EXPERIENCIAS DE
1808-BICENTENARIO
La evocación de 1808, a
doscientos años de distancia, sólo fue motivo de celebración en
España y Brasil
La evocación de 1808, a doscientos
años de distancia, sólo fue motivo de celebración en España y
Brasil.
En España se celebró el alzamiento “popular” que la historia oficial
considera detonante de la “guerra de independencia” contra Francia.
En Brasil se recordó la llegada de la Corte portuguesa y la
transformación de un conjunto de colonias en el corazón de un
imperio. En el resto del mundo iberoamericano no hubo ni tenía por
qué haber festejos y, sin embargo, era necesario llamar la atención
sobre ese año crucial que significó una crisis compartida y una
variedad de respuestas frente a una coyuntura política inédita e
inicialmente no deseada. El libro coordinado por Alfredo Ávila y
Pedro Pérez Herrero es el fruto de un congreso organizado en la
Universidad de Alcalá, en mayo de 1808, con la participación de
investigadores de numerosas universidades de Europa y América,
algunos de los cuales han colaborado también en otras compilaciones
recientes que, en conjunto, comprueban el creciente interés
académico por comparar y comprender los procesos desatados por la
invasión napoleónica en la Península Ibérica.
Como su título anuncia, Las experiencias de 1808 en Iberoamérica
tiene el mérito de no ceñirse al mundo hispánico. Los casos de
Portugal y Brasil son tratados con detenimiento y vinculados a las
experiencias de algunas provincias hispanoamericanas; pero es
evidente que son estas últimas las que interesan de manera
primordial a los autores y a los organizadores de la obra. El
resultado académico comprende 26 artículos y una introducción que en
total suman cerca de 550 páginas: una extraordinaria mina de
información y de interpretaciones novedosas que se convertirá en
referente indispensable para quien desee entender casos particulares
o fenómenos compartidos. Los artículos están divididos en dos
bloques; el primero aborda “las experiencias comunes” del mundo
ibérico y el segundo se refiere a “las experiencias locales”, donde
se exploran las respuestas particulares de las ciudades (sedes de
virreinato, de capitanía general o simplemente de audiencia) a la
crisis de 1808. La división es adecuada, aunque algunos artículos de
la primera parte resultan demasiado circunscritos a un ámbito
determinado como para ser considerados parte de una reflexión
general. Por economía de espacio, no seguiré el orden que guardan
los textos dentro de la obra; pero procuraré referirme a todos en la
medida de lo posible.
En la introducción, Alfredo Ávila y Pedro Pérez Herrero consideran
con toda razón que 1808 fue un “punto de inflexión” en la historia
del mundo hispánico: el detonante de “un proceso complejo en el que
la misma cultura político-jurídica hispánica dio respuesta <…> a una
crisis sin precedentes, con manifestaciones regionales diferentes”
(p. 22). Los argumentos legales que se esgrimieron para ejercer el
control político en ausencia del soberano son examinados por dos
autores que presentan algunas diferencias de matiz que podrían
prestarse a un debate futuro. Así, Jaime Rodríguez alude a la idea
(bastante aceptada por la historiografía) de un “pacto” de origen
entre el rey y los distintos reinos que componían la monarquía
española, y supone que ese principio permitía justificar la
retrocesión de la soberanía a los cabildos, que al arrogarse la
representación del “pueblo” aspiraban a cierto grado de autonomía
política. Para Rodríguez parece evidente que el argumento central de
las juntas era el hecho de que “en ausencia del rey, la soberanía
recaía sobre el pueblo” (p. 81), mientras que José María Portillo
Valdés sostiene que la idea subyacente en la creación de juntas fue
la del “tutelaje” o del “depósito de soberanía” a partir del
principio de derecho civil “que establecía las obligaciones del
tutor y cuidador respecto de los bienes de las personas impedidas
permanente o transitoriamente para tomar decisiones sobre los
mismos” (p. 41). Por su parte, Roberto Breña discute el problema de
la causalidad histórica y la pertinencia de definir a los procesos
americanos dentro de una historia atlántica. ¿La crisis de 1808 debe
ser considerada como el detonante de los procesos revolucionarios en
Hispanoamérica? ¿O es posible vincular esas revoluciones con “un
proceso” entendido como “Revolución atlántica”, que tendría a la
independencia de Estados Unidos y a la Revolución francesa como sus
