VENTAS Y COBRANZAS
Ventas y Cobranza. En una empresa no
basta con que el vendedor realice una buena venta, tenemos que
enfocarnos en el pago de esta venta, es decir, en la cobranza. A
continuación les explicaremos porque las ventas y la cobranza deben
de ir de la mano
¿Por qué la venta y la cobranza son
hermanas siamesas?
Recordemos lo que son unos hermanos siameses:
Siameses son gemelos que nacen y viven con sus cuerpos unidos y que
no podrían vivir el uno sin el otro, y su destino es colaborar
estrechamente durante toda su existencia para poder sobrevivir.
Con bastante frecuencia ocurre que empresas que han alcanzado un
notable éxito en el área de comercial y han conseguido un buen nivel
de ventas, se declaran en suspensión de pagos por falta de liquidez,
o peor aún, han de cesar sus actividades empresariales por
bancarrota. La explicación a este inesperado fracaso empresarial
está en que dichas empresas han concentrado sus esfuerzos en vender,
pero han descuidado el cobro de sus ventas.
Estas empresas no han sabido (o todavía peor no han querido) cobrar
correctamente a sus clientes, y esta circunstancia les ha provocado
serios problemas de liquidez, así como les ha ocasionado
dificultades para financiar su realizable, y por último les ha
sumido en una situación de insolvencia.
La idea central es que la morosidad de los clientes, puede llevar a
la quiebra a empresas que han triunfado en el ámbito comercial. Un
estudio de la CE reveló que una de cada cuatro empresas de la UE cae
en bancarrota por culpa de la morosidad (con frecuencia deliberada)
de sus clientes.
Por lo cual el objetivo de toda empresa es acelerar al máximo la
entrada de los cobros y para ello debe adoptar los procedimientos
que optimicen los flujos de cobro y a su vez aumentar la liquidez y
mejorar su tesorería; una buena gestión de cobros también contribuye
a reducir las necesidades de financiación de los recursos invertidos
en clientes y por ende los gastos financieros.
Por consiguiente la rapidez con que se realizan los cobros de las
facturas es esencial para la competitividad de las empresas.
Cualquier retraso a la hora de cobrar alarga el desfase temporal
entre los flujos de salidas de caja y las entradas, lo que ocasiona
un notable deterioro de la situación de tesorería de las empresas y
hace aumentar sus gastos en concepto de intereses y por lo tanto de
sus costes financieros.
Las empresas deberían preocuparse por cobrar puntualmente todas las
ventas realizadas, ya que cada día de retraso en el pago de una
factura vencida supone a la empresa acreedora un coste financiero; y
por consiguiente la misión del equipo de cobros es muy importante
para la cuenta de resultados de la empresa.
Y no hay que olvidar que uno de los factores clave para la buena
marcha de las empresas es la capacidad que tienen en generar
tesorería, y esta capacidad es directamente proporcional a la
eficacia de las compañías en la gestión del realizable.
Hay que tener en cuenta que uno de los principios más universales de
la buena gestión financiera está basado en el axioma de que la
medición del valor de una empresa se efectúa mejor evaluando los
flujos de tesorería que calculando los beneficios contables. Por
consiguiente a la hora de medir la riqueza de una empresa, la mejor
magnitud que se puede emplear es el flujo de caja y no el beneficio
contable.
La empresa recibe los flujos de tesorería y puede reinvertirlos en
el negocio, sin embargo los beneficios contables se contabilizan
cuando se perciben, en vez de hacerlo cuando el dinero está
realmente disponible para la empresa.
Consecuentemente es más válido realizar la valoración de una empresa
utilizando las entradas de tesorería (concepto dinámico) que el
beneficio (concepto estático) que proporciona el negocio. Además el
beneficio generado es una magnitud mucho más manipulable que los
flujos de caja.
