Ser padre o madre significa
que tenemos la responsabilidad de acompañar a nuestros hijos en su
proceso de individuación, es decir, en su proceso de convertirse en
individuos, en personas. Y nuestra tarea es proporcionarles nuestra
guía y apoyo. Pero los chicos hoy, más que nunca, necesitan un apoyo
sólido, un apoyo fuerte, porque les estamos entregando un mundo
difícil y lo último que necesitan son adultos que me gusta llamar en
broma, malvavisco, es decir, adultos suaves, dulzones pero que
perforan con un dedo. Adultos débiles, temerosos de ponerles límites
y en un momento dado decirles, "¡No! eso no te lo permito".
Muchos padres quieren ser
buenos padres, pero si reciben mucha información y la mezclan con
una buena dosis de miedo a equivocarse, el resultado puede ser:
parálisis. Sí, se les paraliza la voluntad. No toman acción cuando
necesitan hacerlo. Por el miedo a traumar a los hijos, se quedan
paralizados, cuando lo que el hijo necesita es un adulto bien
plantado que les ponga un límite. Por eso vemos a los muchachos cada
vez más desorientados, como si estuvieran perdidos. Cuantas veces
vemos a niños y jóvenes faltando al respeto, dañando cosas, siendo
groseros y los adultos parados a un lado sin hacer o decir nada,
como si no vieran lo que ocurriera, o en el mejor de los casos, los
vemos avergonzados.
Creo que es válida la
reflexión: ¿Quiénes son los adultos en esa situación? Toca al adulto
como persona madura, con juicio, guiar al muchacho y enseñarle a
respetar su medio y a las personas que le rodean. Porque creo que
hemos dado pasos notables en cuanto a otorgarle al niño el respeto
que merece, pero hemos olvidado mostrarles a ellos, el respeto por
los demás. Una cosa no invalida la otra.
El miedo a equivocarnos es
justificado, y un poco de miedo puede llevarnos al cuestionamiento y
la reflexión, pero si dejamos que el miedo nos invada, terminamos
inertes, incapaces de responder a las demandas importantes de
nuestros hijos.
Necesitamos recuperar nuestra fuerza y sentido
de autoconfianza. Saber y recordar que cuando actuamos estamos
arriesgándonos pero que si no lo hacemos, estamos abandonando a
nuestros hijos para enfrentar el mundo con sus recursos aun
inmaduros e ineficientes. Se necesita tener valor para ser padres,
definitivamente que sí, se necesita valor. Valor para mostrarnos
imperfectos. Valor para sobreponernos al miedo cuando nos quiere
paralizar. Valor para hacer caso omiso del que dirán y elegir hacer
lo que consideramos correcto. Valor para guiar a nuestros hijos
aunque no tengamos todas las respuestas.