CASTIGO Y PERDÓN
EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA-BICENTENARIO
¿Qué forma tomaron los castigos
durante la Guerra de Independencia y cómo evolucionó la justicia en
esos años? El presente artículo muestra la historia del castigo, que
jugó un papel importante en el desenlace final de la guerra y la
paulatina y temprana construcción de la imagen del héroe
revolucionario.
En los primeros meses de 1816, corría
en las comarcas de la Nueva España la noticia de la muerte de
Morelos. Algunos se sentían desmoralizados; sin embargo, otros se
reafirmaban en su determinación de defender la causa americana ante
las 'infamias de los gachupines'. Denunciaban las distintas maneras
con que los realistas habían extorsionado las conciencias de los
patriotas y evocaban la escenificación teatral de los procesos, el
empleo de la picota, del patíbulo y de otras formas de suplicio. El
castigo ejemplar había dejado un espectáculo poco glorioso para
quienes lo aplicaron, los verdugos se emparejaban con las víctimas,
que concitaban la simpatía de la gente.
En general, se ha hablado poco sobre los castigos —tan alejados del
castigo moderno—, y sobre la aplicación de la justicia durante la
Guerra de Independencia. Este artículo pretende hacer un repaso de
ellos y preguntarse acerca de sus alcances y sus efectos. No hay
duda de que las poblaciones vieron con terror la represión, último
recurso del poder para mostrar su fuerza, pero ¿cuántas veces los
cuerpos expuestos no suscitaron la compasión de quienes los
contemplaban? ¿Cuántos curas no se estremecieron a la hora de
exorcizar los cadáveres de las víctimas colgadas en la plaza de
alguna ciudad de la Nueva España?
La mirada de Michel Foucault viene al caso para pensar en la Guerra
de Independencia y observar el tránsito de una sociedad tradicional
que con dificultad se mueve hacia formas más modernas de castigo. En
la Nueva España, como en muchos otros lugares, algunas gentes no se
dejaban engañar por el ritual político con el que se exhibían las
faltas de los acusados. Generalmente un locus de simpatía dotaba de
un halo de santidad a las víctimas y, tarde o temprano, fue dando
forma a la metáfora revolucionaria. Hidalgo, Morelos y los otros
fueron elevados como santos laicos y la memoria, que es bien
caprichosa, ha querido olvidar la violencia ejercida por ellos
mismos y también la política de conciliación que desplegaron los
gobiernos liberales e incluso algunas renombradas figuras del bando
realista.
Como lo ha afirmado el quizá más lúcido crítico del culto a los
héroes —el venezolano Carrera Damas—, la cantera de heroísmo está
demarcada por convencionalismos establecidos por las historiografías
patria y nacional, pero aun así, algunos episodios de los héroes
podrían conmover todavía a la reacia audiencia del siglo XXI. La
intención de estas líneas es reflexionar sobre ello y aportar
algunos elementos que nos permitan situar históricamente las
variadas formas de castigo y conciliación, buscando matizar el
tratamiento maniqueo que tradicionalmente se les ha dado a estos
temas.
Crimen y castigo
El 24 de septiembre de 1810, Manuel Abad Queipo, obispo electo de
Valladolid, amigo de Hidalgo, lanzó el primer edicto contra la
revolución iniciada en Dolores. Omne regnum in se divisum
desolabitur: todo reino dividido en fracciones será destruido y
arruinado. Y qué mejor ejemplo que el levantamiento de Francia que
había causado la muerte de dos millones de franceses, arruinado su
comercio, marina e industria; la violencia desatada por la
insurrección de Santo Domingo francés, en donde los propietarios
eran los más acomodados, ricos y felices de la tierra, había
dividido a la colonia por efecto de la Revolución francesa, y todo
se había arruinado. Los propietarios blancos habían sido degollados
por los demás habitantes, 'de tal manera que hoy en día, la
desolación campea allí en donde todo era prosperidad'.