Otro de los axiomas más importantes en finanzas es el principio del
valor temporal del dinero. Este axioma afirma que el valor del
dinero mengua con el paso del tiempo, y que por consiguiente un euro
recibido hoy, tiene más valor que un euro percibido en un momento
futuro. Por un lado este principio está sustentado por la
rentabilidad que se puede obtener del dinero recibido hoy, –por
ejemplo en forma de intereses si se invierte adecuadamente el
capital– por lo tanto si no se recibe el dinero se sacrifica el
potencial de beneficio de un euro obtenido hoy. Por otro lado está
el fenómeno de la inflación, que hace perder valor a las unidades
monetarias, por lo que la unidad monetaria percibida en el futuro,
tendrá menos valor que esta misma unidad monetaria recibida hoy. Por
consecuencia este concepto del valor temporal del dinero es
fundamental en la buena gestión financiera, y debe estimular a las
empresas a recibir el dinero lo antes posible.
Todas las empresas necesitan liquidez, como un automóvil necesita el
combustible para mantener el motor en funcionamiento y poder
circular. No obstante los impagados son como pérdidas del carburante
que perjudican la velocidad de circulación y siguiendo el símil, los
incobrables son fugas de gasolina tan importantes que deben ser
cortadas enseguida para evitar que el motor se quede sin combustible
y se llegue a parar.
Por estos motivos es necesario que los flujos de cobro funcionen
bien y que vayan inyectando constantemente y en abundancia dinero en
la tesorería, de modo que si las empresas obtienen liquidez
constante, marcharán bien. Por el contrario cuando una empresa no
consigue cobrar puntualmente sus facturas (por culpa de la morosidad
de sus clientes) no podrá atender sus propias obligaciones de pago y
su tesorería entrará en crisis.
Además, cuando se producen incrementos de las necesidades de
tesorería provocados por unos plazos de pago prolongados, las
empresas deben buscar recurrir a terceros para obtener los medios
financieros necesarios. Pero el descuento de efectos y los servicios
financieros de factoring, aunque ofrecen ventajas a las empresas
para la gestión financiera y la obtención de liquidez, también
suponen un coste financiero elevado y además no se pueden utilizar
en todos los negocios.
Otro punto es que en muchas ocasiones, los créditos incobrables
provocan a la empresa afectada unos quebrantos económicos tan
importantes, que su solvencia a corto plazo se ve afectada. Y en el
peor de los casos los fallidos pueden obligar a la compañía a cesar
definitivamente sus actividades empresariales.
De modo que la gestión activa de los cobros permite que las empresas
reciban un constante y abundante flujo de tesorería; dinero que
pueden reinvertir en la empresa y por consiguiente no tienen que
recurrir a la financiación externa. Por lo cual un flujo de
tesorería cuantioso asegura una buena salud financiera a las
empresas. Y además evita que éstas tengan que recurrir a fuentes de
financiación temporal, con lo que se consigue un ahorro considerable
de intereses financieros.
Ahora bien, aquellos tiempos en los que la palabra era suficiente
para garantizar el buen fin de las operaciones comerciales y en los
que los malos pagadores eran señalados con el dedo y marginados de
la actividad mercantil ya han pasado a la historia. La moralidad en
el mundo de los negocios no sanciona las malas prácticas de pago, y
hoy en día el retrasar intencionalmente los pagos a los proveedores
se considera muchas veces como equivalente a una buena gestión
empresarial. En la actualidad se han extendido universalmente unos
nefastos hábitos de pago que suponen un riesgo importante para las
empresas proveedoras de bienes y servicios.
Hay que hacer notar que el deterioro de las prácticas de pago no
sólo se debe a factores coyunturales, sino que también refleja una
evolución estructural de las relaciones entre empresas. Por lo tanto
el fenómeno de la morosidad no se debe imputar únicamente a la
evolución de los ciclos económicos, sino que también existen causas
estructurales.
Indudablemente la morosidad pueda aumentar debido a causas
coyunturales, como puede ser la desaceleración de la actividad
económica o el enfriamiento de la economía, puesto que en períodos
difíciles, en los que se produce un encarecimiento del coste del
dinero, las empresas utilizan la prolongación de los plazos de pago
como un sustitutivo de los créditos bancarios. También es cierto que
en épocas de crisis los índices de morosidad se suelen disparar y se
producen fenómenos de siniestralidad en cadena, puesto que los
problemas en el pago se contagian entre las empresas.
