Ahí viene el distribuidor. Llega en
bicicleta, como se mueven todos los dealers de la zona. En ese
tiempo su comprador aprovecha reforzando el músculo bajo el rayo del
sol. Le saltan las venas y eso realza en su bíceps el tatuaje de una
mujer exuberante que rivaliza con las siglas “LH13” (Logan Heights
13), las de la pandilla de raíces aztecas que frecuentan el Chicano
Park en el Barrio Logan.
Hace unos 15 años, este barrio
alcanzó una triste fama al ser descubierto por autoridades mexicanas
y estadunidenses como refugio y centro de reclutamiento de jóvenes
sicarios que operaban para el cártel de los hermanos Arellano Félix.
Los narcojuniors de Tijuana y
ciudades vecinas, ubicados entonces como una nueva generación de
narcos con estudios universitarios y provenientes de familias de
clase media alta, se surtían en el Barrio Logan del material humano.
Quince años de lucha antinarco en
este punto de la frontera común han tenido poco o nulo éxito en
ambos lados de la línea divisoria.
Algunos de los narcojuniors fueron
capturados, otros más murieron ejecutados por rivales o traicionados
por sus propios pares, y el resto aprendió de esas lecciones.
Hoy, las pandillas se han
multiplicado y han crecido no sólo en número, sino también en
fuerza, complejidad, rivalidad, conexiones con cárteles de la droga,
con policías mexicanos y estadunidenses corruptos y contactos con
traficantes de ilegales, de armas de fuego y de autos robados.
El sol de las cuatro de la tarde pega
en los cristales de una patrulla asignada con dos oficiales a
vigilar las inmediaciones del Chicano Park. El tipo de la “LH13”
abandona su rutina de bench press y camina hacia uno de los baños
del lugar. Allí lo aguarda su contacto.
Desde una patrulla, los oficiales de
policía observan toda la acción; son testigos de la compra de un
paquete de droga, pero optan por retirarse. En la puerta de los
baños el de los brazos como de toro le reclama a su contacto el
retraso. Algo más se dicen y el de la bicicleta saca de su mochila
un paquete, recibe el dinero y se larga de allí. La transacción no
dura más de dos o tres minutos.
Esto es parte esencial de “la vida
loca” en el Barrio Logan y en sus alrededores, que son los dominios
de más de una veintena de pandillas con un largo y violento
historial delictivo, hoy consolidado por sus servicios a distintos
cárteles de la droga dentro y fuera de Estados Unidos.
No en balde San Diego y la zona de
Valle Imperial (Imperial Valley), con sus 140 millas de territorio
colindante con la parte norte de México, están consideradas por el
Departamento de Justicia de los Estados Unidos como uno de los
principales corredores de drogas en el país vecino.
Tradiciones al servicio de la mafia
Las ciudades “hermanas” de San Diego
en Estados Unidos y Tijuana en México son tierra fértil para la
actividad de dos cárteles que pelean con todo la posesión de la
plaza, que es la entrada a suelo estadounidense: los hombres de
Joaquín Guzmán Loera, El Chapo Guzmán, y las dos facciones de una
nueva generación de operadores y sicarios del cártel de los hermanos
Arellano Félix.
En estas tierras, sus habitantes
comparten historia, tradición, cultura y comercio. Familias y redes
de amigos se extienden a lo largo de las dos comunidades, donde se
concentra 60% de la población de toda la frontera entre ambos
países. Los traficantes de drogas explotan esos lazos para sus
operaciones, señala el Análisis del Mercado de Drogas en la región
de California 2009.
Vestido de civil pero con su arma de
cargo bajo la camisa, Jorge Durán, Jefe de la Unidad Antipandillas
de la policía de San Diego, observa de lejos la transacción de
drogas en el Chicano Park.
Mientras camina bajo los enormes
puentes del Freeway 5, una carretera que llega hasta la frontera con
México en un recorrido promedio de 40 minutos (con tráfico fluido),
comenta que las pandillas reciben las drogas aquí; se las traen los
narcotraficantes mexicanos por las rutas que ya tienen establecidas.
Checkea desde lejos una y otra vez
los rostros y tatuajes de los dealers, y explica que el delito
transfronterizo siempre ha existido. Los que vivimos en la frontera,
dice, estamos acostumbrados al intercambio social, educativo y
comercial, donde todos los días se mezcla lo legal con lo ilegal.
Junto a un mural que reproduce la
imagen de la Coatlicue, diosa azteca de la tierra y la fertilidad,
Durán reconoce que quien consigue la llave de entrada (a San Diego),
controla el tráfico de drogas de los dos lados de la frontera.
“La guerra en el lado mexicano es por
adueñarse de la llave. El cártel que controla Tijuana, es el que
controla también San Diego”, añade.
La plaza es… de quien la trabaja
Pese a todo, este parque sigue siendo
un símbolo para los chicanos en San Diego. En los años 70 la
comunidad hispana impidió que este espacio se convirtiera en una
estación de policía. Ahí, frente a un mural que simboliza la fuerza
laboral mexicana en Estados Unidos, se lee: “La tierra es de quien
la trabaja con sus propias manos”.
Bajo la fuerza de esas palabras,
Durán explica que para que las organizaciones criminales puedan
controlar San Diego necesitan contar con el apoyo de la policía.
“Requieren de nuestra cooperación”, dice en una declaración
inquietante que de inmediato pone en el contexto adecuado.
Explica que si las pandillas se
mueven tan libremente de este lado de la frontera, es porque tienen
la protección de elementos de corporaciones policiacas de acá.
