EL DUELO POR LA MUERTE
DEL PADRE
“Primero, me llorarán; luego, me
pensarán. Después, me olvidarán.”
El tema sobre el duelo
por la muerte del padre me ha interesado desde hace mucho tiempo.
Creo que uno de los motivos más importantes está relacionado con
la pérdida de mi padre en
edad avanzada, cuando él sólo había completado sus setenta y un
años.
Aun cuando yo había
sobrepasado el tiempo que suele durar estas condiciones se
movilizaron dentro de mí “todos mis sentimientos más tempranos”,
como le comunicó Sigmund Freud a Wilheim Flíess, su amigo,
contestando su carta enviada en la ocasión de
la muerte del padre de
Freud.
En esa carta, del 2 de
noviembre de 1896 -el padre de
Freud había fallecido el 23 de octubre de este mismo año-
escribe:
“Me cuesta mucho
escribir justamente ahora que he dejado pasar tanto tiempo, para
agradecerte las conmovedoras palabras de tu carta. Por uno de
esos senderos oscuros que pasan por detrás de la conciencia
formal, la muerte de mi padre me ha afectado profundamente. Yo
lo estimaba muchísimo y la comprendía perfectamente y con esa
mezcla de profunda sabiduría y romántica alegría, tan peculiar
en él, significó mucho para mí. Sin duda alguna su vida en sí ya
había terminado hace tiempo, pero su
muerte real ha hecho
revivir en mí todos mis sentimientos más tempranos. Ahora me
siento completamente desamparado.”
Esta carta fue traducida
en diferentes formas que no coinciden en su totalidad. Así, Ludovico
Rosenthal la redactó con el siguiente texto:
“Por ahora me
resulta tan difícil escribirte, que hasta he dilatado varias
veces el momento de agradecerte de todo corazón las conmovedoras
palabras que me has dirigido en tu carta. A través de alguna de
esas rutas que corren tras la conciencia oficial, la
muerte del viejo me ha
afectado profundamente. Yo lo estimaba mucho y lo comprendía
perfectamente; influyó a menudo en mi vida, con esa peculiar
mezcla suya de profunda sabiduría y fantástica ligereza de
ánimo. Cuando murió, hacía mucho que su vida había concluido,
pero ante su muerte todo el pasado volvió a despertarse en mi
intimidad. Ahora tengo la
sensación de estar totalmente desarraigado.”
Lo que es llamativo es
el uso de las palabras desarraigado y, desamparado.
La palabra desamparo
implica los siguientes sinónimos: solo, indefenso abandonado,
huérfano desvalido, desabrigado, descuidado; perdido, extraviado,
inerme, etcétera.
No importa mucho
examinar con detenimiento o mayor profundidad la preferencia de los
traductores por una u otra palabra. Lo que deseo es hacer hincapié
en el sentimiento que Freud expresa por la muerte de su padre: se
sentía hondamente comprometido y no sólo con su presente sino y
fundamentalmente con su pasado. Lo que llama la atención es la
vivencia de orfandad que tanto una como otra de cualquiera de las
dos palabras utilizadas en la traducción transmiten.
Al leer una de las
cartas que Freud escribe a Sandor Ferenczi el 16 de septiembre de
1930, agradeciendo sus condolencias por la muerte de su madre, el
clima afectivo es bien otro.
Escribe Freud:
“Querido amigo: Ante
todo, mis gracias más expresivas por las bellas palabras que
dedicas a la muerte de mi madre,
la cual me ha afectado en una forma peculiar. No siento ni
dolor, ni pena, lo que probablemente puede explicarse por las
circunstancias especiales que concurran en el caso, como, por
ejemplo, su avanzada edad, la pena que me inspiraba su
postración final y al mismo tiempo un sentimiento de veneración
que me parece también comprender.
No me sentía libre para morir
mientras ella viviera; y ahora sí. Seguramente los
valores que atribuyo en mi interior a la existencia habrán
experimentado una transposición considerable en los estratos más
profundos. No asistí al funeral, en el que me representó también
Anna…”
Qué distante es la
actitud afectiva de Freud ante los dos acontecimientos más
importantes en la vida de un ser humano!
El papel del padre
Examinemos el problema
desde una perspectiva más general. Lo primero que llama la atención
es que el duelo por la muerte del padre ha sido, en la literatura
psicoanalítica, homologado con el de la muerte de la madre. Esto es
tan así que cuando se estudia el fenómeno del
duelo ningún autor hace la
distinción de la estructura, dinámica y consecuencias entre uno y
otro tipo.
Hay algunas pocas
referencias de los efectos dañinos que la desaparición del padre o
de la madre pueden llegar a provocar en el individuo si este es un
hombre o una mujer.
Habitualmente se ha
hecho hincapié en el duelo por la muerte de la madre y en algunas
escuelas psicoanalíticas (como la kleiniana), las consecuencias de
este duelo pueden referirse no sólo a la totalidad de la madre como
persona sino a aspectos parciales de ésta. Es sumamente frecuente
que se hable del duelo por el pecho de la madre durante el período
de destete, del duelo del vientre materno durante y después del
parto, etcétera.