Pero además hay que tener en cuenta otras causas estructurales como
pueden ser la actitud de algunos actores económicos ((como es el
caso de las grandes corporaciones empresariales, las enormes
empresas industriales, la gran distribución comercial, el sector
sanitario y las administraciones públicas) de prolongar
deliberadamente los plazos de pago –o sea fuerzan al proveedor a
conceder aplazamientos más largos– aprovechando su posición
dominante en perjuicio de las empresas más pequeñas.
Y otra causa estructural es la cultura de la morosidad que se ha
desarrollado en los últimos tiempos en muchos sectores, hasta el
punto que pagar tarde se ha convertido en un comportamiento
económico generalizado. Muchas empresas, que en sentido estricto no
pueden ser calificadas como morosas, demoran intencionalmente los
pagos a proveedores para obtener beneficios atípicos gracias al
float comercial obtenido con los flujos de efectivo retenidos. Estas
empresas se dedican a jugar con el dinero de muchos de sus
suministradores –sobre todo se ceban en las empresas más pequeñas–
de modo que consiguen hacer dinero a costa de los proveedores.
Por consiguiente las prácticas de dilatar los pagos son básicamente
fruto de una cultura empresarial que se ha desarrollado no sólo
debido a factores económicos, sino además a las malas prácticas de
pago imperantes en las relaciones mercantiles.
Para combatir la morosidad empresarial, la idea central es disponer
de un buen departamento de cobros que se encargue de controlar las
cuentas por cobrar y de acelerar el proceso de entrada de efectivo
en la tesorería.
Pero hay que tener en cuenta que la gestión de cobros no es una
función que se puede realizar por si sola, sino que es una actividad
que necesita tiempo y recursos.
Haciendo un símil podemos decir que la gestión de cobros es como
ordeñar a las vacas. Las cuentas de clientes son como las ubres de
la vaca, si el granjero se limita a poner un cubo debajo de las
mamas del animal y esperar a que la leche caiga por si sola, con
toda seguridad no va a obtener nada de líquido. Pero si ordeña a
diario a las vacas, podrá obtener el líquido que es la esencia del
negocio. Por supuesto para ello deberá dedicar diariamente el tiempo
y el esfuerzo suficientes para el ordeño. La gestión de cobros se
basa en el mismo principio: no esperar pasivamente a que el cliente
efectúe los pagos, sino ordeñar activamente las cuentas a cobrar
para sacarles jugo.
Igualmente hay que tener en cuenta que los saldos de clientes no son
como los buenos vinos de crianza, en el sentido de que dejándolos
reposar durante cierto tiempo en barricas, se consigue que aumente
la calidad de los caldos, obtener excelentes vinos de reserva y
hacer que suba su valor en el mercado; por el contrario las facturas
vencidas son como los yogures clásicos (no pasteurizados); tienen un
ciclo de vida muy corto y si no se cobran enseguida se echan a
perder para siempre.
En cuanto al recobro de impagados, hay que tener en cuenta que por
lo general, la reclamación de pagos a los deudores, es considerada
como una de las tareas más duras que se pueden hacer en la empresa.
Para mucha gente ir a cobrar una deuda suele provocar una sensación
de embarazo (generalmente resulta más embarazoso para el sujeto que
quiere cobrar que para el deudor).
En los países Iberoamericanos, por motivos culturales, persiste
todavía una cierta vergüenza a la hora de reclamar el pago de una
factura, puesto que no parece educado o elegante hablar de
cuestiones de dinero y menos exigir el pago de una deuda.
Al revés de lo que sucede por ejemplo en los países anglosajones, en
los que se ha desarrollado una fuerte cultura del cobro, y donde
reclamar una deuda se considera algo tan natural como ofrecer un
nuevo producto a los clientes, en los países Iberoamericanos no
existe aún una verdadera cultura empresarial de cobros.
La ausencia de una cultura de cobros es sin duda un hecho
diferencial existente en las naciones Iberoamericanas respecto al
resto del mundo; los empresarios no tienen ninguna prisa en cumplir
con sus obligaciones de pago ya que por un lado no existe una
presión social (ni tampoco legal) que les fuerce a ser puntuales en
la liquidación de sus deudas mercantiles (o sea no está mal visto
por la sociedad retrasar los pagos).
