Pero
esta tranquilidad, paz y libertad no duraron por mucho tiempo, pues
cuarenta años después Israel fue conquistado por los griegos.
En esos
tiempos gobernaba en Israel un muy cruel y malvado tirano que se
llamaba Antíoco (o
Antiojus Epifanes, como muchos lo
conocemos).
Dictó
muchas leyes en contra de los judíos con tal de que estos se
asimilen y adopten la religión y costumbres griegas. Los judíos
tenían prohibido celebrar Shabes, las
fiestas como Rosh-Hahsone,
Yom Kiper,
etc, y si se les descubría haciéndolo,
eran acusados con pena de muerte.
Los
judíos se vieron obligados a cambiar la manera en la que estudiaban
la Torá, por ejemplo, metiendo pedacitos
en los dreidls y hacer como si
estaban jugando, pero en realidad de vez en cuando destapaban el
dreidl para sacar los
pedacitos y leerlos.
Así fue
como muchos judíos sacrificaron sus vidas para no aceptar las
costumbres griegas y perder las nuestras.
Un
tiempo después, la gente dejó de aguantar esa situación: esconderse
y vivir todo el tiempo con miedo, así que fue ahí cuando sucedió
algo que marcó la historia, algo que nunca antes se había visto
hasta ese entonces: una nación que se rebela en contra de sus
opresores para poder gozar de libertad religiosa.
Yehuda
Macabi fue el líder de esta revolución
que se planeó en Modi’in con la ayuda de
sus hermanos y su padre Matitiahu el
sacerdote. Logró que los judíos se organicen y milagrosamente venzan
a los griegos, nuestros enemigos, siendo ellos tan numerosos,
poderosos y teniendo tantas armas que nosotros los judíos no
teníamos.
Después
de vencerlos los judíos regresaron a arreglar el
Bet-Hamikdash,
que había sido profanado por lo griegos. Los judíos necesitaban
prender la Menorá que era el único
objeto de valor que aún quedaba, así que se pusieron a buscar
aceite. Lograron encontrar tan solo una jarrita con muy poco aceite.
Calcularon que ese aceite sólo serviría para
alumbrar el Bet-Hamikdash
por un día. Y he aquí que sucedió el milagro más importante de esta
fiesta: el aceite no duró prendido un día, ¡Sino ocho! Y en esos
ocho días les dio tiempo para conseguir más aceite y así mantener
prendida la Menorá.
Es por
eso que la Janukiá tiene ocho brazos y
que se prende una vela por noche, para recordar que cada noche que
duró prendido el aceite fue un milagro totalmente inesperado.
Januká
es una fiesta muy importante para cualquier
judío … te preguntarás porqué… ¿No es así?
Debemos
de seguir el ejemplo de esa gente. Gracias a ellos tenemos la
increíble oportunidad de celebrar una fiesta tan iluminada y tan
padre como lo es Januká. ¡Hay que
contagiarles a todos nuestra alegría para así poder transmitirle a
las demás generaciones estas increíbles tradiciones!
¡Jag
sameaj!, ¡A gut
yom-tev!,
¡Que reciban muchos regalos! y les deseamos un
¡MUY FELIZ JANUKÁ
PARA TODOS!