El
papel del padre no ha
merecido una atención especial y para algunos analistas lo que marca
las características fundamentales de una personalidad adulta son los
duelos que ha sufrido por la pérdida de la figura materna o aspectos
parciales de ésta.
En mi trabajo clínico
como psicoanalista, hace más de treinta y cinco años, he observado
un fenómeno que cuando lo vi por primera vez me causó suma
extrañeza.
Este hecho clínico
consiste en haber encontrado -reiteradamente que
la muerte del padre,
acaecida en cualquier edad, pero
principalmente en las etapas tempranas del desarrollo y en la
adolescencia, reviste particularidades inconfundibles y cuya
repercusión en la vida del doliente, tanto para el hombre como para
la mujer, son asombrosamente idénticas o muy semejantes en su
dinámica.
Este hecho clínico me llamó la atención porque lo esperable era que
la hija sufriera consecuencias distintas de aquellas referidas al
varón. De acuerdo con mi experiencia clínica, los acontecimientos
psicológicos, tanto en el hombre
como en la mujer, obedecen a una
misma dinámica anímica.
Me siento con derecho, a
raíz de la observación de mis psicoanalizadas, a sostener que la
muerte del padre -manifiesta o latentemente constituye el
acontecimiento más fundamental que puede ocurrir en la vida de una
persona, sea ésta del sexo masculino o del femenino.
Si volvemos a examinar
la carta de Freud a Fliess, del 2 de noviembre de 1896, nos
encontramos con una estremecedora confesión para un hombre que en la
oportunidad, tenía apenas cuarenta años: … pero su muerte real ha
hecho revivir en mi todos mis sentimientos más tempranos. Ahora me
siento completamente desarraigado (o desamparado)”.
La genialidad de Freud
le permitió recortar lo que yo considero
el aspecto más esencial del duelo por
la muerte del padre: el
desamparo o desarraigo.
Este desamparo atañe tanto a la mujer cuanto al hombre y se
manifiesta con igual intensidad en cualquiera de los dos.
Las etapas del duelo
Empecemos a definir en
qué consiste un duelo. Freud, en “Duelo y melancolía”, escribe:
“El duelo es, por lo
general, la reacción a la pérdida
de un ser amado o de una
abstracción equivalente,
la patria, la libertad, el ideal etc…” (Duelo y melancolía, pag.
243.)
“Esta reacción a la
pérdida es sumamente dolorosa y necesita de un período de tiempo
relativamente largo para que se pueda llevar a cabo.” (En
“Análisis de un caso de neurosis
obsesiva” -el hombre de las ratas-
Freud da una cifra
aproximada de dos años.)
Esquemáticamente,
podemos trazar las siguientes etapas en un trabajo de duelo:
*
Primera etapa: examen
de la realidad.
* Segunda etapa:
aceptación de la pérdida.
* Tercera etapa:
identificación con el objeto perdido.
* Cuarta etapa:
sustitución del objeto perdido.
Primera etapa: Examen de
la Realidad
Primera etapa, a la que
podemos llamar examen de realidad,
puede sufrir dos destinos especiales: el sujeto en duelo acepta la
pérdida del objeto o no la acepta … conviene
aclarar el sentido de la palabra
objeto en psicoanálisis, es parecido al que se usaba
clásicamente como objeto de mi pasión
de mi resentimiento, objeto amado,
etcétera.
Como siempre, la
aceptación de la realidad dolorosa no es permanente al comienzo. Se
realiza por períodos: durante algún tiempo se asume la pérdida y, en
otros, se la niega. Son momentos que se alternan y que suelen tener
duración variable -de minutos, horas o días-. O, también, años.
Para que el trabajo de
duelo pueda continuar su elaboración (procesamiento), es necesario
que la persona acabe por aceptar que el objeto ya no existe más en
la realidad externa que ha desaparecido ha muerto, se ha destruido o
es inexistente.
La imposibilidad de
elaborar este acontecimiento seguramente estanca el
trabajo de duelo. Para que
podamos desprendernos de un objeto perdido es inevitable que
aceptemos que ya no está. Mientras alimentamos la esperanza de que
vive o está oculto en algún lugar, resulta imposible desligarse de
él.
El ejemplo más
cruel y dramático es el de los sobrevivientes de los campos de
exterminio de la Segunda Guerra Mundial que, al
no ver el cadáver de
sus parientes desaparecidos, siempre mantenían prendida la idea de
que volverían algún día, con lo que vivían en estado de permanente y
frustrada espera.
En caso de que la
aceptación pase por períodos más largos, el sujeto podría pasar a
una segunda etapa de elaboración, que podemos llamar aceptación de
la pérdida o de la realidad. En psicoanálisis, la palabra
elaboración designa el trabajo realizado por el psiquismo con vistas
a dominar las excitaciones que le llegan y cuya acumulación ofrece
el peligro de resultar patógena.