Y por el otro lado, los proveedores en los países Iberoamericanos
son demasiado tolerantes con los deudores; en efecto a la gente de
las empresas les gusta más dedicarse a vender y a hacer relaciones
públicas con los clientes que a hablar de las condiciones de pago y
a reclamar el pago puntual de las facturas.
Además en los países Iberoamericanos hay una conciencia colectiva de
resignación a cobrar tarde, de modo que el sentimiento imperante en
las empresas españolas es que cobrar tarde o cobrar mal, es algo
habitual y no se puede hacer nada para evitarlo.
Por consecuencia los directivos iberoamericanos por una cuestión
cultural, son reticentes a la hora de reclamar el pago de las
facturas pendientes. Este pudor forma parte de la cultura hispana en
la que la tradición considera de mal gusto tratar abiertamente las
cuestiones pecuniarias, por lo que al personal de las empresas
proveedoras les da apuro recordar a los clientes que han de efectuar
el pago de las deudas vencidas.
Igualmente el temor a experimentar el rechazo del cliente, frena las
iniciativas de reclamación de los acreedores.
Los ejecutivos hispanos son excelentes vendedores de sus productos,
tanto en el mercado nacional como en el internacional, pero en
cambio son mediocres cobradores de sus créditos comerciales, puesto
que les gusta vender y hacer negocios, pero les disgusta hablar de
dinero y solicitar el pago de las operaciones. Por consiguiente en
los países iberoamericanos todavía da corte pedir a los deudores que
paguen, debido a un sentimiento de vergüenza mezclado al de
culpabilidad.
Estos condicionantes tan propicios para los morosos, incluso llevan
a situaciones perversamente absurdas, en las que el deudor se hace
el ofendido cuando el legítimo acreedor le solicita el pago de la
factura vencida hace muchos días, y el representante del acreedor
acaba pidiendo disculpas al moroso por las molestias ocasionadas y
por haber dudado de su honorabilidad (por supuesto sin haber
conseguido cobrar un céntimo del débito) lo que no deja de ser una
circunstancia exquisitamente surrealista e inconcebible en otras
latitudes.
Esta falta de cultura empresarial para reclamar los cobros no existe
en la Europa no ibérica, en los USA, o en Canadá, puesto que en
estos países cuando se hacen negocios lo primero que se hace es
dejar bien claras las condiciones de pago y los hombres de negocios
europeos y estadounidenses son muy rigurosos con el cumplimiento de
los plazos de pago. Las empresas en el norte de Europa y las de los
USA, practican la tolerancia cero con los deudores y al día
siguiente del vencimiento ya están reclamando el pago de las
facturas pendientes (a las que han sumado sus correspondientes
intereses de demora).
Además mucha gente piensa erróneamente que reclamar deudas es
sinónimo de confrontación. Es decir la imagen de un enfrentamiento
con el deudor acude instantáneamente a la mente del empleado
inexperto, al que se le encomienda el cobro de una factura impagada.
El miedo al rechazo y a una posible confrontación, hacen que el
acreedor demore innecesariamente la acción de cobros. Por este
motivo muchas empresas esperan días e incluso semanas para poder
cobrar por miedo a un enfrentamiento con el deudor. Consecuentemente
la gente evita reclamar impagados porque quiere ahorrarse una
situación desagradable. Esto hace que los cobros sean la función
menos popular en la empresa, ya que para muchos cobrar significa
tener que enfrentarse, discutir, gritar, amenazar e insultarse con
los deudores.
Pero los profesionales del cobro de impagados saben que la mayoría
de la gente acaba pagando si se les pide adecuadamente que cumplan
con sus obligaciones. Por consiguiente solicitar el pago de una
deuda no tiene porque ser un acto de confrontación, sino una
práctica normal en los negocios.
Por lo tanto podemos afirmar que con métodos de cobro normales y un
comportamiento natural se puede cobrar el 95% de las deudas.
La recuperación de impagados tampoco requiere estrategias
complicadas o complejos planes de acción para hacer pagar a los
deudores. En lugar de emprender actuaciones intrincadas, el mejor
camino para recobrar un impagado es dirigirse directamente al deudor
y pedirle que pague. La mayoría de las veces se consigue el cobro
tras una negociación con el moroso y haber llegado a un compromiso
de pago.
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