RURALES
MEXICANOS, CIVILIZACIÓN DE LA BARBARIE-BICENTENARIO
A lo largo de la segunda mitad
del siglo XIX se desarrolla en la iconografía nacional la que será
la imagen ideal del cuerpo de rurales
La llegada de Porfirio Díaz a la
presidencia de la República trae consigo una política de
pacificación de la vapuleada sociedad mexicana del siglo XIX. Las
guerras que asolaron al país durante toda la primera mitad de ese
siglo habían ya exigido la creación —el 5 de mayo de 1861— del
Cuerpo de Policía Rural en las principales rutas de la República. Si
bien la Policía Rural surge con una tarea muy concreta: perseguir la
desbordante —y hasta familiar y cotidiana— delincuencia asociada a
las antiguas guerrillas serranas, a medida que la estabilidad
económica y social lograda por el régimen porfirista arrincona o
reconvierte dicha delincuencia los guardias rurales se van
conformando paulatinamente en parte de la idiosincrasia nacional
oficial y en elemento constitutivo de su identidad. El prestigio y
la fama del guardia rural, hacia final del Porfiriato, comparte un
lugar en el imaginario colectivo con la ya para entonces popular
información acerca de la corrupción de la institución y su
asociación directa con el régimen. El cuerpo de guardias rurales
será para la historia del México de finales del siglo XIX lo que los
Rangers para Texas o la Guardia Civil para la España rural. Hoy
asociamos a la palabra rurales la imagen de un policía vestido de
charro obedeciendo órdenes de un poderoso hacendado o cacique
político (o ambas cosas); sin embargo, durante el último cuarto del
siglo antepasado la evocación de los rurales traía consigo una serie
de conceptos mucho más profundos y ambivalentes, conceptos que
utilizarían la fotografía decimonónica como el vehículo idóneo para
su difusión.
El aspecto físico del rural formaba una imagen típicamente criolla
del campo mexicano, definida ya desde mediados del siglo XVIII. En
primer lugar, los aperos del rural consistían en el traje del
charro; pantalón hasta el tacón de la bota retachado de chapetones a
los costados, chaquetilla igualmente adornada, así como sombrero de
ala ancha fabricado en paño o fina paja. A ello había que añadirle
los elementos particulares de la policía rural; sarape rojo, sable,
fusil y pistola, así como la banda de cuero cruzada sobre el pecho,
portando la insignia y el número del cuerpo de rurales
correspondiente. El caballo vestía aperos tradicionales —montura
española ricamente adornada a la mexicana—, que complementaban la
imagen criolla del policía rural.

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