Este fenómeno no se puede explicar
sin la complicidad y corrupción de políticos y policías
estadounidenses, insiste. Desde el interior de la patrulla admite
que si los agentes de Estados Unidos no quieren aceptar dinero por
permitirle a los cárteles el paso, “tienen que obligarnos mediante
amenazas; nos mandan mensajes y a algunos compañeros los han
matado”.
Ex compañeros nuestros están bajo
proceso judicial por cooperar con el crimen organizado, filtrar
información o voltear la cara para no mirar lo que está pasando,
agrega.
El empoderamiento de los cárteles
El discurso oficial de este lado de
la frontera es que los cárteles mexicanos son los amos y señores del
contrabando y la distribución de drogas en Estados Unidos.
En el informe 2009 del California
Border Alliance Group (CBAG por sus siglas en ingles), las
organizaciones del crimen organizado provenientes de México se
desplazan por esta región del país gracias a que cuentan con
sistemas tecnológicos y de inteligencia muy avanzados. Puntualmente
el documento señala que “utilizan la intimidación para disuadir a
las autoridades policiales”.
Tras escuchar en reiteradas ocasiones
ese mismo discurso por parte de autoridades federales, estatales y
municipales que se desempeñan en San Diego, la pregunta era
obligada: ¿quién empoderó a los cárteles mexicanos para que se
movieran a su antojo en territorio de EU?
Con respuestas escuetas, la
explicación, el discurso de los policías estadunidenses sigue siendo
el mismo al paso de los años; los mexicanos, los latinos, son los
que controlan todo esto.
Dejan los narcóticos en grandes
centros de almacenamiento y ponen a operar sus redes de
distribución. Los líderes de las pandillas son quienes las
distribuyen en masa, además de estudiantes, amas de casa, gente de
clase media que llevan la droga a sus comunidades. Pero de los
capos, de los mandamases de la droga en suelo de Estados Unidos, no
hay datos. Nada.
Droga para todos
Los métodos para meter coca, mota,
meth a Estados Unidos sólo están limitados por la imaginación de los
narcotraficantes, comenta Peter, un estadounidense del sur de
California consumidor asiduo de cocaína.
“En bolsitas, mochilas, automóviles,
contenedores, la droga sigue pasando. Nunca hay escasez”. Le da un
sorbo a su café y admite que su dealer personal no tiene problemas
para abastecerse de mercancía. “Sobra dónde comprar, la única
diferencia es la calidad”.
Peter, de unos 25 años, está
permanentemente inquieto. Se mueve, se acomoda y reacomoda en el
asiento de una cafetería al sur de Pasadena, California.
Se toca la punta de la nariz a la
menor oportunidad y no deja parpadear mientras escucha las preguntas
que le hago. “Soy muy inquieto, pero no por la falta de droga,
siempre he sido así”. Sin revelar su profesión, admite que
recientemente terminó la universidad, en donde los mismos compañeros
eran sus distribuidores.
Se levanta a comprar otro vaso de
café y al regresar a su asiento relata su experiencia en un centro
de atención a adictos, asegurando que no tiene problemas con el
consumo de narcóticos.
“Yo decido cuándo consumo y cuándo
no”, asevera. Cuando recuerda los intentos de su familia para
ayudarlo y hacerlo entrar a porgramas de desintoxicación y
rehabilitación se molesta.
“Mi familia me llevó ahí porque
quieren controlarme. Pagaron 28 mil dórales por un tratamiento de 30
días. Muy lujoso y lo que quieras, pero de los 20 que estábamos ahí,
sólo cuatro no nos hemos metido nada en estos 20 días que llevamos
afuera”.
Se filtran las ejecuciones
Jessy Navarro, vocero de la Fiscalía
de Distrito de San Diego, acepta la violencia en el lado mexicano ya
empezó a cruzar la frontera.
En los últimos dos años se
registraron una serie de secuestros y asesinatos “al estilo del
crimen organizado”. Es un grupo muy violento que se hace llamar Los
Palillos, comenta Navarro, un policía de carrera con 35 años de
experiencia.
La presencia de Los Palillos en la
ciudad de Chula Vista puso en alerta a las corporaciones policiacas.
Se les relaciona con la comisión de nueve asesinatos y dos de las
víctimas fueron encontradas en tambos de ácido.
La información proporcionada por la
policía de San Diego y la Fiscalía de Distrito señala que este grupo
era una célula del cártel de Tijuana.
“Hubo problemas internos y se dio la
división, por eso hicieron de Chula Vista su centro de operaciones.
Aquí identificaron a personas que trabajaban con los Arellano Félix
en San Diego y por eso los secuestraban”. Once de sus integrantes
fueron detenidos en agosto pasado y cinco se dieron a la fuga.
La gran preocupación de Navarro, no
son sólo Los Palillos. “Lo que vemos ahora es que así como se filtró
este grupo se podrían estar colocando otros, y muy probablemente ya
haya otros grupos así de violentos aquí”, añade.
Para David Srink, investigador del
Instituto Transfronterizo de la Universidad de San Diego, el consumo
sin medida, la corrupción policiaca y la violencia registrada en
ambos lados de la frontera muestran el fracaso de la guerra contra
las drogas.
“En estos 40 años falló la estrategia
del gobierno federal porque a este enemigo no se le combate con
policías y armas, la única forma de enfrentarlo es con ejércitos de
sicólogos, médicos, trabajadoras sociales y redes familiares que
detengan la cultura de consumo de narcóticos en la sociedad
norteamericana”, asegura.
Como especialista en temas de
seguridad fronteriza, Srink critica los resultados de la política
antidrogas estadounidense y el impacto violento que provocó en la
gobernanza democrática de México, al generar el engrandecimiento de
un mercado negro de venta de drogas que empoderó al crimen
organizado y que le ha restado poder al Estado mexicano.