Desde su rompimiento con el cártel de
Sinaloa, en enero de 2008, Arturo Beltrán Leyva eligió a Morelos
para imponer su imperio criminal en al menos 15 de los 33 municipios
de la entidad. En la zona prácticamente controlaba la vida y la
muerte, el tráfico de drogas y corrompía a militares, jefes y
agentes policiacos.
Su feudo empezó a desmoronarse este
año, cuando el 7 de mayo se descubrió, a 200 metros de la casa de
Gobierno de Morelos, la residencia de José Alberto Pineda Villa, El
Borrado, uno de los principales lugartenientes y operadores de la
organización criminal.
Ni esa acción, ni la operación del
pasado viernes en Ahuatepec ahuyentaron a El Barbas del estado. Por
el contrario, decidió refugiarse en un céntrico y lujoso condominio
de esta capital, cercano a la residencia del gobernador.
Allí tenía de vecinos a políticos
locales como el presidente estatal del Partido Nueva Alianza,
Francisco Santillán; al senador panista Adrián Rivera Pérez y al ex
Secretario de Desarrollo Económico de Morelos, Alfonso Pedroza
Ugarte.
El miércoles la suerte lo abandonó.
Los seis amuletos que llevaba consigo y la protección que pagaba
fueron inútiles para contener la ofensiva de elementos de la
Secretaría de Marina.
Ayer, tras su muerte, a los 48 años
de edad, en todos los municipios de la entidad se realizaron
recorridos militares y de fuerzas federales para impedir cualquier
respuesta o intento de agresión de integrantes de su banda criminal.
Por esa misma razón, el traslado del
cadáver al Servicio Médico Forense fue escoltado por decenas de
marinos. La solicitud fue hecha expresamente por peritos, ante el
temor de un eventual rescate del capo del narcotráfico.
En la recámara más protegida del
exclusivo departamento, la que no tenía ventanas, quedaron sobre la
cama unas botas de piel de cocodrilo y ropa de la marca Hugo Boss.
También quedó un plato con huevos revueltos, jamón, guacamole y dos
charolas de fruta.
Con el sellado del inmueble se cerró
también la historia de El Barbas