SINDICALISMO EN
MEXICO
El poder del sindicalismo en México. El
experto Gustavo López Montiel afirma que los gremios deben adaptarse
a la nueva economía global; los sindicatos tienen un peso relativo
mayor con respecto al que tenían en el pasado, asegura
La elección de la dirigencia nacional
del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) concluyó el fin de
semana del 10 de octubre con el inicio de la extinción legal de Luz
y Fuerza del Centro (LyFC). En realidad, uno y otro evento no
tendrían relación causal alguna, sin embargo, además de la
responsabilidad del Gobierno en el manejo de la empresa y del papel
del sindicato en el declive de la capacidad productiva de la misma,
hay implícita una condición propia del sistema político mexicano que
nos puede ayudar a entender mejor la función del sindicalismo en la
actualidad.
El sindicalismo mexicano es una de las herramientas que se
desplegaron en el contexto corporativo bajo el que está diseñado el
Estado, y que ha sido funcional para todos los actores políticos. Es
por ello que, a pesar de los reclamos y críticas sobre la forma en
que dicho sindicalismo se ha desarrollado, poco ha cambiado y es
probable que no haya transformaciones sustanciales en el futuro
inmediato, a pesar de lo ocurrido con LyFC y el SME en los días
recientes.
Los sindicatos mexicanos enfrentan un desafío de adaptación
importante, en un contexto donde no únicamente cuentan con un fuerte
desprestigio ante la opinión pública, sino que la estructura
económica global ha generado cambios en la forma en que las personas
se emplean y obtienen bienestar por ello. La idea de la estabilidad
y el empleo de largo plazo, parecen ser no únicamente aspiraciones
de la vieja época, alimentadas por una norma laboral sin
actualizarse, sino también irrealizables en el esquema de producción
y competencia actual, donde el empleo eventual, por honorarios, o
incluso informal, han sobrepasado ampliamente al del trabajo formal.
En términos políticos, los sindicatos tienen un peso relativo mayor
con respecto al que tenían en el pasado, fundamentalmente los
llamados "oficiales", debido a que con la alternancia política se
perdió el centro ordenador de las relaciones de poder que dominó a
la época priísta. Al igual que lo que pasa con los gobernadores, el
peso de organizaciones como las sindicales se ha incrementado debido
a los intereses que representan, pero también por la falta de
contrapesos políticos eficaces que permitan a sus agremiados, y a
los ciudadanos, controlarlos y someterlos a escrutinio público.
El diseño del Estado mexicano está basado en una lógica corporativa
para su funcionamiento, así nació y no es posible que cambie si no
se modifican de raíz los cimientos de la política mexicana. Con el
objeto de garantizar control y estabilidad, se construyeron
relaciones de poder caracterizadas por estructuras clientelares, que
sirven de base para proveer de legitimidad a distintos espacios
políticos.
Para asegurar viabilidad, el Estado mexicano descansó en la creación
de estructuras corporativas que permitían tomar decisiones e
instrumentarlas con el menor nivel de conflicto político posible.
Para ello, se crearon organizaciones sindicales cuya función era
encapsular el conflicto laboral y controlarlo de la mejor manera,
para evitar no únicamente costos de legitimidad, sino también dar
certeza a otras organizaciones y actores políticos sobre su papel en
la lucha por el poder. Esto estaba mediado por el Presidente, quien
cosechaba y retribuía las lealtades, pero también castigaba las
traiciones.
Otro espacio sindical de lucha se generó con los independientes que,
a la larga, desaprovecharon la oportunidad de renovar al
sindicalismo mexicano. La característica común de todos los
sindicatos es que son partícipes de una red de intercambios y
prácticas que han sido piedra angular del sistema político mexicano,
aunque sin menoscabo de que muchos sindicatos también cumplan con su
función de proteger y promover los derechos de los trabajadores, que
no necesariamente de las empresas u organizaciones en las que
trabajan.
El Estado mexicano sigue siendo corporativo, a pesar de la
alternancia política de los años recientes, y no hay razón para que
se modifique esta situación en el futuro inmediato.
Independientemente de qué partido gobierne, el neocorporativismo
mexicano es un aspecto clave para comprender cómo se toman
decisiones y se dan las relaciones de poder. Todos los partidos
políticos mexicanos, así como los gobiernos, descansan sus
estructuras en relaciones corporativas que son alimentadas por
distintos tipos de organizaciones, pero hay un peligro del que los
partidos no han sido conscientes: de la misma forma en que las
instituciones cayeron en manos de los partidos, los partidos están
cayendo en manos de organizaciones o actores políticos como los
sindicatos.
* El autor es profesor investigador en la Licenciatura en Ciencia
Política en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México y
consultor asociado en el Centro de Estudios Políticos
Internacionales. Realizó sus estudios de Maestría y Doctorado en
Ciencia Política en The New School for Social Research (New York).
Ha sido investigador visitante en la Universidad de Harvard y la
Universidad de Connecticut - Por: Gustavo López Montiel* -
Fuente
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