Abad y Queipo acusó al cura de Dolores de levantar el estandarte de
la rebelión y encender la tea de la discordia. Abimael, lo llamaron
muchos por iniciar una lucha fratricida. El arresto de europeos,
llevando consigo en calidad de presos a curas y religiosos que se le
habían opuesto en el camino de Dolores a San Miguel, y de Celaya a
Salamanca; el saqueo y el robo, las amenazas de degollar a los que
les opusieran resistencia, los insultos proferidos a la religión y
al soberano, eran suficientes motivos para condenarlo, por lo que,
usando su autoridad, declaró a Hidalgo y sus secuaces perturbadores
del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos y perjuros que
incurrían en la excomunión mayor del canon. Los declaró excomulgados
vitandos, y prohibió que se les diera socorro o favor alguno, 'bajo
pena de excomunión mayor...'. Las acciones de los rebeldes que
siguieron al edicto no hicieron sino agravar las circunstancias por
las que había sido proferido. Así que la iniciativa del obispo fue
secundada por el arzobispo y por el resto de la jerarquía.
La práctica del anatema es muy antigua, y consiste en separar al
pecador del dominio sagrado del pueblo de Dios. Desde San Pablo se
la consideró una pena 'medicinal' que se dosificaba en distintos
grados: excomunión ipso facto, excomunión vitandus. En la actualidad
su significación práctica se ha visto muy reducida y su contenido
guarda su sentido primitivo en el sacramento de la penitencia; la
propia Iglesia ha reconocido que 'en algunas épocas esta práctica se
vio desfigurada por los abusos políticos'. Y esto lo percibían bien
los insurgentes; sabían que en la Iglesia no hay exclusión completa
más que para los acusados de herejía y para los cismáticos. Así
pues, aunque Abad insistió en que se trataba de un proyecto
'notoriamente herético', ellos tenían claro que no se habían
apartado de la fe. Las faltas que habían cometido no eran herejías
propiamente dichas, seguramente por eso y por el temor a la
violencia insurgente, muy pronto fueron los propios canónigos de
Valladolid los que relevaron de la excomunión al párroco insurrecto.
Después de la entrada de sus tropas, don Mariano Escandón, conde de
Sierra Gorda, canónigo y gobernador de la diócesis, levantó la
excomunión a Hidalgo. Éste y los suyos deben de haberse sentido
aliviados, aparte de confirmar sus sentimientos sobre cuán políticos
se tornaban este tipo de castigos.
Pero los crímenes de Hidalgo, Morelos y sus seguidores los situaban
fuera de la Iglesia puesto que habían desobedecido al monarca,
cometiendo el crimen de lesa majestad, aparte de contradecir a las
autoridades eclesiásticas y de haber incurrido en múltiples
asesinatos difíciles de justificar. Lo sorprendente es que aunque
estas tremendas sanciones religiosas que amenazaban con el castigo
divino hicieron a mucha gente retroceder, alejarse de la
insurrección, no consiguieron arredrar a los principales jefes, que
permanecieron en sus filas; tal es esa fuerza misteriosa
identificada con la revolución.
Así que en la memoria colectiva lo que ha quedado grabado ha sido,
sobre todo, el dramático fin de quienes fueron llevados al patíbulo.
Muy poco, en cambio, de los que buscaron ser perdonados o de la
manera en que otros más consiguieron sobrevivir a la guerra y
participar en la construcción de un orden nuevo. Y es que esa
violencia dejó más vergüenza para los opresores y mayor dignidad
para los que fueron conducidos al sacrificio.
Si observamos en conjunto la reacción del movimiento ante la
política de aniquilación que adoptaron principalmente Venegas y
Calleja, parecería más bien que ésta consiguió justamente el efecto
opuesto: fue de tal magnitud la violencia desplegada que el
terrorismo realista y las medidas represivas bien pudieron haber
acicateado el coraje y el resentimiento insurgente. Una carta de
Morelos a los Guadalupes citada por Nancy Farriss así parece
sugerirlo: 'nuestro partido crece que ellos
aprietan'.
ALGUIEN QUIERE LO QUE TU TIENES, ALGUIEN TIENE LO QUE
TU QUIERES.
- Como vender por Internet
- Como comprar por Internet
- Guías de compras (Lo que debes
saber antes de comprar)

|
|