momentos “estelares”? Aunque el autor supone conexiones inevitables
en el campo de las ideas políticas, se opone al determinismo y a las
explicaciones causales que tienden a ignorar o a minimizar las
especifidades de las revoluciones hispánicas (p. 141). En el mismo
sentido, Portillo Valdés considera “endeble” el concepto de
“revoluciones atlánticas”, y afirma que las revoluciones americanas
demostraron que “a la modernidad se podía acceder desde varias rutas
y bagajes culturales muy variados”
La relación de las expectativas políticas con el miedo y el rumor
aparecen en varios artículos. Javier Laviña, por ejemplo, analiza
las reacciones ante la sublevación de negros y mulatos en Coro,
Venezuela (1795), y el miedo de las autoridades a que ocurriera una
rebelión “a la francesa” semejante a la de Haití. El mismo autor
critica las interpretaciones nacionalistas que han querido ver en
esa rebelión un antecedente directo de la independencia o una clara
demostración del espíritu republicano. Carole Leal Curiel también
destaca el papel del miedo y del rumor al analizar los procesos
judiciales contra sujetos de la élite caraqueña acusados de
pertenecer a la llamada “conspiración de los mantuanos”. Su análisis
sugiere que el concepto de “independencia”, en el sentido de ruptura
política con la metrópoli, aparecía como un temor de las autoridades
y no necesariamente como una aspiración de quienes pretendieron
establecer la Junta Soberana de Caracas. La importancia de analizar
las variaciones en el significado de los términos es justamente la
preocupación central de Javier Fernández Sebastián, quien se refiere
a una “crisis de lenguaje” y al advenimiento de un nuevo lenguaje
político (p.109). La incorporación de palabras nuevas y la
resignificación o abandono de viejos términos son fenómenos que
suelen ocurrir sin aviso ni fecha fundacional; pero ocasionalmente,
como bien documenta este autor, algunos publicistas postularon
conscientemente la acuñación o importación de palabras y exigieron
la abolición de otras durante los debates gaditanos (p. 113). Juan
Pro Ruiz explora la manera en que se enfrentaron algunos traductores
con términos de la Revolución francesa desde la década de 1790, y
demuestra que un fenómeno conceptual puede tener fuertes
implicaciones políticas, como ocurrió al transformarse el
significado del viejo término de “policía” para formar con él un
órgano de gobierno: el “Ministerio de Policía General” de la
Constitución de Bayona (p. 238). Por su parte, Virginia Guedea
estudia los escritos políticos y las declaraciones procesales en la
ciudad de México para demostrar la ambigüedad del término “pueblo”,
cuyo significado varió considerablemente en función de quienes lo
emplearon y de los objetivos que éstos persiguieron; así, el
concepto fue utilizado por los munícipes de México que pretendían
establecer una junta soberana, pero también por los golpistas
(mayoritariamente peninsulares) que, en su nombre, derrocaron al
virrey Iturrigaray en septiembre de 1808. Otros detalles en el
discurso, de aparente irrelevancia, pueden esconder también
implicaciones políticas de gran magnitud. Eso sugiere el texto de
Inmaculada Simón y Eva Sanz Jara, quienes destacan que los
ayuntamientos americanos dieron instrucciones a los diputados
electos a la Junta Central en términos de sugerencia y no en el
“tono imperativo” que solían usar las corporaciones cuando instruían
a sus procuradores en la Corte.
La precariedad del ejército en el
mundo hispánico queda manifiesta en el estudio de Iván Valdés-Buvnov,
quien promete explorar “la situación del ejército y la armada real
en 1808”, pero en realidad explora los esfuerzos bélicos desde 1700
y concluye que “la carrera naval no terminó en 1805”, es decir, en
Trafalgar, sino diez años antes. Según él, las Cortes de Cádiz
asumieron una política contraria al ejército debido a que el
militarismo borbónico había resultado un verdadero fiasco. La
ausencia de un dominio militar efectivo en América nos hace también
reflexionar sobre la lealtad al monarca y las muestras de
solidaridad, aprovechadas por virreyes y capitanes generales para
enviar remesas a la Península. En su artículo, Juan Pan-Montojo
demuestra que la Junta Central y la Regencia dependieron en buena
medida de las remesas americanas enviadas entre el segundo semestre
de 1810 y el primero de 1811. A partir de entonces, los
pronunciamientos de soberanía y el estado de guerra generalizado en
América hizo decaer estrepitosamente los envíos monetarios en el
periodo de 1812 a 1814.
