ELECCIONES Y LA
POPULARIDAD PRESIDENCIAL - ELECCIONES 2009
José A. Crespo
Elecciones y
popularidad presidencial
El desempeño de un gobierno y
su titular, bueno o malo, debiera traducirse en apoyos o
sanciones políticas, incluidos los votos.
En esta ocasión estoy de acuerdo con
el voto mayoritario en el Consejo General del IFE, que autorizó que
los partidos puedan utilizar en su propaganda electoral tanto los
logros de los gobiernos emanados de ellos como la mención de quienes
los encabezan. Lo hizo por cinco votos contra cuatro (como casi
siempre, el bloque panista apoyando la posición del PAN y el bloque
PRI-Verde la postura priista y, el dúo propuesto por el PRD, como
fulcro de la balanza). No es una discusión fácil en México, si bien
en las democracias eso ni siquiera se debate. Por ejemplo, en
prácticamente cualquier democracia, los jefes de gobierno pueden y
suelen pronunciarse por los candidatos de su partido sin que eso sea
visto como una aberración o un abuso. Es natural que un miembro
destacado de un partido se pronuncie por sus candidatos como parte
de la contienda electoral (es poco usual, por decir lo menos, el
caso de Andrés López Obrador promoviendo a candidatos de partidos a
los que no pertenece, el PT y Convergencia, y con los cuales el suyo
está confrontado). Más aún cuando, existiendo la reelección, el jefe
de gobierno es también un candidato que se promueve a sí mismo. Eso
no significa que se puedan utilizar recursos del Estado o el aparato
del gobierno para favorecer su respectiva reelección o el triunfo de
su partido, pues ello rompe con claridad una regla esencial de la
democracia al afectar gravemente la equidad electoral (por eso cayó
Richard Nixon).
Entiendo, sin embargo, que dicha
costumbre democrática sea vista con escozor en México, pues tras 70
años de partido hegemónico —donde no había distinción real entre
Estado y partido en el poder—, en realidad la oposición no se
enfrentaba a un partido más, sino al Estado mismo (lo que rompe de
plano la equidad e impide la competitividad democrática). Habiendo
quedado recelosos de dicha práctica, era hasta cierto punto
comprensible la oposición a cualquier declaración del jefe de
gobierno en favor de su partido (o en contra de los demás), pues no
estaba clara la frontera entre apoyos lícitos e ilícitos (estos
últimos, por cierto, constituyen un delito electoral aunque, cuando
se han cometido, no son castigados). Fue a partir de ello que
Vicente Fox, como candidato de oposición, exigió al titular del
Ejecutivo en turno, Ernesto Zedillo, no hacer campaña ni por su
candidato, para prevenir que ello incidiera decisivamente en el
resultado de manera ilícita. Zedillo aceptó, por lo cual, lo mínimo
que se esperaba de Fox en 2006 (es decir, en idéntica situación a la
que se hallaba Zedillo en 2000) que hiciera lo propio, así fuese por
un mínimo de congruencia política y personal. No lo hizo, alegando
que la ley no lo prohibía explícitamente, si bien había
jurisprudencia del Tribunal Electoral que sí sancionaba la
intervención de los titulares del Ejecutivo estatal en las campañas
electorales, pues en contiendas cerradas podrían romper la equidad
en los comicios. Por ello, el Tribunal consideró que la
participación de Fox en la campaña presidencial fue indebida, al
grado en que pudo provocar la invalidez del proceso (Fox quedó
convencido de que su injerencia sí fue determinante, contrariamente
a lo percibido por los magistrados electorales, y se ufana de ello).
La nueva reforma electoral sí pone
límites más explícitos a la participación del Ejecutivo en las
campañas, al grado en que la publicidad del gobierno debe
suspenderse la víspera y, en todo momento, debe evitar hacer
publicidad abierta o velada a favor o en contra de cualquier
candidato. Eso me parece adecuado, si se considera nuestra larga
historia de hegemonía partidista (y la desconfianza que, no sin
fundamento, generó). En cambio, no me parece que deba aplicarse
también una prohibición en sentido contrario: esto es, que los
partidos que forman gobierno no puedan aprovechar los logros de éste
para atraer votos. Dicha prohibición afectaría una parte esencial de
la lógica democrática, según la cual existe un intercambio de apoyos
políticos (y votos) de los ciudadanos, por un buen desempeño de los
partidos desde el poder (sea el Ejecutivo o el Legislativo). Ese es
uno de los incentivos más fuertes que tienen los partidos para
gobernar lo mejor posible: que pueda haber un premio o castigo en
las urnas para sus candidatos. El desempeño de un gobierno y su
titular, bueno o malo, debiera traducirse en apoyos o sanciones
políticas, incluidos los votos y, en todo caso, es natural que los
partidos en contienda al menos intenten captarlos a partir de su
respectivo desempeño (incluso los partidos emergentes, que no tienen
posiciones de gobierno, pueden presumir sus logros, reales o
presuntos, desde el Congreso, a partir de las iniciativas que
presenten o apoyen).
Desde luego, más allá de lo que diga
la doctrina democrática, debe atenderse lo que está plasmado en la
ley. Dicen los priistas que la Constitución no dispone que una tarea
del Ejecutivo sea prestar su imagen o popularidad para efectos
electorales. En efecto, eso no dice la Carta Magna, pero tampoco lo
prohíbe explícitamente. Si quisiéramos llegar a ese extremo, tendría
que legislarse expresamente de esa forma, haciendo aún más anómala
nuestra de por sí desvirtuada democracia. Por cierto que, en el caso
de México, por diversas y extrañas razones, la popularidad
presidencial no suele traducirse en votos para su partido (el menos
no en la proporción que sería esperable). No se explicaría de otra
manera una aprobación de casi 70 puntos para Felipe Calderón, con
una intención de voto menor de 40% para el PAN. Habrá que ver, en
todo caso, qué opina el impredecible Tribunal Electoral, que no se
sabe bien a bien a qué juega o con quién juega.
En casi cualquier democracia, los
jefes de gobierno suelen pronunciarse por los candidatos de su
partido sin que eso sea visto como una aberración.
VOTO NULO - ELECCIONES 2009
OPCION ELECTORAL - ELECCIONES 2009
POR QUE SI VOTAR? - ELECCIONES 2009
ELECCIONES Y LA
POPULARIDAD PRESIDENCIAL - ELECCIONES 2009
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