Segunda etapa:
Aceptación de la Pérdida
La aceptación de la
realidad o de la pérdida también es fluctuante y lleva a una
identificación con el objeto muerto o desaparecido. Suelen ocurrir
dos posibilidades. El sujeto se identifica con el muerto o con el
destino del muerto. Si hay una fuerte
identificación con el destino del muerto, el sujeto
seguirá ese destino y esto lo
conducirá al suicidio manifiesto o enmascarado (accidentes,
enfermedades fatales, etcétera).
En caso de que la
identificación se produzca únicamente con la persona del muerto, el
individuo en duelo pasa a la tercera etapa elaborativa. Debemos
aclarar qué entendemos por identificación: es un proceso por el cual
un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y
se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste.
Tercera etapa:
Identificación con el Objeto Perdido
Esta etapa puede ser
denominada decisión de vivir. El proceso de duelo puede seguir uno
de estos dos caminos: el sujeto se decide a vivir identificado con
el muerto o lo sustituye por un nuevo objeto. En caso de vivir
identificado con el objeto perdido, adquiere características de este
objeto y, muchas veces, se conduce en la vida como él.
Cuarta etapa:
Sustitución del Objeto Perdido
Es la etapa final, que
podemos llamar de sustitución del objeto perdido. Esta sustitución
puede ser parcial o total. Un ejemplo de sustitución parcial es el
individuo que se casa con la cuñada soltera.
Otro más frecuente es el
de la viuda que mantiene el retrato de su difunto esposo en un lugar
privilegiado de la casa y muy frecuentemente lo utiliza para hacer
comparaciones con su nuevo compañero, en las cuales éste siempre
lleva las de perder.
Estas etapas -como
dije anteriormente – son arbitrarias; no se desarrollan
sucesivamente sino que se producen alternadamente, ora predominando
una, ora la otra. El trabajo final de un duelo bien elaborado debe
conducir a la sustitución total del objeto. En otras palabras,
el sujeto
consigue desligarse del objeto perdido y ligarse a un nuevo objeto.
La
elaboración de un duelo se
ve interferida por dos
fenómenos psicológicos que fueron descriptos por Freud: por el
sentimiento de culpabilidad, a consecuencia de la natural
ambivalencia (sentimientos de amor y odio) del sujeto hacia su
objeto perdido, y por la elección narcisista del objeto.
Cuanto menor ha sido la
ambivalencia afectiva hacia el objeto, más favorecido se ve el
trabajo de duelo. Lo mismo ocurre cuando menor ha sido la
participación de los aspectos narcisistas del sujeto en la elección
del objeto. En estas circunstancias hay más posibilidades de llevar
a buen término la elaboración del duelo. Para los lectores no
especializados intentaré aclarar el término narcisismo.
En
psicoanálisis designa un
concepto extremadamente complejo. Todos conocemos el mito de
Narciso, el hermoso joven que se enamoró de su propia imagen
reflejada en un estanque.
De este mito tomó Paul
Nacke la palabra para denominar un hecho clínico que consiste en la
hiperestimación del poder de los propios actos y de los propios
deseos, en la creencia en la omnipotencia de las ideas, una fe ciega
en la fuerza mágica de las palabras; en suma, una actitud
megalomaníaca; a veces esa actitud es muy evidente, por ejemplo en
los psicóticos que se creen
Napoleón Bonaparte, y a veces está bastante oculta, por
ejemplo en las personas melancólicas, que presentan a la vez una
intensa desvalorización de sí mismas.
La función de la madre
Veamos, ahora, cuáles
son las funciones de la pareja parental durante el proceso de
desarrollo evolutivo del niño. Comencemos con la más conocida de
todas que es el papel de la madre.
Es interesante señalar
que todos los autores han hecho hincapié en la importancia de la
madre en la crianza del hijo, principalmente en las etapas tempranas
y fundamentalmente durante los
primeros seis meses de la vida posnatal.
En cuanto al papel del
padre éste ha sido bastante ignorado y la casi totalidad de los
autores -psicoanalistas o no suelen darle una función secundaria.
Esto es evidentemente claro en la escuela kleiniana, donde la madre
juega el papel principal. La escuela lacaniana, de alguna manera con
sus teorías acerca del desarrolló del niño, reserva un papel más
decoroso para el padre y lo transforma en todo momento en una figura
sumamente restrictiva de la libertad del niño.
En los últimos tiempos,
algunos autores han reconocido otros aspectos de la función del
padre en el desarrollo del niño. Entre nosotros, Arminda Aberastury
y Eduardo Salas enfatizan mucho la necesidad del contacto físico del
niño con su padre y consideran que este contacto es imprescindible
para evitar el camino de la homosexualidad. Dicen los autores:
“Esta carencia de
contacto con el padre es una de las raíces del rechazo del hijo
y deja una nostalgia que podría ser el origen de una búsqueda
posterior y desesperada de sustitutos paternos a través de toda
la vida.”
Luego, bajo el título de
“El papel del padre”, dicen:
El
papel del padre varía
según las diferentes edades del hijo y, muchas veces, la falta de
adecuación a nuevas necesidades hace que
un buen padre de un hijo de dos años
se transforme luego en un incomprensivo o ausente para el hijo
adolescente.
DUELO PATOLÓGICO-
SÍNTOMAS Y TRATAMIENTO
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