Varios autores analizan los problemas de información y comunicación
de ideas políticas. Ana Carolina Ibarra estudia la presencia de la
política en la oratoria sagrada novohispana, donde se manifiestan
voces que advierten sobre el cambio revolucionario, pero también
voces que pronostican la ruina de España y el advenimiento de un
horizonte de regeneración moral. Las fisuras al interior de la
Iglesia, patentes en la elaboración de causas eclesiásticas contra
predicadores incómodos, preconizan, en cierto modo, la división de
la Iglesia que estaba a punto de estallar. Hira de Gortari ofrece un
enfoque regional, en vez de local, al proponer una “cartografía
política” como herramienta para detectar las transformaciones de la
cultura política. Sin llegar a conclusiones definitivas, su
propuesta demuestra el interés de las provincias de la América
septentrional por mantenerse informadas a partir de la suscripción
al Diario de México, y analiza después la variedad de sitios donde
se escribieron representaciones o se hicieron públicas
demostraciones de lealtad a Fernando VII entre 1808 y 1809. Por su
parte, Víctor Peralta estudia la importancia del Mercurio Peruano en
la formación de una cultura ilustrada, y lo contrasta con el control
de información ejercido a partir de 1808 en el Virreinato de Perú.
Su texto sugiere que el periódico cumplió con la función que le
asignó el virrey Abascal para controlar la situación política y
asegurar la lealtad a la Junta Central en un momento en que el resto
de América experimentaba conmociones políticas.
Inés Quintero estudia “el movimiento juntista” en Caracas desde una
perspectiva crítica. Lejos de caer en la causalidad y en
explicaciones sesgadas por el nacionalismo, la autora estudia la
variedad de posiciones políticas presentes en las discusiones de
1808, lo que le permite destacar hechos sorprendentes como el de
que, ante la retractación del capitán general de formar una junta
soberana, fuera un peninsular acomodado quien retomara la propuesta
del cabildo y exigiera, junto con un grupo de la élite propietaria,
el rechazo de la soberanía en nombre del “pueblo”. El texto de
Carole Leal Curiel, ya mencionado, agrega una serie de reflexiones
sobre cultura política que permite entender mejor los argumentos
esgrimidos por los defensores de la junta caraqueña. Sol Serrano
también hace una aportación importante al analizar con detenimiento
el discurso político vinculado a la conformación de una junta en el
reino de Chile. La autora considera que las ideas de independencia
no estaban necesariamente “encubiertas <…> tras un discurso
fidelista” (p. 493) y sostiene que no había dos grupos definidos y
confrontados, sino numerosos pareceres que buscaban una salida a la
crisis política. La autora destaca también las decisiones que
consiguieron conjurar los conatos de violencia y evitaron la guerra
civil. Por su parte, Armando Martínez Gatica hace una serie de
reflexiones interesantes sobre la complicada crisis política en el
Nuevo Reino de Granda y la manera en que se constituyó la junta
suprema del reino al tiempo que se desmoronaban las viejas
autoridades virreinales. Dada la complejidad del caso y las
sugerentes afirmaciones del autor, era deseable que el artículo
contara con un aparato crítico pertinente para no desentonar con el
resto de la obra.
Quito y Charcas tienen en común haber sido sedes de audiencia sin
una dependencia clara a un virreinato, pero sin la autoridad de un
capitán general, como muestran los artículos respectivos de Federica
Morelli y María Luisa Soux. Ello parece haber favorecido tanto las
presiones de control ejercidas por los gobiernos virreinales como
las respuestas de las élites de estas provincias, que justificaron
legalmente su resistencia a incorporarse a los virreinatos
establecidos. En el caso de Quito, resulta notable que el proyecto
preexistente de crear una capitanía general fuera retomado por su
junta soberana. El texto de Morelli nos recuerda también la
interrelación de las provincias americanas al estudiar la actitud
que asumió frente a la crisis de la monarquía el obispo de Quito,
Pérez Calama, más conocido en la historiografía mexicana por la
renovación intelectual del obispado de Michoacán.
La respuesta de Guatemala a la crisis política no queda tan
claramente explicada en el artículo de Xiomara Avendaño. Llama la
atención que las conclusiones de la autora no aludan al periodo
mencionado y, aunque el texto es interesante, no permite entender
cómo fue que se mantuvo unida la capitanía general ante la crisis.
