Nacido en una familia pobre de una tribu noble de
Quraish, Mahoma, quedó huérfano a los seis años y fue adoptado por
un tío paterno llamado Abú Talib. Éste era comerciante y Mahoma lo
acompañaba en sus viajes de negocio. El profeta trabajó como
mercader en la ruta entre Damasco y La Meca al servicio de Jadiya.
Ella era una viuda rica, veinte años mayor que Mahoma. Sin embargo,
a pesar de la diferencia de edad, en el año 595 se casaron. Su
matrimonio le ayudó a tener un puesto más alto en la escala social,
ya que era analfabeto, y empezó a ser un comerciante respetado.
A los cuarenta años, se retiró al desierto donde
pasaba días enteros en una cueva del monte Hira. Allí recibió la
primera visita del ángel Gabriel, el que le traía un mensaje de Alá
donde le ordenaba memorizar y recitar los versos enviados por Dios.
Estos, posteriormente, quedaron plasmados en el Corán. Además, el
arcángel le dijo que él era el último de una serie de profetas y que
debía dedicarse a divulgar la palabra de Dios.
Jadiya lo impulsó para que predicara en su ciudad
natal, La Meca. Allí se presentaba como el continuador del mensaje
que alguna vez habían dado a conocer Abraham, Moisés y Jesucristo.
Los seguidores del profeta solían venir de los lugares más pobres de
los centros urbanos, y poco a poco, fue ganándose la enemistad de
los más ricos. Cuando la masa que lo seguía se volvió más grande,
las autoridades comenzaron a considerarlo una amenaza y se iniciaron
persecuciones en su contra. Cuando la situación era insostenible,
huyó a Medina. A su huida se le llama Hégira y se le considera la
fecha fundacional de la era islámica.
En Medina, intentó acercarse a la comunidad
judía, pero fue rechazado por la manera diferente en que
interpretaba las Escrituras. Desde ahí data el cambio de orientación
de la oración musulmana: si antes se hacía hacia Jerusalén, se
cambió en el sentido de La Meca. Durante el mismo período fue que
surgió el concepto de Guerra Santa. Con el fin de convertir a los
fieles a la religión musulmana, vieron en el uso de la fuerza un
medio legítimo para captar a más seguidores. A la muerte de Mahoma,
el ejército musulmán había unificado a la Península Arábica y la
había convertido a la religión islámica.
Como Mahoma no sabía escribir, confiaba las
palabras del Corán a los hafiz o memoriones. Ellos eran obligados a
repetir incansablemente la verdad revelada que se plasmaría en el
libro sagrado musulmán. Fueron los discípulos del poeta quienes la
transcribieron al papel.
Hasta la fecha, los musulmanes profesan amor y
veneración por Mahoma, aunque no adoración religiosa. Para hablar de
él, su nombre siempre tiene que estar precedido por la palabra
profeta, y seguido por la frase "bendígale Dios y le dé su paz" o
por "la paz y la oración estén con él".