones ocupadas por los
pistoleros luego de su entrada la madrugada del 13 de noviembre,
cuando por asalto y en ataque sorpresa los tomó este hombre 77 años.
Entre la mierda de los animales y las
piedras otros grumos, éstos de sangre coagulada, marcan las
posiciones que pasaron de ser de ataque a defensivas. Sólo el viento
ha semiborrado las huellas donde cayeron uno, dos, tres, cuatro
pistoleros.
Un helicóptero sobrevuela como ave de
rapiña a la espera de caer sobre su presa moribunda, pero termina
por alejarse. Abajo, esa presencia tensa la de por sí endeble
tranquilidad de éste que, con los días, se convirtió en santuario al
valor de un hombre en defensa de su terruño. Pero de ese valor no
queda mucho por aquí, porque como Alejo, dicen, ya no quedan muchos
que se fajen de esa manera.
Hay 15 kilómetros de distancia entre
San José y la capital tamaulipeca. Un camino de terracería esconde
la propiedad y, a la vez, la coloca como fortaleza de un solo
frente. Es por eso que Alejo Garza Tamez pudo resistir el embate y
causar tantos estragos a sus atacantes. El traspatio de la propiedad
está casi intacto. Su cerca limita con un lago de difícil acceso.
Hay entre la casa y el llano cerca de 100 metros de distancia y, en
medio, caballerizas y cobertizos.
El sol y la humedad arrecian a las 9
de la mañana, hora aproximada en que esa mañana del 13 de noviembre
Alejo dio por terminada la defensa. Hora también en que el grupo de
pistoleros decidió retirarse con cuatro bajas mortales y dos heridos
que dejaron atrás inconcientes, sin preocuparse más por ellos.
Al entrar al último cuarto de la
casa, un retrato de juventud indica quién dormía ahí, a quién
pertenecía el mando: Alejo trajeado y vigilante. La brisa se cuela
por las perforaciones hechas en la pared por los
cuernos de chivo y las granadas.
Es la recámara de este viejo empecinado en no rendirse.
Un cubo de dos por dos metros, con
ventanas en los costados y puerta de acceso desde el patio frontal,
que fue severamente dañada. De los vidrios poco queda, más bien son
trozos que siguen caprichosamente pegados en los marcos de las
ventanas. Esta fue la posición más débil. Por aquí, después de
infinidad de descargas, los atacantes lograron entrar. Dos
explosiones de granada en el marco así lo indican.
Dentro de la casa Alejo se movió
rápido; fue de un cuarto a otro. Disparó las escopetas de la cocina
y luego las de ambas recámaras. Fue y regresó hasta que las heridas
lo obligaron a parapetarse en el baño de su cuarto, donde finalmente
cayó. En ese sitio un par de cuadros y dos veladoras son el tributo
familiar a este hombre al que muchos ya califican de héroe.
No hay sellos ni candados que impidan
el acceso a la propiedad. Nadie custodia la escena del crimen. Este
rancho, como muchos otros de la zona, quedó vacío.
En las casas de los trabajadores, los
paquetes de tortillas, el molcajete con restos de salsa, los
sartenes aún con aceite siguen dispuestos sobre la mesa. En las
camas, ropa revuelta, botas de trabajo, juguetes y algunas monedas
esperan a sus dueños. El silencio domina y se hace acompañar
esporádicamente del silbido del viento. El silencio es el ganador de
esta batalla.
El rancho San José, propiedad de
Alejo Garza Tamez, perdió la vida, la actividad, pero sigue teniendo
un dueño: un viejo de 77 años que no soportó la idea de salir
indignamente del lugar que fue suyo.

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