Si de ausencias se trata, es de lamentar la falta de un trabajo
sobre el Caribe, apenas mencionado tangencialmente en algunos
trabajos, y cabría también preguntarse por la reacción en
Guadalajara, que al igual que Quito y Charcas llevaba años aspirando
a convertirse en capitanía general. Los compiladores de este libro
señalan la poca atención que ha concedido la historiografía a las
reacciones políticas de los pueblos de indios ante la coyuntura de
1808. En ese sentido, cobran relevancia las aportaciones de Claudia
Guarisco, quien se atreve a comparar los casos de México y Perú, y
la contribución de Sonia Aldas Mejía sobre el caso de Guatemala. No
obstante, cabe advertir que ninguna de las autoras citadas esclarece
el problema de 1808, pues sus estudios se centran en fenómenos
posteriores. En el caso de Guarisco, la recepción y la participación
de los pueblos en el debate gaditano constituye el centro de su
interés; mientras que Sonia Aldas desarrolla un estudio sobre la
época nacional que, si bien resulta interesante, tiene poca
correspondencia con el sentido de la obra.
A mi juicio, la novedad más significativa del libro es el contraste
con el mundo portugués. El traslado de la Corte de Portugal al
Brasil ofrece dos perspectivas de análisis que corren a cargo,
respectivamente, de Rui Ramos y Guillermo Palacios. El primero nos
ofrece un panorama sobre la manera en que la historiografía
portuguesa entendió el abandono de la familia real ante la invasión
napoleónica. La elaboración de juntas y proyectos de soberanía para
resistir la ocupación francesa y, después, para evitar un dominio de
facto ejercido por los aliados británicos hace que el caso de
Portugal tenga paralelismos y semejanzas muy notables con el mundo
hispanoamericano. Por el contrario, la reconstrucción de la
monarquía portuguesa en Brasil parece un ejercicio de historia
contrafactual. Aquí el problema no es la ausencia del monarca, sino
su abrumadora presencia, que genera una revolución cultural, social
y política. Como bien señala Palacios, “jurídica e
institucionalmente Brasil no es más el Brasil de 1807, como todos
los territorios españoles, con todo y sus juntas y movimientos
autonómicos, siguen siendo, aún, lo que eran en años anteriores”.
(p. 516) Los trabajos sobre Portugal y Brasil no son un mero
contraste. Otros artículos nos recuerdan que la presencia de la
monarquía portuguesa en Río de Janeiro fue un ingrediente más en la
política sudamericana. Al analizar las experiencias en el Río de la
Plata, Noemí Goldman distingue los variados sentidos de la palabra
“independencia” para demostrar que ésta no tenía ineluctablemente el
significado de ruptura con España que le atribuyó el discurso
nacional. Al escudriñar los procesos contra “carlotistas”
(partidarios de llamar a la infanta Carlota Joaquina, hermana de
Fernando VII y esposa del príncipe regente de Portugal) descubre que
sus abiertos llamados de “independencia” se referían a proteger el
reino de la injerencia francesa y portuguesa, mientras que el
argumento central seguía descansando en la idea de tutelar la
soberanía real en América. Finalmente, Ana Frega Novales muestra con
claridad que la conformación de una Junta Soberana en Montevideo
respondió, más que a un anhelo de constituir un estado nación, al
deseo de separarse de Buenos Aires y responder directamente a las
ofertas y amenazas de la monarquía portuguesa establecida en Brasil.
Probablemente los autores desarrollaron muchas de sus ideas a partir
del diálogo en las mesas. Sin embargo, esa retroalimentación no se
hace presente en los artículos, salvo contadas excepciones. En ese
sentido, se echa de menos un ejercicio de reflexión final, capaz de
articular las distintas propuestas, no para conseguir una conclusión
uniforme, sino para establecer con mayor claridad las diferencias y
coincidencias de los trabajos presentados. Ello daría al lector
interesado una herramienta útil para aprovechar mejor la riqueza de
las casi seiscientos páginas de este libro. Como ocurre con otras
compilaciones, no todos los trabajos tienen la misma extensión ni la
misma claridad explicativa; pero, en su totalidad, los artículos
demuestran el amplio conocimiento de sus autores y la voluntad de
éstos por apartarse de explicaciones fáciles y causalistas. Si algo
hay en común en todos los textos es una visión crítica, libre de
ataduras nacionalistas. A un paso de las conmemoraciones de 1810,
esta obra es un buen recordatorio de que el trabajo del historiador
es, ante todo, la reflexión continua de un pasado complejo y
contradictorio.

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